La plaza de toros de Bogotá. Foto: Wikicommons.

Libertar a los toros: la tauromaquia como “arte” o “expresión cultural”

En una defensa tanto del arte como de la vida, el crítico Halim Badawi reflexiona sobre el regreso de las corridas de toros a la plaza La Santamaría en Bogotá.

2017/01/23

Por Halim Badawi*

Durante los últimos años hemos sido testigos de la apropiación del lenguaje progresista por parte de la derecha política y cultural. Los reclamos por la “libertad de expresión”, la “libertad del arte”, la “tolerancia” o la “no censura”, pasaron de ser exigencias de las minorías silenciadas y oprimidas a lo largo de la historia, a ser valores reivindicados por los sectores más conservadores con el fin de legitimar la discriminación, el discurso de odio, la tortura o el maltrato animal. En esta línea, la derecha cultural supone que, cobijada por la libertad de expresión, puede promover desde la tribuna política la misoginia o el racismo, así esto implique un conflicto con las libertades individuales de mujeres y afrodescendientes, y una limitación flagrante de sus derechos constitucionales. La libertad, el gran pilar de las revoluciones ilustradas de finales del XVIII, espiritualmente dirigidas a promover la emancipación de los sectores sociales marginados del debate político, ha terminado convertida en un leitmotiv neoconservador. Los nuevos promotores de “la libertad”, buscan usarla para imponer una agenda premoderna frente a uno de los debates más potentes de la escena contemporánea: la reivindicación de los derechos de aquellos sujetos silenciados por la historia.

Si bien a finales del siglo XVIII, la discusión sobre los derechos de los animales no estaba en la agenda política, y los animales tenían los mismos derechos jurídicos que los “muebles” y “enseres”, lo cierto es que la multiplicación de la población mundial (que ya alcanza 7.300 millones de personas) ha devenido en la industrialización masiva y poco ética de la vida animal (que ya no será para autoconsumo, sino un negocio de escala global), en la cacería indiscriminada de fauna silvestre (con la consecuente extinción de especies y alteración de los ecosistemas), y en el agotamiento de la diversidad biológica y de recursos del planeta. Nuestro entendimiento de la biología y la psicología animal ha mejorado durante el último siglo, y nos ha permitido entender mejor el dolor de las especies no humanas.

En este concierto, la vida animal ha adquirido una relevancia inusitada en el debate contemporáneo, una relevancia que nada tiene que ver con una pretendida “humanización” de los animales (por el contrario, los humanos hemos empezado a entendernos como una especie más en el gran árbol de la evolución), sino con la necesidad de proteger el principal activo del planeta, la vida, amenazada por un desarrollo insostenible, guerras y violencia. Aunque los puntos a discutir son numerosos, lo primero en la agenda política será acabar con la matanza de animales por diversión, cacería o deporte, el cautiverio recreativo, disminuir el número de especies destinadas al consumo (evitando aquellas que estén en peligro o las silvestres), mejorar las condiciones de vida de los animales domésticos, cambiar los hábitos de la industria de la moda, e impedir el maltrato animal y la tortura.

La tauromaquia como “expresión cultural”.

En medio de este debate, medular en nuestra época, la derecha cultural suele recurrir a los viejos términos del lenguaje liberal y demócrata para justificar lo injustificable: apela a “los derechos”, las “libertades individuales”, las “tradiciones culturales” y la “libertad del arte”, para avalar la tortura de un animal. Esto, cuando el arte, en principio, como veremos en este texto, es un instrumento creativo dispuesto a ejercer una crítica intelectual sobre las tradiciones anquilosadas, expandir las fronteras del conocimiento y la visualidad, y desde luego, ser cómplice de la vida.

Para empezar, habría que diferenciar dos cosas: por un lado, la tauromaquia como "expresión cultural", y por otro, como "arte". Con respecto a lo primero, obviamente se trata de una "expresión cultural", esto, si nos atenemos a la definición de "cultura" empleada por la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de la UNESCO, que explicita: “la cultura debe ser considerada como el conjunto de los rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social y que abarca, además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias". Desde luego, la tauromaquia contiene implícita un sistema de valores, constituye una tradición y está construida a partir de innumerables creencias. Pero, desde esta óptica, en vista que la definición de cultura incluye indistintamente lo éticamente positivo y negativo, también serían expresiones culturales las violaciones a mujeres (como expresiones de una cultura patriarcal), la misoginia, la homofobia, el racismo, las formas de hacer la guerra o las tácticas de tortura, entre otras.

Todas las anteriores son expresiones culturales producto de creencias largamente elaboradas a través de la historia. El hecho de que esto ocurra así, no avala automática y acríticamente su conservación, legalización o patrimonialización. Hay expresiones culturales que no son deseables a la luz de los derechos humanos, el respeto a la vida y las libertades individuales: por ejemplo, la imposición de la ablación de clítoris, una práctica cultural con larga historia en algunos pueblos. El hecho de que esta práctica se base en creencias (incluso religiosas) o haga parte de la tradición y la historia, no significa que debamos preservarla como patrimonio inmaterial, ya que la mutilación genital femenina es una imposición que entra en conflicto con otros derechos esenciales: limita la libertad, atenta físicamente contra la vida, la salud, la dignidad y el cuerpo de las mujeres. De hecho, la declaración de la UNESCO hace la salvedad que los derechos humanos y las libertades fundamentales no pueden ser vulnerados invocando la diversidad cultural.

