Foto: Jorge Patiño

Caño Cristales, una aventura evasiva y fugaz

Como adelanto del libro, presentamos el prólogo de 'En busca de Caño Cristales', que abarca los viajes por Colombia que ha hecho durante cuatro décadas el autor, Robert Mykle. El lanzamiento es el jueves 14 de julio a las 6:30 de la noche en The Book Hotel (Carrera 5 No. 57-79).

2016/07/11

Por Robert Mykle

El impulso detrás de mi regreso a las selvas de Colombia, después de veinticinco años de ausencia, lo sentí por primera vez a finales de la primavera del año 2009, cuando recibí un correo electrónico de Oliver Lucanus, un alemán experto en peces —y en fotografía subacuática— que reside en Montreal, Canadá. Oliver había consultado una de mis páginas web, lasierradelamacarena.com, basada en los viajes que el suscrito hizo al lugar años atrás; había pasado los últimos quince años de su vida fotografiando especies endémicas de peces en África y América del Sur; se encontraba a punto de publicar La Amazonia bajo el agua, un coffee-table book con fotografías tomadas en innumerables ríos suramericanos, y como tenía un segundo libro en mente, me preguntó si estaba interesado en unirme a una expedición fotográfica que pensaba realizar a Caño Cristales, una singular y poco conocida corriente de agua que fluye desde las mesetas más altas de la Sierra de la Macarena en Colombia. Localizada en el centro del país, la Sierra de la Macarena es un vestigio aislado y antiquísimo de la masiva Formación Roraima, ubicada a ochocientos kilómetros hacia el oriente, en la frontera que comparten Venezuela, Guyana y Brasil.

—¡Por supuesto! —le contesté de inmediato.

En el transcurso de los años, la extraordinaria y asombrosa Sierra de la Macarena se me había convertido en una especie de obsesión, y la oportunidad de regresar a ella en compañía de Oliver Lucanus era para mí un estímulo que no podía rechazar. Colgada en ángulo obtuso del vientre de la Cordillera de los Andes, la Sierra de la Macarena es el punto convergente de seis grandes ecosistemas y de cuatro biomas que crean un caldo de cultivo de material genético único en el mundo. El resultado, dicen algunos expertos, es una alta tasa de mutación y, por lo tanto, de formación de nuevas especies. Oliver quería fotografiar las coloridas algas nativas (Macarenia clavigera), también llamadas podóstemos (Podostemaceae), un orden superior de plantas acuáticas que sólo florecen en el costado sur de la sierra y en determinadas épocas del año, en estrecha relación con el nivel del agua en el río. Cuando el nivel es demasiado alto, la luz del sol que llega a las plantas no alcanza a estimular la fotosíntesis, y cuando el nivel es demasiado bajo, las plantas se secan y adquieren un color carmelitoso, apagado y mortuorio. Como sucede con algunas sopas, el nivel del agua no debe ser ni demasiado alto ni demasiado bajo, sino justo el adecuado. Y cuando llega a ese nivel, los podóstemos dejan de ser plantas acuáticas comunes y corrientes y se transforman en exuberantes medusas vegetales pletóricas de verdes, rojos, rosados, morados, azules y amarillos que le dan a Caño Cristales la merecida fama de ser “el río más bello del mundo”. Sin embargo, al igual que sucede con la paz en un país tan enigmático como Colombia, tratar de capturar imágenes de Caño Cristales en pleno período de florecimiento suele ser una aventura evasiva y fugaz.

Los estudios serios que se han escrito acerca de Caño Cristales y su entorno inmediato son bastante escasos, y Oliver no sólo esperaba poder tomar fotografías subacuáticas de los podóstemos de La Macarena en su fase de florecimiento, sino que además buscaba descubrir nuevas especies de peces, otra de sus grandes pasiones.

