Sergio Hernández nació en México en 1957. Foto: Crédito: León Darío Peláez.

“Al final el mundo se va a mover como un gran huracán”

Sergio Hernández, uno de los principales artistas mexicanos, inaugura el 30 de junio en el MAMBO ‘De plomo y fuego’, su exposición más grande en Sudamérica. Hablamos de historia, materiales y el apocalipsis.

2016/06/30

Por Christopher Tibble

En esta exposición usted retoma desde la pintura y los grabados varios episodios históricos. Uno de ellos es el Códice Yanhuitlán descubierto entre 1841 y 1947. ¿Cuál es su historia?

Yo soy originario de la zona de la Mixteca, en Oaxaca, de donde es ese códice. Viene de una población llamada Yanhuitlán y relata la historia de la construcción de un convento, y de la participación de este pueblo en las batallas que tuvo Hernán Cortés contra los tlaxcaltecas. Después de la conquista, por ayudar, este pueblo es  premiado por los españoles: les entregan el gusano de la seda para cultivar. El códice consiste en la construcción del convento y de los tributos que se hacían con los españoles y los pueblos indígenas que vivían en la zona. Consta de 38 láminas dibujadas con tinta europea, el primero hecho con materiales occidentales.

¿Qué buscaba rescatar de la historia del códice?

Más que un rescate se trata una reinterpretación contemporánea. Desde 1500 en Oaxaca se repite la historia de los conflictos y de las guerras, desde la época de la conquista. De hecho, uno de los temas fundamentales de la región es la existencia de los conflictos. En 1586, por ejemplo, hubo un pueblo de la costa negra que mató a 1.000 españoles y les cortó las cabezas porque estaban cansados de ser explotados. Hay otro en 1810, cuando un borrachito parroquial que siempre dormía en el campanario ve que van a asaltar al pueblo y toca la campaña, lo que lleva a la detención y a que cuelguen a esos hombres. Actualmente también hay un conflicto.

Este códice refleja esta historia, pero también habla del conflicto estético, con los colores. Mi reinterpretación es una placa de grabado impresa y en el relieve dejé caer gotas en malaquita, lapislázuli, cochinilla. Este último venía de la sangre del nopal y se producía en esta población. En la época de la conquista la cochinilla significaba la vida y la muerte.


De la serie del ‘Codice Hernandino-Mixteco‘, la reinterpretación que hace Hernández del Códice Yanhuitlán. Foto: León Darío Peláez. 

Además de la historia del Códice Yanhuitlán, en la muestra usted también se inspira en la enfermedad del fuego de San Antonio.

Hace muchos años, en 1985, visité el retablo de Matthias Günewald, que era del gótico tardío. Él vendía pigmentos y hacia jabones, se sabe un poco de su vida. Se sabe, sin embargo, que en una época se dedicó a los san antonios, a aquellos que padecían una enfermedad por un hongo en el centeno. Ellos se intoxicaban y morían quemados por dentro. Eran los ardientes. La crucifixión que él pinta y que está hoy en Francia se inspira en el final de estos hombres. Yo empecé a pintar esta serie desmembrando el cuerpo de Cristo con el rojo de cinabrio, que se adquiere por temperatura. Se hace mole en piedra de yeso, se arde y se desintegra. Entonces sale el pigmento rojo, como sangre muerta.

Los materiales son muy importantes en su obra. Usa, como dice, cinabrio y lapislázuli, pero también blanco de plomo. ¿Por qué?

El origen de esto es que no ha cambiado nada en la historia de la pintura. Los materiales siguen siendo los mismos. En 1800 cambiaron los colores por la tecnología, la revolución industrial, pero los más antiguos son dos o tres: el cinabrio, que es mercurio con azufre y que es el rojo más puro; el azul lapislázuli, que viene de las montañas de los países árabes; y el más antiguo, quizá el origen de la alquimia, que es el blanco de plomo. El espíritu de los que practicaban la alquimia tenía que ser puro, en su búsqueda la de pureza del oro. Y los clores más puros, los más transparentes, son estos tres. Al primero se llega por temperatura, al segundo moliendo la piedra y al blanco de plomo con vinagre, sacando los cristales de oxidación. Y juego con los tres.

¿No se oxidan las obras que tienen placas de plomo?

Se pone una capa de resina porque el blanco de plomo es muy tóxico, entonces se tiene que sellar. A la hora de poner ese barniz aislamos el plomo y así no sigue su proceso de oxidación.

Uno de los elementos más recurrentes, sobre todo en esas placas, son las palmeras.

La palmera es una metáfora de la vida. En el año 1.000 se hace en España un  libro que es el comentario al apocalipsis. En esos siglos esos libros se destruyen por toda Europa. Pero hablan en la primera página de la metáfora de la palmera en el desierto. Esta palmera es muy significativa para mí porque es una de las plantas más bellas del mundo y hay una variedad extraordinaria. En Oaxaca hay unas enormes. El tema de la palmera también va acompañado de la primera mujer de Adán, que es expulsada del paraíso por no tener relaciones con él. Ella cambia de piel como las serpientes, un mito que viene desde Mesopotamia. Los troncos de mis palmeras son pieles de serpiente y la copa es la metáfora de la vida. Las pinto en un desierto blanco, siempre escurriendo, como lloviendo. La humedad la relacionó con la vida.  


Una de las obras trbajadas sobre placas de plomo. Crédito: León Darío Peláez. 

Aunque la palmera significa la vida, al recorrer su muestra resalta la presencia de la muerte.  

Sí. México siempre se ha distinguido por una fiesta casi nacional, practicada sobre todo en el sur del país: el Día de Muertos. Se les rinde culto y hay grandes celebraciones, con mucho mezcal, aguardiente, se cantan los muertos. También hacen calaveras de azúcar que se comen, hay una burla de la muerte. El gran representante el José Guadalupe Posada, que tiene 25.000 obras graficas de una u otra manera sobre la muerte. En México se vive constantemente en esta tragedia de muertos. Entonces será que somos un país acostumbrado a la muerte. Y si no la hay, la revivimos y la volvemos a invocar.

También en la exposición  hay masacres y enfermedades. ¿Hay un mensaje apocalíptico?

Totalmente. De hecho, yo vivo obsesionado con el cambio climático. Estuve en Italia ahorita, luego en México y ahora aquí y creo que todo está en el viento. Vivimos una muerte silenciosa de la que no nos damos cuenta. Hay cambios en el clima, en diferentes países ciertas plantas mueren y nadie lo percibe. Hay migraciones en todo el planeta y no las vemos. Hay una constante violencia que apunta hacia la muerte.  Vamos como cangrejos a un barranco. En la política hay mentiras, hay psicópatas que no sienten dolor, que no se sienten culpables de los desastres que provocan en países con la minería, con la tala de los bosques. En mi región ha habido muchos muertos entre los grupos que denuncian la destrucción. Estamos estoicos ante este gran suceso y al final el mundo se va a mover como un gran huracán. Mi pintura se quiere sentir comprometida con esta destrucción.


Una obra de Hernández. Crédito: León Darío Peláez. 

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