Todo esto nos lleva a pensar que las concepciones alrededor de la preservación del patrimonio cultural no son estáticas, herméticas o inmutables, son construcciones móviles que evolucionan según el desarrollo de las humanidades, las ciencias, la política o la sociedad. Entonces, en tiempos en que los avances científicos nos han llevado a determinar inequívocamente que los animales sienten como nosotros; en tiempos en que la vida animal viene siendo aniquilada y abusada sistemáticamente; en tiempos en que los humanos nos hemos vuelto indolentes frente al sufrimiento ajeno; en tiempos en que la vida animal está en el centro del debate público; valdría la pena preguntarnos si las políticas de patrimonio deben congelarse en un estado premoderno para conservar tradiciones sanguinolentas, o si la política cultural debe ponerse a tono con los tiempos, con los avances científicos, con un nuevo sentido común, para proteger la vida animal. El patrimonio cultural puede ser éticamente positivo o negativo, pero está en manos de los estados legislar qué aspectos de este patrimonio, de acuerdo con las leyes, la razón y la ciencia, ameritan ser conservados.

La tauromaquia como “arte”.

Habría que problematizar la idea de las corridas de toros como "arte", una creencia apoyada por algunos periodistas como Antonio Caballero y por la Corte Constitucional, ya que, en tanto "arte", las corridas no podrían ser objeto de "censura". En esta línea, hay dos aspectos a tener en cuenta: el primero, es que durante los últimos años hemos asistido a la “artistificación” masiva y deliberada de una amplia gama de actividades humanas, es decir, a la “conversión en arte” de una serie de objetos o actividades que, en sentido estricto, podrían no serlo. Esta situación ha ocurrido con varias intenciones: para dotar a ciertos objetos o actividades de un mayor valor agregado (económico o simbólico); para obtener exenciones tributarias; para legitimar actuaciones dudosas o éticamente cuestionables; o para investir ciertas actividades con el mismo estatuto de excepción del “arte”, lo que permite capitalizar la “libertad del arte” para otros fines extra artísticos.

En esta línea, hemos asistido durante los últimos años a la sublimación de distintos deportes a través de un proceso de “artistificación”: el “arte del fútbol”, “el arte de la lucha” o “el arte de los toros”; lo mismo ha ocurrido con diversas actividades humanas, como ocurre con los festivales “alimentarte” o “arborizarte”; hemos visto la “artistificación” del diseño de las botellas de cerveza, posiblemente por razones simbólicas o impositivas; la “artistificación” de la violencia, con motes como “el arte del tiro”, “el arte de matar” o “el arte de la guerra”, empleados ya sea por razones retóricas o de lavado de imagen. Incluso, en uno de sus artículos, Antonio Caballero, se declara “a favor de esa combinación sutil de civilización y de barbarie que es la corrida de toros, resultado del arte de la crianza, del arte del combate y del arte del juego con la muerte (…)”.

El arte ya no es lo que hacen los artistas, el sentido ético del arte ha sido usurpado por diversos agentes: el arte son cosas tan disímiles como los árboles, la crianza de un animal, los deportes, la comida, los festivales, los negocios, la ingeniería civil, el crimen o la muerte. Aquí pareciera existir una conveniente confusión entre arte y cualquier expresión o actividad humana.

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Hay otro aspecto que amerita nuestra atención: si un artista mata a una persona inerme como parte de su performance, independientemente de la carga estética o poética que pueda tener su actuación, está cometiendo un asesinato y puede ser juzgado por ello: el derecho a la vida está por encima de la libertad del arte. Así como la libertad de expresión tiene límites (como la injuria, la calumnia o la discriminación), la libertad del arte tiene el suyo: la vida. El arte actúa en el plano intelectual, en la acción poética y política, y en el debate crítico, sin violentar físicamente (o de forma no consensuada) el cuerpo ajeno.

Nadie puede torturar y matar a un animal inerme, indefenso, excusándose en que está haciendo una "obra de arte", como ocurre en una corrida de toros. Si lo hago, debo atenerme a las consecuencias éticas y legales que implica violentar una vida animal. Al margen de la discusión sobre si la tauromaquia es arte o no, lo cierto es que la vida, cualquier forma de vida, y su dignidad, están por encima del arte: de hecho, la misión del arte, al menos vista desde el consenso crítico del último medio siglo, es liberar la vida, trabajar con ella, protegerla (en la medida de sus posibilidades) del conformismo, la opresión, la ignorancia, el sufrimiento y la barbarie. El arte es un bálsamo intelectual; un instrumento crítico con las viejas sensibilidades, con la historia colonial, con las tradiciones muertas; y la tauromaquia (que implica la repetición incesante de una tradición violenta y el regodeo pasmoso en el sufrimiento y la sangre, con la consecuente muerte de un animal) tiene más que ver con el ritual, el poder y la guerra, que con la creación artística auténtica.

*Crítico de arte.

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