El brasileño Wagner Moura interpreta a Pablo Escobar.

‘Narcos’ 2: se deja ver

La nueva temporada se ocupa de la cacería contra Pablo Escobar después de su fuga de La Catedral. A pesar de la estupenda producción, los lunares son tan notorios que, una vez más, se siente como una oportunidad desaprovechada.

2016/09/07

Por Redacción Arcadia

Hace dos días Netflix anunció que haría dos temporadas más de Narcos, la serie  más exitosa que la plataforma de streaming ha producido en español. No sé sabe aún si el foco se pondrá sobre los carteles de Cali y el Norte del Valle o si se ocupará estrictamente de México con el nacimiento de los capos de los años noventa como Amado Carrillo “El señor de los cielos”,  Joaquín “El chapo” Guzmán o Juan García Ábrego.

La segunda temporada, estrenada con gran expectativa el pasado primero de septiembre, tiene los mismos aciertos y los mismos yerros de la primera. Acomodados ya en lo que se supone una serie de actuaciones secundarias que dejan muchísimo que desear, y aceptando que el espectador se ha familizarizado con el acento de Wagner Moura como Pablo Escobar, la serie sigue siendo impecable en su producción pero bastante precaria en ciertos aspectos como el ritmo narrativo, el trabajo con sus coprotagonistas y en el desarrollo de líneas paralelas al asunto central del guión.

Digámoslo de una vez: Narcos se deja ver. Se deja ver como un thriller de acción bien dirigido, que ha utilizado locaciones reales en Colombia para contar el drama vivido por la sociedad durante la década del ochenta y el comienzo de los noventa, cuando el horror tomó relevo a manos del Cartel de Cali, el paramilitarismo de los hermanos Castaño y don Berna, y la DEA, creadores de los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar).

La serie, en esta ocasión, no cubre un arco de diez años -los de la conformación del cartel de Medellín y el ascenso de Escobar como capo di tutti capi a nivel mundial- sino que se centra en la cacería del jefe del cartel de Medellín, tras fugarse de La Catedral la madrugada del 23 de julio de 1992, y su posterior asesinato el 2 de diciembre de 1993. Ese tiempo reducido quizá la vuelve confusa y lenta en sus primeros tres capítulos, en los que la fórmula se repite una y otra vez desaprovechando la historia de los primeros seis meses, en los cuales Escobar y el gobierno colombiano sostuvieron una tensa relación política con la insistencia, por parte del fiscal de Greiff -interpretado de manera magnífica por Germán Jaramillo-, del sometimiento a la justicia por parte de Escobar. En la sutileza, pierde Narcos.



Son tres las líneas narrativas las que el espectador recorrerá sin ninguna sorpresa distinta a un somero repaso de la historia colombiana: el de un Escobar cada vez más encerrado y agobiado por sus enemigos; el de sus enemigos, que arman una alianza paramilitar que sembraría el horror en la década del 90, en cabeza del cartel de Cali, los Castaño y don Berna, con ayuda de la DEA; y el del Bloque de Búsqueda atrincherado en un batallón de Medellín, en el cual gravitan los agentes de la DEA, Murphy y Peña. 

Tal vez lo más interesante de esta nueva temporada es que insiste, a riesgo de repetirse, en que la cacería derrumbó todos los principios democráticos y legales de un país que creyó que su único enemigo era Escobar. Aunque cueste, nadie fue inocente en una época macabra en la que se libraba una guerra en las calles de las principales ciudades del país. En particular, la serie habla de la clara participación de la DEA, negada durante varias décadas, que estuvo inmiscuida en la alianza con los paras y la silenciosa complacencia del presidente Gaviria con el gobiernos estadounidenses de la época, quienes permitieron la conformación de los Pepes, aun a sabiendas de lo que eso significaría para el país. 

Narcos mató el tigre y se asustó con la piel pues no mejoró lo que podía mejorar: la capacidad de armar un relato con más sutilezas -no es verdad, como se ha dicho, que los personajes femeninos cobran relevancia, ni que sea un relato más psicológico de los protagonistas-, en el que no solo primaran las balaceras o las reuniones de gabinete o de policías, sino las vidas particulares de todos los que estuvieron involucrados en una cacería que marcó un nuevo punto de inflexión en Colombia y que comenzó un nuevo ciclo de violencia que desplazó a más de 4’000.000 de personas, asoló pueblos y asesinó a miles de colombianos inocentes en una alianza entre parte de la clase política, el narcotráfico y las fuerzas armadas. A Narcos, en todo caso, no le corresponde dar clases de historia del país, sino ser efectiva narrativamente. Y el espectador, aunque la ve, siente una y otra vez que sus defectos no dejan que uno se hunda en el pacto de toda ficción: que sea verosímil. Y eso cuesta.

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