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Transcripciones del transporte público

El hijo de puta sociópata conductor del bus acelera bombeando gasolina con el pedal cada vez que ve unos metros de calle despejada. Los pasajeros se agitan como dentro de una maraca de 3 toneladas de metal con trocitos de carne por dentro. Apenas puedo escribir esto entre rayones producidos por los frenazos y por los saltos que causan los huecos que sobrevuela el vehículo. Voy en un bloque de cristal, acero y caucho relleno de cuerpos humanos muertos de miedo antes de morir...

2014/01/28

Por Andrés Felipe Uribe Cárdenas

TRANSCRIPCIONES DE ESCRITOS HECHOS EN TRANSPORTES PÚBLICOS DE LA CIUDAD DE BOGOTÁ 2011-2012

1.

El hijo de puta sociópata conductor del bus acelera bombeando gasolina con el pedal cada vez que ve unos metros de calle despejada. Los pasajeros se agitan como dentro de una maraca de 3 toneladas de metal con trocitos de carne por dentro. Apenas puedo escribir esto entre rayones producidos por los frenazos y por los saltos que causan los huecos que sobrevuela el vehículo. Voy en un bloque de cristal, acero y caucho relleno de cuerpos humanos muertos de miedo antes de morir. Al tipo no se le puede hablar por más insultos que se le propinen a gritos desde las sillas rotas y grafitiadas con escudos de equipos de fútbol, arengas de ultraderecha y de ultraizquierda y vergas con pelos Art-Brut. El tipo bien puede prenderse un cigarrillo en la cabina y subirle a esa emisora en la que gritan antes de reírse con morbo macabro, y que satura toda su programación con aullidos de lanzallamas.

El transporte público en Bogotá es una experiencia extrema subvalorada.

2.

La fucking paranoia de estar sentado en una silla dentro de un bus tratando de concentrarme en la música del mp3, evitando mirar tras los cristales la miseria concentrada en su supervivencia, sabiendo que a la menor oportunidad se subirán cinco ratas con cuchillo y posiblemente con tote a esculcarnos a todos utilizando para ello elegancia y cierta violencia, en plena euforia de coca nacional más o menos fina. Por suerte un soldado, artillero de dos rayas y antorcha dentro de una C, se sube al busecito este no tan destartalado y me ofrece una bala de oxígeno.

3.

GERMANIA N-S 09:10 A.M.

Mientras busco la billetera, de pie haciendo equilibrio junto a la registradora, veo a través del vidrio de la cabina sobre el mueble de los controles del bus, una cantidad respetable de empaques de pastillas, algunos nuevos y otros ya empezados, amontonados al lado de un teléfono celular y un pequeño control remoto que seguro es del equipo de sonido que por el momento afortunadamente está apagado. El viaje es rápido y relativamente sin sobresaltos. Ir al centro de la ciudad es como ir a una prueba de resistencia psicofísica.

La ciudad está semidestruida. Me bajo del bus en un embotellamiento que recibe a sus transportados al centro de Bogotá. En adelante los desvíos tanto vehiculares como peatonales son inevitables. Caminar implica evadir una serie de imprevistos patentes o potenciales. Se debe, al llegar al cráter de la primera excavación que encuentro, marginarse hacia un pasillo al costado izquierdo de lo que alguna vez fue una avenida. Es un paso similar a una trinchera en medio de la ciudad, tapizada con placas cuadradas de cemento gris compacto puestas sobre el lodo intentando encajarse sin conseguirlo. Al entrar en el pasillo rodeado a su costado derecho por esta tela sintética de color verde casi neón, puedo ver el camino sucio y desafiante despejado por pocos segundos, hasta que una fila de personas aparece desde el fondo, cada cual con más cuidado y prevención que el anterior, pues nadie quiere caer, perder un tacón, o resbalar dando un traspié mientras cruzan este pasillo salido de una carrera de obstáculos.

Pocos metros adelante hay otro desvío: se precisa cruzar un puentecillo, un par de tablas de madera que parecen flotar sobre la roca, el lodo y la escoria. No hay tiempo para dudas, los pasos delicados pero firmes entrañan un deseo de levitación. El puentecillo de madera desemboca en un corredor de asfalto que aún tiene rastros de las líneas de señalización de lo que antes de esta megadestrucción fue la carrera Séptima. Hay que caminar por este sabiendo que a ambos lados hay abismos de arena, tuberías, roca y herramienta abandonada junto a maquinaria mugrosa e inútil. Por suerte y para agravar este sentimiento laberíntico, los parasombras (nombre que me confunde, pues así llaman a esta tela de verde sintético), me guían sabiamente entre los recovecos que me separan de mi destino. Hay que aclarar que nunca los recorridos son lineales, son más bien un serpenteo aleatorio entre tierra derruida que parece devorar cada ladrillo nuevo que sobre ella se pone.

