Un fotograma del largometraje.

El esplendor cómico de 'Toni Erdmann'

La película alemana, nominada a Mejor Película Extranjera en los Óscar, es una conmovedora e hilarante mirada a la felicidad y la familia.

2017/02/27

Por Andrea Mejía

Una vida rota, vacía. Fiestas, clientes, cháchara. Conversaciones estratégicas. Sexo -cuando hay- maquinal y esperpéntico y también estratégico. El alma vendida al diablo del capital. Una vida exitosa, racional, productiva. Otra vida: fingir ante el cartero que tienes un hermano que pide bombas por correo, ir a un almuerzo familiar con la cara maquillada como de Halloween, cuidar de una madre agria y moribunda, tener un perro tan viejo que ya casi no puede caminar y muy pronto te va a dejar solo. La primera vida es la de Ines. La segunda es la vida de Winfried, su padre, un padre entrañable que no está dispuesto a abandonar a su hija y que también decide buscarla porque él mismo necesita consuelo después de que su perro muere en silencio en un rincón del jardín.

Se trata de Toni Erdmann, el tercer largometraje de la directora alemana Meren Ade, que compitió el año pasado en Cannes por la Palma de Oro y fue nominada al Óscar como mejor película extranjera. El film es una verdadera sorpresa. El asombro va creciendo con el tiempo y va transformándose en otras emociones.

Winfried tiene una forma particular de aliviar la soledad de su hija y la suya propia: irrumpe con una peluca absurda y una dentadura postiza en la vida de negocios de la hija en Bucarest. Cada vez que se pone los dientes falsos se vuelve Toni Erdmann, una especie de Kaspar Hauser solo que con sentido del humor. La visita para Ines resulta un poco menos que una tortura. Winfried le regala un rallador de queso. Hace chistes con el Cliente de los Clientes acerca de la posibilidad de contratar a una hija sustituta. Le prepara de comer aunque ella nunca come, le pasa la mano por el pelo. Un día le pregunta, tras esperarla en un centro comercial durante horas viendo niños patinadores, si todavía le queda algo de humana. Bajo su forma de Toni, Winfried se hace pasar por “coach”, consultor, por el embajador alemán en Rumania o por un millonario que se va a hacer operar los dientes en la famosa e inexistente clínica dental internacional de Bucarest.

El personaje de Winfried, desdoblado en Toni Erdmann, roba el corazón desde el principio. El personaje de Ines es en cambio un progresivo y delicado descubrimiento. Ha heredado la genialidad histriónica de su padre aunque no ha hecho más que actuar frente a sus clientes, mecánicamente, sometiéndose con mansedumbre a los que están por encima de ella, tratando con brutalidad a los que están por debajo. Pero esta mujer va liberando su complejidad a lo largo de la película. Una fuerza dormida y olvidada en ella va despertando bajo el influjo extrañamente sanador de Toni Erdmann.

En su esplendor cómico, desde la misma alta y rara nobleza a la que pertenece el Falstaff de Shakespeare, Toni Erdmann sacude el mundo sin sentido del poder con un humor tortuoso, con una imaginación viva, y con gestos que son de amor verdadero. En una secuencia inolvidable este dulce esperpento, bajo un disfraz increíble, le lleva a su hija flores silvestres para su cumpleaños. Ella sale tras él hasta que lo alcanza en el parque y se abandona en los brazos de una cosa grande y peluda, sin rostro, con unas borlas de colores bamboleándose -una cosa que es su padre y que está sudando y asfixiándose ahí dentro, bajo el disfraz.

Esta película mueve el alma a la ternura y la libera para grandes preguntas. Es una comedia divertidísima, tremendamente seria y triste, que nos recuerda lo poderosos que pueden llegar a ser los géneros no puros. Aviva el ánimo. Emociona. Conmueve. Puede además curar al público de otras comedias y musicales que duraron casi un siglo en cartelera. A mí personalmente me hizo llorar de la risa –y eso que mi llanto de risa, muy al contrario del otro, no es llanto fácil. Toni Erdmann es una obra fuera de lo ordinario. No importa que dure casi tres horas. La vida también es muy larga.

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