Hillary Clinton durante la campaña presidencial de Estados Unidos el año pasado. Foto: Barbara Kinney para Hillary For America

El selfie y la condición postfotográfica

‘Selfiarse’ se ha convertido en un acto cotidiano, un hábito que cruza clases, etnias y religiones. Sin duda uno de los artefactos culturales más elocuentes de la vida contemporánea, el selfie también le ha dado un giro de 180 grados a la historia de la fotografía. Un análisis.

2017/03/08

Por Marco Bonilla

A mediados de 2014, una selfie tomada por la norteamericana Breanna Mitchell sonriendo, con el campo de concentración nazi de Auschwitz de fondo, generó una intensa oleada de indignación que recorrió el espinazo de las redes sociales. Meses después, en noviembre de 2015, tras algunos días de los atentados en Bataclan y algunos cafés de París, el filósofo Michel Onfray criticaba la tendencia de algunos transeúntes de tomarse selfies en los lugares de la tragedia. A lo largo de 2016, Hillary Clinton adelantó su campaña política haciendo de los selfies una poderosa herramienta de campaña, mostrándose más que dispuesta a posar junto a sus votantes, animándolos a compartir las instantáneas en las redes sociales. Las cifras muestran que en muchos estados de la Unión Americana aumentó la participación de los jóvenes en las elecciones del pasado mes de noviembre, gracias a que se permitieron los selfies en las cabinas de votación.

Los tres casos muestran que el selfie llegó para quedarse. Al mismo tiempo un síntoma de nuestros tiempos y evidencia de un nuevo sujeto que se convierte en fotógrafo de sí mismo, el selfie es uno de los artefactos culturales más elocuentes de la sociedad contemporánea. El acto de disparar la cámara fotográfica hacia sí mismo es un giro copernicano en la historia de la fotografía, en la cual, sujeto y objeto fotográfico se encontraban drásticamente separados. El selfie, convertido ya en un género, es la conversión de la imagen propia en objeto fotográfico. Si antes la cámara y el fotógrafo miraban lo mismo, hoy el ojo se separa del visor, haciendo que retratista y retratado se superpongan en una sola entidad: ahora la cámara mira al fotógrafo.

Si bien el autorretrato forma parte de la historia de la fotografía desde sus mismos orígenes en 1839 –ese año, el pionero del daguerrotipo Robert Cornelius tomó una fotografía de sí mismo frente al negocio de su familia en Philadelphia- no fue sino hasta la invención de la cámara compacta, en la última década del siglo XIX, que el autorretrato ganó popularidad.  Sin embargo, el costo de la película y del revelado y de los mismos dispositivos fotográficos, hacía del selfie cosa de pocos. Es con el advenimiento de la era digital y la masificación de los teléfonos inteligentes –especialmente con el lanzamiento en 2010 del iPhone 4 que venía con cámara frontal incluida– que se convierte en un fenómeno viral. En 2012 la revista Time incluyó el neologismo selfie entre las 10 palabras más populares del año.

Rápidamente, se ha convertido en la forma privilegiada de nuestra percepción individual y colectiva; en una “tecnología del yo”, un mecanismo de subjetivación por el cual pasa gran parte de lo que pensamos de nosotros mismos y de lo que proyectamos a los demás. Al mismo tiempo, es un mecanismo de sociabilidad de la era digital que refleja cambios en las relaciones sociales, políticas y culturales. Si el retrato antes era visual, en la era de las redes sociales ha mutado en un fenómeno social.

Si hemos de creer al sociólogo francés Gilles Lipovetsky para quien la sociedad contemporánea hiperindividualista reconoce en la figura mitológica de Narciso, el principal símbolo de su identidad (como en otros momentos de la modernidad lo fueran Prometeo, Edipo, Fausto o Sísifo), el selfie es el indicio de una sociedad narcisista compuesta por individuos que se miran a sí mismos. Indicio de una época en la que se disuelven los lazos y los referentes colectivos, para tomarnos un selfie ya no necesitamos de otros, es un acto solipcista  en el que la realidad externa sólo es comprensible a través del yo.