La importancia biológica, genética y ambiental de la Sierra de la Macarena fue reconocida desde hace más de medio siglo. En 1948, el Estado colombiano dispuso que la cadena montañosa, más un considerable enclave triangular de tierras bajas entre los ríos Guéjar y Guayabero, sería declarada reserva natural. Por desgracia, las buenas intenciones gubernamentales no se tradujeron en la adopción de las medidas que eran necesarias para preservar un parque nacional localizado a escasas cinco horas de algunos de los principales centros urbanos del país. Y así, durante más de cincuenta años, ingentes cantidades de campesinos deseosos de adquirir un pedazo de tierra propia cortaron, desmontaron y quemaron secciones enteras del parque para sembrar cultivos de subsistencia. Al promediar la década de 1990, la mitad del parque había sido destruida. Los alrededores de Caño Cristales, no obstante, permanecieron relativamente intocados gracias a una combinación de factores como la pobreza del suelo, las condiciones climáticas, la falta de vías de comunicación, la indiferencia de las autoridades estatales y la presencia inocultable del grupo guerrillero más numeroso —y más antiguo— que en aquel entonces existía en Colombia. Ya más estable desde el punto de vista político, la región estaba abierta a que la visitaran personas venidas de afuera, y nosotros esperábamos adelantarnos a la oleada de turistas que muy pronto, cuando se reconociera su importancia y su belleza, invadiría las orillas de Caño Cristales.

*

Durante los decenios de 1970 y 1980, el autor de este libro había hecho varios viajes por el norte y el centro de la Sierra de la Macarena, la mayoría de las veces solo. En mi morral de marca Kelty, heredado del ejército de los Estados Unidos, empacaba cuantos alimentos me cupieran y emprendía largas travesías por caminos y trochas de animales hasta que mis provisiones llegaban a la mitad, momento en el cual volvía sobre mis pasos. Usualmente funcionaba el procedimiento, aunque nunca pude conseguir el objetivo de atravesar la sierra de un extremo al otro. Mi base de operaciones era San Juan de Arama, un pueblo ganadero que se asienta en el costado norte de la sierra y que en aquella época quedaba a ocho horas o a tres días de viaje en campero desde Bogotá, dependiendo de la severidad de los derrumbes y de los accidentes.

Estratégicamente situado, San Juan de Arama ofrecía una perspectiva geográfica privilegiada. Desde las planicies que se extienden al occidente del pequeño pueblo podían apreciarse los picos dentados y ligeramente azulosos de la Cordillera de los Andes, la cadena montañosa continua más larga del mundo, y dicha visión contrastaba de manera muy notoria con las misteriosas mesetas de la Sierra de la Macarena.

La literatura sobre la Cordillera de los Andes llena estanterías completas de libros y más libros de todos los tamaños, variedades y temas imaginables, desde los que escribiera el confesor de Francisco Pizarro hasta los que patrocinó hace relativamente poco la Universidad de Yale a raíz del “descubrimiento” de Machu Picchu por parte de Hiram Bingham. Y aquí, en San Juan de Arama, hace veinticinco millones de años, cuando los Andes eran el suelo de un océano y la Sierra de la Macarena hacía parte de la cadena montañosa más extensa del planeta, estos dos mundos colisionaron. La placa tectónica de Nazca chocó contra la placa tectónica de Suramérica, y las maravillas naturales creadas como resultado de este encuentro clataclísmico nunca dejarán de asombrarnos.

En muchas mañanas despejadas de San Juan de Arama, ya fortificado por una buena taza de humeante café negro, el suscrito solía recorrer sus alrededores, y mientras veía cómo el pueblo, de apariencia tranquila y un tanto melancólica, empezaba a cocinarse bajo el sol ecuatorial, era muy difícil poder imaginar siquiera su notable historia natural y su violento pasado. Fundado hace quinientos años por conquistadores alemanes que venían de Venezuela, San Juan de Arama ha sido borrado del mapa, literalmente hablando, en tres ocasiones. De ahí que estos traumáticos acontecimientos comunitarios aún persistieran en la mentalidad colectiva de buena parte de la población, y de ahí también que bajo la superficie de generosa amabilidad con que sus habitantes recibían a los extraños se percibiera una cierta —y explicable— desconfianza.