4.

Por la ventana abierta a medias entra una densa nube, aspersión de humo proveniente del escape de otro bus que nos rebasa en esta carrera callejera. Uno puede sentir las partículas de óxido y moléculas de metal insano golpeándole la cara y adherirse a la ropa y a la piel. Es importante, como sugieren los médicos, llevar lentes de sol siempre puestos. El sabor a motor se disuelve con la saliva pasando a ser parte de la nutrición integral del ciudadano.

A mitad del camino, por la puerta trasera aborda el bus un rapero de gorra de los Yankees, de visera plana y con un morral colgando sobre su pecho. Pareciera un artista entretenido pues el morral funciona como amplificador portátil con un solo parlante y hasta con consola de ecualización a la que conecta su reproductor de mp3. Avisa su intervención pública luego de exigir un saludo y presiona un par de veces el botón del aparato. Hace sonar una musiquita repetitiva coreando canciones sobre Cristo su señor.

En los vidrios de la cabina se exponen vinilos adhesivos con imágenes de Cristo coronado con espinas, de la Virgen de los conductores y un crucifijo. Vinilo blanco sobre vidrios teñidos de negro, o policromías de otras escenas religiosas que quisiera ubicar en algún punto de la Historia del Arte.

5.

Los ciudadanos han somatizado cada uno de los innumerables errores estructurales de la ciudad que habitan. Santafé de Bogotá se ha transformado en un reptil de concreto cubierto con escamas de ladrillos y baldosas de barro, por cuyo interior corren aguas negras densificadas con arena. Un monstruo dantesco hecho realidad a partir de una acumulación de errores iniciada en la conquista. Actualmente los síntomas son perceptibles incluso sin leer prensa o escuchar la radio: irascibilidad constante, pánico colectivo, inclinaciones hacia la angustia, incapacidad para la insurrección efectiva, bruxismo incontrolable, entre otros; mientras tanto pasan su tiempo de vida en medio de un trancón insoluble.

Un jovencito recién entrado a la universidad, cumpliendo su sueño de estudiar teatro, planteó para un ejercicio de clase, un performance que, decía él, expresaba sus sentimientos por la ciudad: Puso su cabeza dentro de una bolsa plástica negra (una bolsa para basura), y cerrándosela al cuello con algún amarre, sus pies dentro de una cubeta de agua fría, sujetando en una mano una rama arrancada de un árbol y en la otra unas cadenas con billetes entrelazados, permaneció resistiendo varios minutos hasta desplomarse. La opinión sobre  su ciudad fue contundente: el joven se suicidó en clase. En resumen, Bogotá le implantó un creativo deseo matarse.

6. Av. 68 S-N

Recién me pongo a escribir en el puesto tras la cabina del conductor siento las plegarias roncas de un viejo que va tocando los hombros de los pasajeros mientras deambula por el pasillo del bus. Su voz seca parece salida de un cuerpo ad portas de expirar. Opté por el cuaderno previendo un tráfico insoportable, pues otra temporada de lluvias se hace sentir con aguaceros, truenos e inundaciones. Un 60% de mi ropa está mojada. Mis tenis han perdido por completo su color original y el abrigo impermeable escurre agua. Luego de visitar un edificio inteligente  tuve que caminar tres cuadras más al oriente para ir a buscar un transporte. Fue preciso pasar bajo un puente que no tenía señalización alguna, y apoyarme en la policía para ubicar la avenida; cruzar el muladar de arena mojada, piedra y tierra sucia con escombros, saltar los charcos que siempre se empozan en las alcantarillas saturadas, calculando con antelación el paso de los carros que en su afán salpican estelas de mugre a cualquiera que tenga la mala fortuna de estar al borde de la calle esperando el bus, sea o no en el paradero.

