Slavko Zupcic, escritor venezolano

Slavko Zupcic

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Luis Augusto Núñez era el poeta más temido de la Valencia de mi infancia. Solo en dos ocasiones mis ojos vieron su figura tambaleante, pero fueron muchas más, muchísimas más, las veces en que mis oídos escucharon noticias de su vida desaforada. Borracho de noche y de día. Todo a su alrededor tenía un aspecto terrible, siniestro. Que si una vez obligó a su esposa a lanzarse desnuda en el río Cabriales. Que en otra arruinó la fiesta de los quince años de su hija Kira. Que cuando se retrasaban en el pago de la asignación que recibía del gobierno regional maldecía a viva voz frente al despacho del gobernador y que, en una ocasión, por la misma razón y seguramente gracias a su pasión escatológica, llegó incluso a defecar allí, en la propia puerta del gubernamental despacho.

Ninguna de esas cosas pasaban por mi mente aquel día de mis siete años en que caminaba acompañado de mi madre por las calles del centro de la ciudad y tropezamos con un hombre canoso, de pantalón gris y sin camisa, aunque sí con una minerva de yeso que le cubría el tórax y aprisionaba uno de sus brazos.

–Qué tetotas–, dijo al ver a mi madre y se llevó a la boca la botella de aguardiente que sostenía en su mano útil.

Mi madre y yo huimos hacia la Plaza Bolívar. Mientras corría, ella me advirtió que eso, simplemente eso, era Luis Augusto Núñez.

La segunda ocasión fue menos procaz pero igual de aterradora. Había muerto, asesinada por su sobrino, una poetisa local, Margot Ramírez Travieso, y Luis Augusto, absolutamente sobrio, de traje impecable, fue el encargado de pronunciar la oración fúnebre.

Fue su canto de cisne, a los diez días él también murió y desde entonces en Valencia solo lo recuerdo yo que, sin saber por qué, desde el día de mis siete años en que lo escuché alabando el pecho de mi madre quise ser también un escritor.

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