Ricardo Piglia

Piglia y las formas de la violencia

Arcadia habló con Ricardo Piglia sobre su más reciente novela "El camino de ida", que ya llegó a las librerías del país. El escritor- que acaba de ganar el Premio Manuel Rojas de narrativa- explora la violencia política que se siente en los Estados Unidos.

2013/11/08

Por Oscar Guisoni

 

Con la aparición de El Camino de Ida (Anagrama, 2013) el escritor argentino Ricardo Piglia vuelve a transitar ese género de la novela que maneja como pocos, en el que una poderosa historia con tintes policiales sirve como telón de fondo para poner en pie una profunda discusión teórica y política. http://mlu-s1-p.mlstatic.com/el-camino-de-ida-ricardo-piglia-2248-MLU4788442433_082013-F.jpgSituada en los ambientes universitarios de Estados Unidos, un espacio que Piglia conoce bien mano por haberse desempeñado como catedrático durante más de una década, en esta nueva ficción explora la violencia política en la sociedad norteamericana. Arcadia habló con él en Buenos Aires sobre los “motivos oscuros” que lo llevaron a explorar las manifestaciones de la violencia política en las sociedades contemporáneas: la aparente imposibilidad de establecer una resistencia efectiva al capitalismo, la crisis de las teorías políticas alternativas y la discusión ética en torno a la práctica de la violencia con fines políticos.

En El camino de Ida, su nueva novela, se mete usted con un tema complejo como lo es la violencia política en EE.UU., ¿Qué lo llevó a enfrentarse con esta cuestión justo en este momento?

Los motivos son siempre oscuros. Las novelas se van escribiendo y uno va encontrando los caminos mientras las hace. Desde luego que es una cuestión que está en la conversación pública y las novelas, de algún modo, se hacen cargo de las cosas que se están discutiendo hoy. Y en Argentina hay una discusión de larga duración sobre este asunto, ligada por un lado a la cuestión  del terrorismo de estado y por el otro a la experiencia de la lucha armada. Y viviendo en Estados Unidos empecé a comprender que la americana es una sociedad que reprocha la violencia política a las demás, pero es una sociedad en la que la violencia está muy presente.

En Respiración Artificial ya está presente esa violencia, también en La ciudad ausente está latente, y hay una lectura política de la violencia a secas en Plata Quemada o en Blanco Nocturno. ¿Por qué le fascina tanto este tema?

Es una cuestión de la época, en diferentes sentidos. No olvides que yo estudié historia y en la historia la violencia es uno de los elementos que se repite. Por otro lado, yo soy un lector del género policial desde siempre y es un género que tiene a la violencia como su campo propio. Y las novelas discuten los problemas, no ofrecen soluciones ni respuestas directas, pero los plantean. Yo quería hacer una novela sobre mi experiencia personal en EE.UU. Partí de la idea de que Renzi (NDLR: el personaje central de todas las obras del autor) se iba a enamorar de una muchacha y esa muchacha iba a morir. Luego esa historia se comenzó a ligar de algún modo con la experiencia de Unabomber, este joven matemático prestigioso y brillante que estuvo 20 años viviendo en un bosque y que mató a varias personas con cartas bombas. Lo que a mi me impresionó de esa historia real es que Unabomber leyó la novela de Joseph  Conrad El agente secreto y tomó de ahí algunas cuestiones que le sirvieron para llevar adelante sus acciones. Y eso me impresionó mucho, porque va más allá del Quijote. El Quijote es alguien que lee una novela y hace cosas, pero todo ocurre en la novela, mientras que aquí estamos ante alguien que lee una novela y luego actúa eso que lee en la vida. Y lo otro que me impresionó, de la historia de Unabomber, es que el FBI desarrolló una persecución importantísima durante muchos años y sin embargo sólo pudieron capturarlo cuando su hermano lo delató. Y ese elemento, muy a lo Karamazov, del hermano que delata al otro, tiene una densidad narrativa muy fuerte.

Uno de sus personajes en El Camino de Ida afirma que la manera que tiene EE.UU. de neutralizar la discusión política en torno a la violencia es acusar a los que la practican de estar locos y actuar solos para evitar tener que discutir precisamente de política.

Sí, habitualmente los caracterizan como psicóticos y se niegan a ver que estos individuos aislados condensan una situación política. Es muy habitual que alguien a quien echan de su trabajo, que no tiene ni sindicato ni cómo buscar una alternativa, termina obsesionado con el asunto, hasta que se sube a una terraza y empieza a matar gente.  Y cuando esto sucedes los americanos no se preguntan nunca el por qué, siempre es “el cómo” lo que está en juego. Esto me hace acordar a lo que hacían los soviéticos en los años 50 que, ante cualquier incidente, internaban a las personas en un psiquiátrico para evitar la discusión política. Si el comunismo era un paraíso, sólo los locos podían negarlo.

¿Cree que es posible todavía hablar de revolución en el siglo XXI?  ¿O el sistema, en el sentido kafkiano del término, ya se ha perfeccionado tanto que neutraliza todo posible impulso revulsivo?