7. Kra 7a Kra 10a N-S VACACIONES DE NAVIDAD

Apuesto a que el próximo año, para gloria de los Mayas, no se acaba el puto mundo. Hace un sol asesino. Ya no llueve como antes, el agua es reemplazada por radiación ultravioleta del más agudo nivel. La gente sonríe mientras sus células mutan hacia el cáncer omnipotente. Factor de Protección Solar 1000 en gel por $120.000 Pesos Colombianos. Marque ya el # 666 y digite su número de documento para participar en la rifa de un nuevo sistema nervioso cero kilómetros. Llame ahora.

8. Cra 7a N-S 3:07AM

Subirse a un bus en la esquina de la casa a esta hora de la mañana es una muerte lenta y pública, sazonada con radioestaciones que usan estrategias de repetición incansable de sus nombres, mediante variedad de efectos sorprendentes en su capacidad de intranquilizarme con su supuesto entretenimiento. El bus de hoy, inicio de semana, pareciera relativamente limpio. Parte de esta ilusión se debe al aroma del bombón de maracuyá de mi vecina pasajera, el cual me recuerda este entorno tropical andino en medio de un techo de nubes sólidas y sus gamas enriquecidas con grises mugre-smog-ácido.

Pareciera que hacemos el recorrido dentro de un dromedario con capacidad para 28 pasajeros sentados y unos 50 de pie. El contonearse de la máquina no tiene miramientos con nada ni con nadie.

9.

Embotellado dentro de un reloj de arena no paro de sudar bajo mi ropa. Luego de varios largos minutos, adelantamos el motivo del tráfico congelado: un Volkswagen en el carril del medio está detenido junto a un par de policías. Uno de ellos resucita a una señora de edad y pelo blanco como su piel misma, bombeándole el pecho con ambas manos, mientras yace desmayada en la mitad de la avenida. Los pasajeros del bus todos exclaman con asombro. Yo me limito a escribir en contra del tiempo.

10.

El tipo que maneja el bus lleva una camiseta roída por el tiempo y mete la palanca de cambios como lanzando puñetazos con su brazo brillante de grasa mestiza. Sábado en la noche, seis personas en el bus y una de ellas es un soldado.

Otro día en la mañana salto y me agarro de las manijas de la puerta de un Germania Cll72. Le entrego el dinero del pasaje al sr. Conductor. Él extiende su brazo hacia atrás y recibe el dinero, acto seguido acelera y el bus se sacude. Viste gorra militar y buzo de fórmula uno del equipo MacLaren. Vamos tan rápido que nunca tomamos el carril izquierdo, ni para recoger ni para dejar pasajeros. Este es el bus ideal si usted tiene afán.

11.

Otro pánico cotidiano aparece cuando una persona (ya sea anciano, madre con niño de brazos, joven embarazada y con niños, señor con lapiceros o sin…) se sube al bus a comunicar su historia. Por lo general se trata de tragedias laborales o incluso humanitarias que llegan a Bogotá a vivir miserablemente dentro de este caos absolutamente fuera de control. Finalmente y para tranquilidad de todos, advierten: "Prefiero pedirles que robarlos". Por suerte el argumento fuerte de hoy no es un puñal.

Súmesele a este vértigo la lluvia. Los diluvios macabros que caen del cielo como si tirasen del excusado y nosotros fuéramos inmundicia. Es entonces cuando las calles y avenidas son más emocionantes que nunca, emoción proveniente también de la combinación del agua con la amabilidad de las camionetas de Rally que conduce la gente de plata, sin olvidar los taxis compactos que parecen ser manejados a control remoto estilo juego de Nintendo, temerarios y atrevidos; todos bajo la lluvia nos escupen a los peatones aludes de fango acuoso, bañándonos en salud.

Al apreciado conductor del bus en el que voy poco le importa el agua. En los cambios virtuosos de carril puedo sentir al bus inclinarse y andar en sus dos ruedas izquierdas, hasta que llega el otro cambio de velocidad y todo rebota, volviendo a las cuatro llantas.

Patrullas minivan de policía descansan parqueadas en el carril lento de la avenida, porque la lluvia, momentáneamente más molesta que ellas, no les permite hacer nada en paz. Es un día pasado por agua, un día arrasado por el agua. Falta que el agua arrase todos los que faltan.

