Un panel de 'Here'.

"El libro entonces se convirtió en una idea arquitectónica"

Richard McGuire es un ilustrador y artista de novelas gráficas. Su ambicioso y elogiado libro 'Here' está ambientado en un mismo lugar en varios puntos del tiempo. Durante el Hay Festival 2016, Christopher Tibble, editor de Arcadia, hablo con él.

2016/06/12

Por Christopher Tibble

Richard McGuire está feliz. Acaba de terminar una conferencia por Skype con los organizadores del Festival de Angulema, el más importante de novela gráfica. Cerveza en mano, me comenta que hace minutos le dieron el principal premio del festival, el Fauve d’Or. Quiere celebrar. Y tiene razones de sobra. Su libro, Here, puede convertirse –el tiempo lo dirá– en el cómic esencial de esta década. La razón es sencilla: Here es la versión extendida de un tebeo de seis páginas publicado en 1989 en Raw (la famosa antología de cómics que editaba Art Spiegelman) y que no tardó en convertirse en una de las piezas más aplaudidas y analizadas de su género.

No es un libro fácil de explicar. No tiene comienzo ni fin, tampoco continuidad. Es un experimento de temporalidad. Un juego de cronologías que tienen como elemento común la sala de una casa. Sus 300 páginas transcurren en ese espacio. Al inicio el lector se acostumbra a la vista. Pero entonces comienza el juego: McGuire construye su propia historia del mundo desde ese rincón: en desorden, las páginas representan distintos años, desde el 3.000.500.000 antes de Cristo hasta el año 22,175 d.C. Pero el autor va más allá: reúne en una misma página varios años, separándolos con pequeñas cuadros que parecen ventanas abiertas de un computador.

Así, aparecen tres señoras bailando en la sala durante 1932, 1993 y 2014, mientras otra toca piano en 1964; después (¿o antes?) dos niños discuten en 1959 al tiempo que una hippie desenrolla un proyector en 1973 y una pareja prepara un picnic en 1870 (antes de que la casa fuera construida); luego, la misma pareja toma vino al tiempo que una flecha recorre un bosque en 1402 y el planeta, en el fondo, empieza a cuajarse hace trillones de años. Here, sin duda alguna, es una obra maestra, más una pieza de arte que un libro. Su lectura resulta iluminadora e inquietante. Recuerda al lector sobre su propia insignificancia al tiempo que exalta el valor de los pequeños instantes.

Junto a la piscina del hotel Santa Clara, tuve la oportunidad de hablar con su autor.

¿Cómo se le ocurrió la idea de hacer este libro?

Siempre había pensado que valía la pena expandir la versión original que publiqué en 1989. Pero yo no he hecho muchos cómics. Esa versión de seis páginas es lo primero que publiqué, luego hice libros de niños. Creo que el éxito de Maus cuando pensé, ¡debería hacer un libro! Sabía que esta historia se podía expandir hasta el infinito y contacté a la editorial Pantheon. Firmamos un contrato en el 2000. Luego no sabía cómo hacerlo. Mi editor pensaba que solo iba a agregarle más páginas al original pero eso no me gustaba. No quería volver al estilo que tenía hace 25 años.

Duré varios años sin saber qué hacer. Pero luego murieron mis padres y tuve que sacar todas las cosas de la casa de ellos, de la casa en la que crecí. Ellos vivieron ahí 50 años y durante el trasteo pensé mucho en el libro y tomé varios apuntes. Los recuerdos volvieron. El momento clave, sin embargo, llegó cuando descubrí que podía situar toda la historia en un rincón de la casa. El libro entonces se convirtió en una idea arquitectónica. Cuando estaba en la universidad estudié escultura y así me sentí escribiéndolo, como un escultor.

Tomando en cuenta la fuente de inspiración del libro, cuando le tocó desocupar la casa de sus padres, ¿es justo afirmar que ‘Here’ carga cierta connotación nostálgica?

La nostalgia siempre me inquieta. Me hace pensar en el sentimentalismo y por eso intento evitarla. Creo que es más una obra de mirada desprendida. Claro, hay muchas cosas personales, pero no describiría al libro como mis memorias. Es una mirada tan amplia del tiempo que todos los personajes aparecen y desaparecen rápidamente. Incluso mi familia, que estuvo ahí durante 50 años, ¡eso no es nada! La tribu indígena que aparece, los lenape, vivieron ahí como 10,000 años. De hecho, me dio miedo nombrar el pueblo donde está la casa porque no quería que la prensa dijera que era sobre su historia. Es sobre algo mucho más grande. En una página, por ejemplo, se ve la formación del mundo y en otra una mujer, que está viendo en televisión un documental sobre el fin del mundo, afirma: ‘gracias a dios eso no me va a tocar a mí’. Pero eso también se menciona de paso, no quería un final dramático sobre el apocalipsis.

Claro, pero al mismo tiempo sí hay un mensaje sobre los efectos del calentamiento global.

Es verdad. De hecho, yo me reuní con un experto del tema para pedirle consejo y para que me mostrara mapas de cómo se va a ver el mundo. En algún momento, va a estar todo sumergido debajo del agua. Mientras trabajaba en el libro, ocurrió el accidente de Fukushima en Japón, con la radiación nuclear y el tsunami. Pensé: esto podría pasar donde está la casa y donde hoy vivo, en Nueva York. A las afueras de la ciudad hay una planta nuclear. Por esa misma época también se formó el huracán Sandy, que se llevó consigo muchísimas casas. Luego aprendí sobre Chernóbil y sobre el hecho de que esa zona volverá a la normalidad en 20.000 años. Por eso decidí hacer un salto tan grande hacia el futuro en el libro, cuando ya se un mundo como tropical. Quería acabar con algo de optimismo. Decir que la vida continua, pero sin humanos.

A la hora de idearse el juego de temporalidad que elabora en el libro, ¿contó con alguna influencia filosófica o científica?  

La raíz de la historia se me vino a la cabeza cuando me mudé a un nuevo apartamento y me puse a pensar sobre las personas que habían vivido ahí antes. Al mismo tiempo, fui a una charla de Art Spigelman en la que decía que los cómics son diagramas. Entonces miré la esquina del cuarto y pensé dividir las páginas para que hacia un lado la dirección narrativa se dirigiera hacia el pasado y para el otro hacia el futuro. Luego un amigo me mostró el tema de las ventanas en un computador.

Pero en estos meses sí estado leyendo mucho sobre física y el tiempo. Einstein decía que el tiempo es relativo y me interesa el concepto de que todo el tiempo ocurre al mismo tiempo y que nosotros solo podemos ver un pedazo de él.

 ¿De qué diría que se trata el libro?

El libro no es sobre los grandes acontecimientos. Al revés, es sobre las cosas pequeñas y personales. Por eso me gustó la idea de tratar el tema del fin del mundo solo en una página y mostrándolo en el televisor. Fue como jugar a invertir los papeles: empequeñecer lo importante y agrandar lo insignificante. Creo que el mensaje central del libro es entender el lugar que uno ocupa en el universo. Pero no lo digo como algo deprimente, sino pensando en que no hay mucho tiempo y que por eso debemos aprovechar el ahora, algo que la gente casi nunca hace. Y de alguna forma el libro muestra como en verdad vivimos: siempre saltando de una idea a otra, de un recuerdo a otro.

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