Durante mis recorridos matutinos, si miraba hacia el sur podía obtener una visión panorámica de la sierra, que ejercía sobre mí una atracción parecida a la que supongo que sienten los alpinistas cuando escuchan las voces de sirena que los llaman desde las alturas del Everest. Las sirenas de La Macarena me llevaron a rastrear y a experimentar las maravillas de esta desconcertante cadena montañosa en cuyas trochas, en varias oportunidades, estuve a punto de perder la vida, lo que no impidió que regresara, como suele sucederles a los masoquistas, una y otra vez. La propuesta de Oliver, por lo tanto, me interesó sobremanera. La época del año era la indicada, al igual que el cronograma de la expedición, y por los correos electrónicos que intercambiamos, sumados a las frecuentes conversaciones telefónicas que sostuvimos, supe que mi compañero de viaje, además de ser un gran fotó- grafo, compartía conmigo el interés y el respeto por la selva y por sus habitantes.

En el transcurso de los veinte años anteriores, gran parte de la Sierra de la Macarena había sido inaccesible para la mayoría de los extranjeros, y aunque durante dos décadas consecutivas tuve el privilegio de pasar a la sombra de sus montañas largas temporadas de estudio y de investigación, no me encontraba al tanto de los innumerables problemas logísticos que implica hacer un viaje hasta Caño Cristales. Estaba en contacto, sin embargo, con Gustavo Valcárcel, un reportero de Associated Press recién trasladado de los Estados Unidos a México. Oriundo del departamento de Boyacá, en el centro de Colombia, Gustavo se interesaba tanto como yo por dar a conocer la riqueza, el esplendor y la belleza de la Sierra de la Macarena, donde se había propuesto abrir un conjunto de posadas ecoturísticas que impulsaran la economía local, crearan empleo y ayudaran a preservar lo que quedaba de la flora y la fauna originales de la región, y al igual que Oliver, se había fijado en mi página web debido a la mención que en ella hago de San Juan de Arama.

Después de cruzarnos algunos correos electrónicos, Gustavo me llamó por teléfono, y en medio de la conversación soltó una frase que me dejó estupefacto.

—Mi familia es originaria de San Juan de Arama —me dijo—, y mi abuelo era un alemán llamado Guillermo Willys Meyer, que vivió allí durante muchos años.

Me tomó un segundo digerir sus palabras, y entonces comprendí que estaba hablando con el nieto de un viejo amigo mío que había muerto veinte años antes.

—A tu abuelo lo conocí bastante bien —le contesté, y una oleada de recuerdos, de imágenes y de sucesos, algunos vagos, otros cristalinamente nítidos, se amontonó en mi cabeza: mi primer viaje en bus hasta San Juan de Arama, el asombro que me produjo la cercanía de la Sierra de la Macarena, el vociferante coro de los niños que me miraban almorzar desde la puerta de un restaurante, y tantas otras cosas que cambiaron mi vida para siempre.

*

Siendo extranjero, mis vecinos de San Juan de Arama asumieron que a mí me gustaría conocer a otro extranjero, de modo que a los pocos días de mi llegada, veinte años atrás, tuvieron la amabilidad de presentarme a Don Dan, un joven norteamericano cuyo padre dictaba clases de comportamiento animal en la Universidad de San Diego, Estados Unidos. Don Dan llevaba ya más de dos años viviendo en San Juan de Arama, en una finca que pertenecía por partes iguales a su padre y a otro científico, el doctor Simon Franky. Y como ocurre con los extranjeros que se encuentran de pronto en tierras extranjeras, Don Dan y yo nos hicimos grandes amigos y acabamos convertidos en socios de un buen número de empresas quijotescas.

Después de tomarnos unas cuantas cervezas para celebrar el hecho de habernos conocido, Don Dan me confesó que su nombre no era Dan.

—Es Donald —me dijo—, pero a todo el mundo le digo que me llamo Dan. Para evitar que la gente me diga Don Don, que suena bastante ridículo —y se encogió de hombros luego de empinar de nuevo el codo.

—El caso mío es parecido —respondí—. En mi familia me dicen Bob, pero como Bob se puede convertir muy fácilmente en bobo, aquí prefiero que me digan Roberto —y soltamos una carcajada que nos recordó lo que éramos: dos norteamericanos que buscaban despedirse del pasado para construir un nuevo futuro, un rasgo común a muchos emigrantes.