Bajo truenos que parecen carros-bomba, un caballo reposa estoico bajo la lluvia con una capa de plástico amarrada al cuello. La carretilla que lleva anclada a sus riendas, un bricolage clásico con llantas de automóvil, chasís de hierro y maderas, está inmóvil en el carril izquierdo de la avenida sentido Norte-Sur. Contiene chatarra que se pudre mientras otros peatones y yo esperamos a que amaine la tormenta bajo el portal de un edificio deshabitado decorado con mil mamarrachos de motivos ecológicos hechos con pinturas en aerosol.

12.

Detesto cualquier roce de mi mano con las bacterias gris-ocre metalizado que siempre le brillan desde la piel, en ese instante en que el conductor extiende su mano al recibirme el dinero que le entrego para pagar el pasaje. Además extiende su brazo en un ángulo obtuso completamente antinatural y deja de mirar el camino para calcular las monedas o billetes, teniendo en ocasión que entregar el cambio sacando la cantidad requerida del fajo de billetes doblados que lleva en su otra mano, con la que también dirige el timón del bus. El manoseo de papel moneda o del metálico es un asunto séptico cuya repulsión radica tanto en el malestar económico como en la contaminación inevitable por contactos con la humanidad.

13.

Pocos minutos después de subirme el bus ya está ocupado en todos sus puestos y la gente empieza a alinearse en desorden de pie en el pasillo. A contados centímetros tengo la entrepierna de algún trabajador cansado, quién carga una sombrilla seca y cerrada en una de sus manos. El ambiente interior de este vehículo muestra ya signos claros de condensación, no solo por la densidad percibida en cada inhalación, ni por la tibieza circundante, sino por las gotas que resbalan por las ventanillas;  y que por naturaleza revelan las huellas dactilares y restos de grasa dejados por gestos que en un pasado intentaron limpiar en vano los cristales. Me rodea también un coro de crujidos de plástico masticado, con cierto sonido líquido, pues ya pasó el vendedor de maní y logró vender unos cuantos de esos paquetes caseros con envoltura transparente de corazones rojos impresos, que la gente devora rumbo a casa  luego de sus jornadas. Una señora de rostro afable logra atravesar la maraña de cuerpos para sentarse junto a su amiga, en la última fila. Intercambiando espacio consigue encajar su trasero, que casi me instala en la cara mientras se aprestaba al giro necesario para sentarse. Puedo sentir las vibraciones que estremecieron todo el bus al posar su culo en aquellos resquicios de silla.

14. Kra 7a 12:00M

Un tipo se sienta en el puesto del lado, pesado y sólido como un costal de arena, por poco impidiéndome del todo mover el brazo al intentar escribir. De una silla del costado izquierdo se levanta una señora que siempre mostró cara de querer bajarse, timbra y desaparece por la puerta trasera luego de un sonido neumático. Me deslizo como un anfibio entre el saco de arena y un espaldar, y caigo en la silla aun tibia que ocupaba la señora. Este mediodía la lluvia es una aspersión profusa casi picante al contacto con el rostro. Uno creería que afuera la humedad será controlable, despreciable; lo que no es más que otro engaño del cielo, o del clima, o del tiempo u otro engaño propio.

La insalubridad del mundo se acumula con cierto matiz de repulsión masiva en los buses del transporte local. Incluso en condiciones secas los corredores de los vehículos públicos, algunos originales de las décadas de los 60s y 70s del pasado siglo, son carcasas remendadas tolerantes al uso y valientes ante el abuso; parecen más el suelo de un establo que la plataforma de una máquina.

15.

El conductor me entrega el cambio en monedas con un movimiento de croupier, sosteniéndolas entre sus dedos medio y corazón, perfectamente alineadas. Dudo respecto a en cual silla sentarme, me cambio de una a otra y luego a otra. Mirando el piso con atención se pueden ver restos de tierra dispersa y pisadas por todo el pasillo. La silla del rincón derecho en la última fila tiene adherida una costra amarillo-verdosa que invita a lavar la ropa tan pronto se llegue a casa. Los cojines de las sillas de la fila de la izquierda, en la cual estoy sentado, están apuñaleados por navajazos rectos, curvos y diagonales, que forman un logograma de vandalismo ilegible. El espaldar de la silla anterior a la que ocupo tiene cuatro letras metaleras pseudogóticas escritas en marcador negro, y un escudo de Santafesito chueco y rechoncho.

16.

