Soledad Puértolas Villanueva, escritora española

Soledad Puértolas: el primer libro

2014/02/26

Por RevistaArcadia.com

Siempre que entrábamos en la Librería Gómez, situada en los soportales de la Plaza del Castillo, en busca de novelas de la colección de Escélicer, que consumíamos con adicción en los largos días del verano en Pamplona, yo me acercaba a la estantería donde se guardaba un libro que me atraía de forma irresistible y me juraba que algún día sería mío. Estaba escrito en francés y llevaba por título La guirlande des années. Era un libro grande –no enorme, pero grande–, encuadernado en un papel que imitaba al pergamino, y tenía ilustraciones. Quedaba cerrado, además, al atarse los pequeños cordones de cuero rojo que estaban pegados a las tapas.

¿Qué era lo que me atraía tanto de ese libro? Aunque estudiábamos francés en el colegio, yo no lo dominaba, y tampoco conocía en aquel momento la obra de los autores de los cuatro relatos que componían el libro, Primavera, Verano, Otoño e Invierno. André Gide, Jules Romains, Colette y François Mauriac eran escritores, sin duda, notables, pero perfectamente desconocidos para mí.

De forma que no fue por ellos ni tampoco enteramente por el texto, que no podía comprender del todo, por lo que finalmente me lo compré –fue el primer libro que me compré en mi vida, porque los libros de Escélicer los compraban mi hermana y mis primas mayores–, pidiendo dinero prestado a todos los miembros de mi familia para añadirlo a los exiguos ahorros que había podido reunir a lo largo del verano.

¿Sería por las ilustraciones? Eran reproducciones de miniaturas del siglo XV, de colores vivos, con escenas de la vida cotidiana alusiva a las cuatro estaciones. Había una ilustración para cada mes del año, además de otras cuyos títulos también sugieren ese discurrir del tiempo: El triunfo del amor, La recogida de manzanas y peras, La vendimia, La caza, Las bolas de nieve. Pero tengo la impresión, hojeando ahora el libro, de que tampoco en las ilustraciones, estrictamente, residía el motivo de la irresistible atracción que me causaba el libro.

Revivo la emoción de mis manos rodeando el libro, y sé perfectamente por qué me lo compré, por qué necesité llevármelo a casa y saber que era mío, exclusivamente mío.

En aquel libro se guardaba el tiempo, sus ritmos, sus ritos, sus transformaciones, los deberes, los placeres, las alegrías, algo de dolor también, decadencias, luchas, remansos. En el tipo de letra, tan grande, en que estaban impresos los relatos, que leía sin entenderlos del todo, cabían todas esas sensaciones. En esas palabras no siempre descifrables se expresaban todos los enigmas. Todo estaba ordenado dentro del libro, todo parecía plácido y en su sitio. En ese libro se contenía lo que la literatura me podía dar.

El discurrir de la vida, el discurrir del tiempo, el discurrir de las palabras que abarcaban el discurrir de la vida.

Durante años, La guirlande des années fue para mí como un talismán. Ni siquiera necesitaba abrir el libro. Sabía lo que se encerraba en él, el caótico mundo ordenado por las palabras. Dentro del libro, el tiempo, radiante, vibrante, prometedor, se eternizaba.

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