—Pero bueno —continuó Don Dan—. Tienes que conocer al viejo alemán del que tanto te he hablado. Su nombre es Guillermo Meyer, y ha estado aquí muchísimo más tiempo que yo.

Don Dan me condujo a una casa de un solo piso, algo maltrecha, en las afueras del pueblo. Rodeada de árboles crecidos que le daban una sombra acogedora, la bucólica estructura estaba construida en gruesas vigas de madera sobre las cuales descansaba un oxidado techo de hojalata. Me enteré de que la casa había sido alguna vez el terminal del aeropuerto de San Juan de Arama, que se volvió obsoleto cuando el gobierno abrió la carretera destapada que comunicaba al pueblo con Villavicencio, la capital del departamento del Meta.

Cuando lo conocí, Guillermo Meyer bordeaba los sesenta años; yo había cumplido apenas veinticuatro, y Don Dan era todavía más joven. Aunque no dejábamos de ser diferentes en muchísimos aspectos, los tres teníamos en común algo muy importante: éramos extranjeros. Siendo todavía un niño, Guillermo había llegado a Colombia en la década de 1920, siguiendo los pasos de su padre, un sastre de nacionalidad alemana a quien le cupo el honor de diseñar los uniformes —y los cascos puntiagudos— que aún hoy utilizan los soldados de la guardia presidencial colombiana, y cuando su padre regresó a Alemania, Guillermo, seducido por el aire que se respiraba en Colombia, decidió quedarse. Un número muy considerable de sus descendientes aún vivía en San Juan de Arama, y uno de sus nietos, Diego Meyer, era el alcalde del pueblo.

*

Después de un prolijo intercambio de conferencias telefónicas y de correos que iban y venían por internet, Gustavo Valcárcel, Oliver Lucanus y yo acordamos que los primeros días del mes de diciembre, cuando se inicia la temporada de verano en la sierra, era la mejor época para viajar a Caño Cristales. Si el clima se comportaba como esperábamos, el nivel del agua en el caño estaría lo suficientemente bajo para permitir que los podóstemos florecieran y, al mismo tiempo, lo suficientemente alto para permitirles crecer. Nuestro plan era bastante simple. Volábamos a Bogotá, cruzábamos la Cordillera Oriental por carretera hasta Villavicencio, la ciudad más grande de los Llanos colombianos, y de Villavicencio seguíamos por tierra hasta San Juan de Arama. Tras un día de descanso y de aclimatación nos dirigíamos a La Macarena, en la punta meridional de la sierra, un viaje de más de ocho horas, por caminos en invierno intransitables, que hay que realizar en un campero en el que el conductor y sus acompañantes se exponen a romperse los huesos. Desde La Macarena, donde pensábamos instalar nuestra base de operaciones, exploraríamos Caño Cristales durante dos o tres días, y a nuestro regreso teníamos la idea de detenernos a investigar algunos de los muchos ríos que fluyen en los alrededores de San Juan de Arama. A pesar de que la escasez de información seria y confiable acerca de la Sierra de la Macarena nos dificultaba la tarea, la posibilidad de que pudiéramos descubrir nuevas especies era relativamente alta, ya que Colombia es un país hasta cierto punto único en su género1. Como se sabe, el mayor número de especies de aves del planeta vuela por sus selvas, montañas y planicies. Colombia es el segundo país del mundo en el número de especies de anfibios y el sexto en el número de especies de reptiles, y en lo que se refiere a la flora, el segundo después de Brasil, seis veces más grande. Colombia ocupa una envidiable posición geográfica y biológica, con costas sobre el Océano Pacífico y el Mar Caribe. Muy cerca de la línea del ecuador, posee dos de los mayores ríos del planeta en relación con su cuenca hidrográfica. Hace aproximadamente tres millones de años, durante el período conocido con el nombre de Plioceno, otra serie de placas tectónicas colisionaron y formaron el istmo de Panamá, uno de los más importantes acontecimientos geológicos de los últimos sesenta millones de años. El puente de tierra entre el norte y el sur del continente americano permitió la intermigración de animales y plantas que los científicos han denominado “el gran intercambio de las Américas”. Fue durante este período cuando los marsupiales suramericanos, incapaces de competir con los mamíferos placentarios provenientes del norte, se extinguieron. La principal excepción que se conoce es la del filandro gris (Philander opossum), un marsupial de cola prensil al que en algunas regiones de América del Sur se le da el nombre de zarigüeya.