Vuelvo a casa en un microbus ilegal que vuela estremeciendo cada tornillo, por la carrera Séptima, en una noche seca y no demasiado fría. El jovencito que va al volante se ve emocionado por hacer su ruta, lleva gorra militar y lentes modernos, bajo una luz azulosa neón que irradia misterio futurista aunque precario por toda la cabina. El cristal polarizado y oscuro de la parte derecha del respaldo de la cabina tiene un sticker de un color psicodélico con la cabeza de Eddie Maiden. Por suerte subí cuando aún quedaban sillas disponibles, y me senté estratégicamente junto a la única salida/entrada, previendo el momento en que este reducido espacio de cinco metros cuadrados de chatarra en movimiento se vea sobrepoblado por ciudadanos sorprendidos por la noche en las calles ocre sucio de Bogotá.

Para que alguien logre salir deben sincronizarse los movimientos de seis o más cuerpos aglutinados junto a la entrada/salida. Las maletas, portafolios y morrales, golpean las espaldas e incluso los rostros de los demás. Los pisotones y jalones logran hacer de este momento final uno de los más indeseables de la ruta, y por qué no, el motivo principal para no montarse nunca a un vehículo de estos.

17. 04:00 P.M. Cra 7a Cra 10a N-S

Olvidé sacar un libro para pasar este viaje de cien cuadras (¿Cuántos kilómetros?). En una parada se sube un chiquillo de unos once años, de gorra y buzo Adidas pirata. Reparte caramelos rojos en forma de corazón rellenos de chocolate. Saluda después de darle a cada pasajero sentado tres dulces y recita en su estilo personal su discurso, la gente lo saluda y algunos le compran.

Menos de cinco minutos después tengo a esta vieja gorda encerrándome con sus brazos, agarrándose del tubo de la silla que me queda en frente y del tubo de mi espaldar. En medio de la agitación del vehículo no dejo de recibir barrigazos dados más bien con su vejiga forrada en densas capas de grasa. Es un masaje de lo más incómodo. Ya entendí. La vieja me quiere sacar a barrigazos de mi silla. Yo no hago sino comprimirme, es como si me atacara con su pubis de forma frontal, de pie, sin abrir las piernas. Vieja cerda. Siento que intenta leer lo que escribo, que mira mi collar de perro y se pregunta: ¿Qué puede hacer eso ahí? – Bueno señora, ¿Es que piensa frotarse todo el camino contra mí? ¿Qué clase de acoso físico es este? Me desprecia más que por ser un hombre, por no ser un caballero. Vieja gorda romántica. Pues que mejor aprenda a respetar el proceso creativo de un artista, vieja restregona. Me la imagino bailando reggaetón en una fiesta de barrio con sus sobrinitos bautizados y comulgados, bailando danzas satánicas del fin de los días, como todos los demás seres humanos culpables por querer ser felices.

Otra mujer, más joven, llega a habitar el pasillo que ya cuenta con nueve pasajeros de pie (con diez pues uno más justo acaba de subirse). La joven ataca las masas trituradas de carne y harina que posiblemente comió al almuerzo con un palillo que lleva en su diestra. Hace muecas al cavar en sus encías, luego agarra el espaldar para no perder el equilibrio, y vuelve a excavarse la boca.

Estoy que le pego un codazo a la gorda esta. No para de posar como exhausta, sufriendo en público. Vaya conmovedora historia.

18. 09:23AM Cra15 cll127 Cra7a

Esta cabina tiene múltiples accesorios de auto de carreras: Un tapete de Momo Racing Team bajo los compartimentos que organizan las monedas y billetes, varios medidores adicionales encima del tablero de control: medidor de presión de aceite, del aire de las llantas, un tacómetro enorme en MPH que va hasta el número 200. Calcomanías de vírgenes en monocromo. El escudo verde con blanco con la silueta del logo de Warner Brothers con los precios del pasaje diurno y nocturno, no es lo único que acentúa los rasgos espectaculares de la vida real.

19.

Tengo que preguntarle al conductor desde la calle si este bus toma la carrera séptima hacia el norte, pues tiene la tabla de ruta al revés. Dice que sí con su cabeza. El vallenato se alcanza a escuchar desde afuera. Una vez adentro, pago y tomo asiento del lado izquierdo junto a una ventana; de nuevo el ruido, la detestable música vallenata, se filtra en mis oídos debido a ese volumen de fiesta tan inapropiado para la tranquilidad pública. Hay que buscar canciones con el máximo de volumen en el mp3, saltarse cuatro o cinco y presionar los audífonos contra mi cabeza para saturarme con su sonido.