El selfie, como artefacto cultural de la sociedad digital genera odios y pasiones. El campo se divide -en la clásica distinción de Umberto Eco-, entre apocalípticos e integrados. Los primeros, hablan del selfie como un anuncio de la llegada de una sociedad hiperindividualista, post-humana y superficial, donde el narcisismo se convierte en patología colectiva que irradia sus efectos en todas las facetas de la vida. Para los ‘integrados’, por el contrario, el narcicismo del selfie es la consolidación de la revolución individualista iniciada en la primera modernidad, y de su promesa de un ciudadano libre, sin sujeciones colectivas de ningún tipo.

‘Selfiarse’ se ha convertido en un acto cotidiano, un hábito que cruza clases, etnias y religiones. Celebridades, figuras de la política y personas de a pie han hecho que posar para sí mismo deje de ser un acto aislado e irrelevante. Es un componente clave de la que Guy Debord denominó ‘la sociedad del espectáculo’. El selfie pone de manifiesto un cambio fundamental en la historia de la fotografía, con el que se deprecia su valor documental y testimonial, se desacredita su capacidad de representación naturalista, y se impone un modelo autorreferencial en el que la mirada se dirige a sí misma.

Si el selfie no tiene que ver con lo documental, la memoria o el testimonio, entonces vale la pena detenernos en el calificativo que recibió la fotografía bien en sus inicios cuando el médico y fotógrafo aficionado Oliver Wendell Holmes la bautizó con el remoquete de "espejo con memoria". En los tiempos que vivimos debemos preguntarnos si no nos encontramos frente a justo lo contrario, "espejos sin memoria": las cámaras ya no tienen por función representar el mundo, mucho menos transformarlo, sino simplemente mostrar una cotidianidad plana e intrascendente. Con ello la fotografía se desritualiza y deja de reservarse a los momentos solemnes; la posibilidad de fotografiarlo todo nos empuja cada vez más a la órbita de lo frecuente y ordinario.

El selfie ya no quiere expresar “esto sucedió”, sino “yo estuve allí”. Tiene que ver más con el momento que con la esencia. Desplaza la certificación de un hecho por la constatación de nuestra presencia en ese hecho, por nuestra condición de testigos. Lo importante no es registrar el acontecimiento, sino comprobar que se estuvo allí. En el autorretrato fotográfico la voluntad lúdica y autoexploratoria se impone a la memoria. Estamos lejos del álbum fotográfico familiar. Los selfies ya no son recuerdos para conservar, sino mensajes para enviar e intercambiar. En la era de lo efímero, las imágenes ya no están hechas para ser impresas, sino para ser enviadas en un proceso que adopta la forma de una conversación.

Por ello, a ojos del teórico catalán Joan Fontcuberta, el selfie representa la transición al mundo de lo que el denomina ‘postfotografìa’. Es una realidad caracterizada por una hiperinflación, una saturación de imágenes, en el que estas sustituyen a la realidad en la forma de simulación y simulacro, en palabras de Jean Baudrillard. La postfotografìa se caracteriza por el exceso de imágenes, pero también por el acceso a ellas, aquel que nos permiten la ubicuidad de las cámaras fotográficas y los circuitos de videovigilancia.

Fontcuberta usa el término “postfotografía” para definir lo que ha ocurrido después de que la sociabilidad digital del selfie ha superado a la fotografía tradicional. Hoy, la imagen no es un lugar ajeno, sino el espacio social de lo humano. La era de la postfotografía es aquella en la que la intimidad, logro por excelencia de la sociedad liberal, se disuelve y la tensión entre lo privado y lo público desaparece.

Para Fontcuberta “no queremos tanto mostrar el mundo como señalar nuestro estar en el mundo”, primera condición de la vida en selfie. Según este autor no se trata de una moda pasajera sino que esta dimensión ‘sélfica’ de la postfotografìa ha llegado para quedarse. Constituye la señal más clara de que hemos evolucionado hacia el homo photographicus: el hombre que, con una cámara siempre en el bolsillo, produce fotografías de sí mismo y consume las de otros. Más de 100 millones de imágenes en Instagram están catalogadas con el hashtag #me. La masificación de los smartphones ha hecho del selfie la forma de autoexpresión privilegiada de la modernidad tardía. El acto de ofrecerse a sí mismo para consumo público, el hecho de exponernos a cambio de unos likes es tal vez uno de los indicios más contundentes de que el selfie es el autorretrato de la era digital. Comprenderlo nos ayudará a descubrir mucho del mundo en que vivimos y de nosotros mismos.

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