Como se comprenderá, con tantos sucesos geológicos, biológicos y ambientales concentrados en un territorio así de relativamente pequeño, las expectativas de Oliver, de Gustavo y del suscrito eran altas.

*

En la medida en que diciembre se acercaba, mis días se llenaban de recuerdos de aquellas dos décadas durante las cuales había estado viviendo, trabajando y viajando por Colombia. Mis travesías me habían permitido conocer los cuatro puntos cardinales del país: desde los tenebrosos burdeles de Maicao, en pleno desierto de la Guajira, hasta los restaurantes típicos de Ipiales, en la frontera con el Ecuador; desde las selvas del Chocó hasta las de la Orinoquia y la Amazonia, y desde las selvas de la Orinoquia y la Amazonia hasta las costas luminosas del Caribe, donde participé en el intento fallido —¿qué más podía esperarse?— de rescatar los tesoros de un galeón español que naufragó a pocas millas náuticas de Cartagena de Indias en la época de la Colonia. Mi experiencia, por lo tanto, me había enseñado que al menos para un hombre joven y en busca de aventuras, no hay mejor país que Colombia.

Procurando ignorar mi tendencia a hundirme en el terreno pantanoso de la nostalgia, vi en este viaje la oportunidad de hacer no sólo un viaje sino un desplazamiento del corazón, por así decirlo, una historia comparada de dos tiempos, dos mundos, dos vidas vistas a través de dos diferentes pares de ojos separados por casi cuatro décadas de distancia temporal. El común denominador era el cambio: un país que había cambiado y, tal vez, una persona que también había cambiado. No sería un viaje lineal, como suelen ser algunos viajes, sino una cadena de pensamientos que se arrastran por las nebulosas ruinas dylanescas del tiempo: algunos con vínculos brillantes, intactos y aceradamente azules, y otros apenas reconocibles, orbes carcomidos por el óxido que necesitan cuidados porque las cadenas, al igual que las mentes de los seres humanos, son tan fuertes como su eslabón más débil. Si se pierde el vínculo, se pierden también la memoria y la historia. La historia es memoria, y la memoria es tan frágil como las palabras de esta página.

Como en toda expedición que se respete, llega un momento en que la realidad agobia a cualquiera y uno se pregunta: “¿qué diablos estoy haciendo aquí?”. Este viaje, no obstante, era distinto, y a juzgar por las conversaciones telefónicas que había sostenido con mis compañeros desde la comodidad de mi casa en La Florida, parecía un viaje embarazosamente fácil, poco apto para hablar de él alrededor de la fogata de un campamento militar, donde se narran historias de guerra, o al calor de un vodka con tónica en el bar del vecindario.

A menos, claro, de que sucediera lo inimaginable.

El flanco sur de la Sierra de la Macarena era en ese entonces una notoria zona roja, es decir, un área controlada por la guerrilla. Durante décadas, el gobierno nacional había renunciado a ejercer soberanía en este vasto territorio, un territorio que había caído en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, el más organizado, antiguo y numeroso grupo guerrillero de América Latina. Desde los años cincuentas del siglo pasado, muchas regiones al margen del control del Estado habían sido declaradas “repúblicas independientes” y operaban como entidades sociales y políticas aparte. En las inmediaciones de Caño Cristales, las Farc se movían libremente desde hacía casi medio siglo. Su principal baluarte era Casa Verde, en la población de La Uribe, un caserío situado en las estribaciones de la Cordillera de los Andes, muy cerca de la cabecera del río Guayabero. Caño Cristales desemboca en el Guayabero, a pocos kilómetros de La Macarena, y entre La Uribe y San Juan de Arama queda el floreciente municipio de Mesetas, donde mi esposa y yo pasamos nuestra luna de miel hace treinta y cinco años.