Yo veo que por un lado es muy difícil encontrar alternativas después de la clausura de la experiencia del llamado socialismo real, aunque si uno mira la historia de las revoluciones, de la Revolución Rusa, de la Revolución Francesa o la misma revolución Americana, han sido momentos en que la historia se cristaliza y la violencia siempre está presente. En ese sentido me impresionó mucho un ensayo que leí de Sartre sobre Faulkner en el que Sartre tiene una intuición rarísima sobre Faulkner, ya que sostiene que en  ese  mundo tan clausurado, atado al pasado, no hay ninguna posibilidad de revolución. Me impresionó la lucidez de esa lectura inesperada, ya que no hay nada en Faulkner que explique esto. La idea de una sociedad que no tiene alternativa, que está obligada a pensar que lo que hay es lo que hay, es bastante extraña y yo creo que estamos pasando por esa época.

En una parte del libro Emilio Renzi habla del revolucionario como un hombre que cree literalmente lo que lee y lo lleva a la práctica. “Mis viejos amigos en Buenos Aires”- dice Renzi- “leían Guerra de guerrillas, un método de Ernesto Che Guevara y se alzaban al monte. Leían ¿Qué hacer? de Lenin y fundaban el partido del proletariado... ¿Cree que todavía es posible este tipo de lectores/revolucionarios en la actualidad? ¿O este tipo de personajes pertenecen al pasado siglo XX?

Habría que ver cómo evolucionan los incipientes movimientos de resistencia que se están planteando, no en relación a gobiernos específicos, sino al funcionamiento del capitalismo. Algunos pensadores dicen que esos procesos revolucionarios estuvieron muy ligados a la letra, a la lectura lineal, a los libros y que quizá ahora se esté construyendo otro modo de imaginar el futuro. Yo no lo podría asegurar eso. Podemos decir que las revoluciones que han constituido el mundo moderno, desde la Revolución Francesa hasta la actualidad, han estado muy ligadas a las lecturas. Y no creo que en el futuro la construcción de sentido pase por otro lado que por el lenguaje, que sigue siendo el lugar donde nosotros construimos nuestra imaginación, lo que todavía no es, porque de eso se trata, de imaginar lo que todavía no es.

En una sociedad como la norteamericana, que tiende a dividir al mundo en buenos y malos y a ver a los que ejercen la violencia política como demoníacos terroristas enloquecidos que actúan sin sentido, ¿cómo se imagina que será leído su nueva novela?

(Risas) Eso si que no lo sé. Hay una gran tradición en EE.UU. de novelas que trabajan sobre esta cuestión, Don DeLillo, Paul Auster, Pynchon, Mailer, hay una gran tradición en la literatura norteamericana a la hora de criticar el estado de la sociedad. Así que no será una sorpresa. La única sorpresa es que sea un argentino el que la escribe.  

Uno de sus personajes afirma que quienes están en contra del capitalismo tecnológico sueñan con volver a una naturaleza que ya no existe, a las comunidades primitivas, el sueño de los hippies, de los ecologistas… y concluye que nos encontramos “En el páramo del mundo contemporáneo, sin ilusión y sin esperanzas, donde ya no hay ficciones sociales poderosas ni alternativas al status quo”… ¿quedan posibilidades de construir esas ficciones políticas en el futuro sin tener que volver hacia un pasado idealizado como única alternativa al sistema actual?

Yo creo que sí, por más que en una novela uno tiene que ser fiel a los personajes. Que lo diga uno de los personajes no significa que yo lo crea. Es un dato que tiene que ver con la sensación de catástrofe que tenemos con respecto a la situación ecológica, y por lo tanto nos plantemos preservar la naturaleza y comenzar a vivir de un modo más natural. Y en este sentido yo respeto mucho a Tolstoi y cada vez lo admiro más, ya que fue uno de los primeros que tomó la decisión de la “no violencia”, frente las prácticas de los anarquistas rusos. El pacifismo extremo y esa idea de constituir una comuna campesina, que hasta Marx mismo la miró con interés cuando pensó en la posibilidad de desarrollar una sociedad que no pasara por el capitalismo.

En los últimos años se han instalado en América Latina discursos políticos que cuestionan el status quo, pero es su poder transformsador ha sido limitado, o se han tenido que conformar con un suave reformismo. ¿Cómo ve estos procesos que se viven hoy en el continente?

Son procesos que miro con mucha simpatía. Y aquella vieja polémica que a nosotros, a los de mi generación, nos acompañó desde la juventud, que era “reforma o revolución”, se ha saldado con estos procesos reformistas. Es absolutamente asombroso que Dilma Rousseff o Pepe Mujica hayan sido guerrilleros torturados y que hablan sabiendo de lo que hablan. Hay que tener mucho respeto con ellos, en el sentido de que han hecho la experiencia de la violencia y ahora son líderes políticos importantes. Algo increíble que en los años setenta nadie hubiera imaginado. Y esta discusión atraviesa todo el continente. Están siendo muy atacadas estas experiencias, más allá de las críticas que uno le puede hacer, está claro que están siendo combatidas desde una posición muy cerrada. Así que desde este punto de vista yo diría que Latinoamérica está viviendo una etapa de mucha intensidad política y esto provoca que reaparezcan cuestionamientos sobre hasta dónde van los cambios, hasta dónde hay que imaginar la reacción que pueden generar este tipo de procesos… En ese sentido podríamos decir que la experiencia de los golpes militares por suerte pertenece al pasado, aunque estamos en un momento de laboratorio político que hay que mirar con mucho interés.


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