Aunque las condiciones de seguridad no han sido nunca las mejores, los científicos han tenido esporádico acceso a la Sierra de la Macarena. En el costado occidental del nudo montañoso, a orillas del río Duda, el tributario mayor del Guayabero, la Universidad de los Andes construyó las instalaciones del Centro de Investigaciones Ecológicas de La Macarena (CIEM), pero debido a los hostigamientos de la guerrilla, el estudio continuado y sistemático del entorno ha sido imposible. A diferencia de los combatientes pseudointelectuales del M-19 y del Ejército de Liberación Nacional (ELN), las Farc nacieron como un movimiento campesino que buscaba defenderse de los abusos de la policía nacional y de los dos partidos políticos tradicionales. Y con poco o ningún interés por la cultura y por la educación, a menos de que fueran de índole política, las Farc consideraron que las investigaciones científicas del CIEM no eran relevantes.

Los ataques y contraataques de esta guerra fratricida se remontan a una época que en la historia de Colombia se conoce con el nombre de La Violencia, y con el pasar de los años muchos de mis amigos y contactos locales tuvieron que salir huyendo de San Juan de Arama, y de otros pueblos vecinos, a raíz de los enfrentamientos cada vez más frecuentes, y en la mayoría de los casos más letales, que por el control del área protagonizaban las Farc y los grupos paramilitares de autodefensa. San Juan de Arama fue uno de los campos de batalla de estos enfrentamientos, pero la necesidad del cambio se sentía en el aire y con el tiempo, bajo la batuta del entonces presidente Álvaro Uribe, la situación de seguridad en todo el país, y en particular en la Sierra de la Macarena, mejoró dramáticamente.

Con la ayuda del gobierno de los Estados Unidos y gracias a una voluntad política que los colombianos no habían visto desde 1947, cuando se inició La Violencia, las guerrillas fueron puestas a la defensiva y muchos jefes paramilitares fueron desmovilizados, encarcelados y luego extraditados. Se construyeron nuevas carreteras y las viejas fueron pavimentadas, y para fortuna nuestra, que estábamos a punto de iniciar nuestra pequeña expedición, el viaje entre Bogotá y Villavicencio, escala obligatoria en el camino hacia la Sierra de la Macarena, había dejado de ser un tortuoso y peligroso trayecto de cinco horas y se había reducido a la mitad.

Al aproximarse el mes de diciembre del año 2009, me di cuenta de que había roto una de mis reglas cardinales: Know With Whom Thou Art About To Depart, un aforismo que al español podría traducirse como Más vale que sepas con quién te embarcas. Al internarme en una región tan exigente desde el punto de vista geográfico y social con personas que apenas conocía, estaba poniendo mi vida en manos de extraños, así como ellos la estaban poniendo en las mías. En excursiones pasadas me había visto impelido a prescindir de la compañía de varios amigos que no estaban suficientemente preparados para enfrentar las dificultades físicas y mentales que implica hacer un viaje a las profundidades de un territorio selvático, y en casi todos los casos, su partida había sido un verdadero alivio.

Sin embargo, si bien es cierto que la compatibilidad es esencial en toda expedición, me dije a mí mismo que ésta no sería una prueba de resistencia en medio de una selva desconocida, lo que contribuyó a moderar mis preocupaciones. No se trataba, por otra parte, de un viaje que no pudiera hacer un hombre razonablemente sano de 56 años de edad. De hecho, cumplí 57 años el día que volé a Bogotá. Los cumpleaños, recordé, son los verdaderos Días de la Madre, y las imágenes de la mía, que había muerto un año antes a causa de una larga y penosa enfermedad, tinturaron mis pensamientos. Fue el primero de mis progenitores en irse de este mundo, y mi indiferencia ante sus dolencias, que padeció con estoicismo durante cuatro décadas, aún me atormentaba.

El día de Acción de Gracias ya había empacado mis maletas, y el primero de diciembre del año 2009 estaba en camino hacia Colombia.

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1.  Debe anotarse que la otra área de toda la Costa Pacífica de América Central y del Sur donde es probable descubrir nuevas especies de plantas y animales también queda en Colombia. Su localización, sin embargo, debe pasar por ahora inadvertida, ya que se trata de una región políticamente muy sensible. Esperamos explorarla extensamente en un futuro próximo.

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