20. 11:10 P.M. Cra 7a Calle 72. Cra 15.

Subo por la puerta trasera al bus que frena en medio de la oscura avenida. Domingo en la noche y todo es doblemente intranquilo y aterrador si no se está en casa. Aquí dentro todos desconfían de todos. El ritmo del viaje puede ser otro motivo para sospechar lo peor. El conductor arrastra el bus por la avenida sin prisa, voluntariamente ha tomado uno de los turnos más desafiantes, y lo disfruta plenamente, sin música, solo con los rugidos del motor amodorrado, junto a su acompañante, de quien solo vi una mano tiznada de mugre de moneda cuando me recibió el billete de dos mil y me devolvió seiscientos. El pasillo parece iluminado con velones que dan matices rojizos a las sillas y a las cabezas de la gente. En noches como esta se suelen subir grupos de amiguetes borrachos rebosantes de gracia y extroversión, vociferando sus simpatías y riendo de sus movimientos torpes.

Logro la comodidad de una silla  y dejo el monopatín en el piso apoyado sobre su eje horizontal, protegiéndolo con la pierna. Es notable el ambiente distendido del bus pese a mi paranoia. En las sillas delanteras un par de chicas ríen mientras otra más se sube. Alguien deja caer una moneda que suena al contacto con la lata industrial del piso y a nadie parece importarle. Un tipo que recién se sentó en la silla a mi izquierda en diagonal saca igualmente su libreta y hace sus propias anotaciones. O quizás dibuja. Yo ya no sé qué escribir pero me angustia la idea de quedarme mirando todo de nuevo: la calle amarillenta, su basura amontonada, la seguridad privada en las esquinas junto a vagos que frotan sus manos para ahuyentar el frío mientras pescan alguna víctima. La velocidad del viaje es indirectamente proporcional a mi ansiedad. Se ve poca gente en la calle. Ni una puta. Pocos ñeros.

Uno de los borrachos alegres se le durmió al señor que va en el puesto de al lado en la silla del frente. Su cabeza se comporta como una veleta destemplada impulsada por un brusco movimiento antes de caer totalmente hacia algún lado. Ahora vamos muy rápido. Me debo bajar.

21. 11:20AM Cra15

El conductor, esa masa de carne y grasa aplastada sobre su sillón frente al timón, tiene la música a un volumen público, como si estuviera de fiesta mientras hace mala cara a todo lo que le rodea. Mis audífonos no son competencia para tanta salsa y reggaetón. Casi todos los asientos ocupados y todos ellos vistiendo su mejor cara de resignación. Me gusta mirar por la ventana buscando señoritas conductoras en los automóviles que veo desde la altura de mi puesto en el bus, para verles las piernas salirse de sus faldas en ocasiones muy cortas o subidas por su posición al timón.

En la parte superior de la cabina, pegado a la mitad de un mueble que lleva una tubo neón horizontal, está un escudo de una S en forma de dragón, y me quedo reflexionando sobre ello un minuto. Sobre el vidrio al respaldo del puesto del conductor hay un trozo de vinilo adhesivo azul con una pequeña imagen confusa, una especie de ideograma de la virgen que incluye aureola y crucifijo colgando como de un rosario, justo arriba del número de matrícula grabada a mano directamente sobre la superficie. Cosas que no me extrañan.

La música tropical considerada por los turistas siempre encantadora, para mí no es más que un conjunto de lamentaciones repetidas a ritmo de conga, timbal y trompeta. Las emisoras siempre pasan las mismas canciones de los mismos artistas conocidos por su capacidad para decir exactamente lo mismo que la gente quiere oír.

22. Cra 7a Cra10a. 03:00PM

Un bus difícil. Tarde seca y soleada con nubes gris sucio al sur a lo lejos. Esta ruta es siempre una de las más demandadas, si te toca de pie te lo soportas, incluso hasta el ultraje. En esta ocasión una chica guapa de cabello ensortijado castaño claro llega justo al momento en que el último asiento, junto a la puerta trasera se desocupa. Al ver el puesto libre me mira y me sonríe. Yo sonrío con esta sonrisa de calavera que suelo mostrar. Se sentó con tanta comodidad como es posible en estos puestos reducidos y limitados por tubos metálicos brillantes de grasa humana. Yo voy feliz con mis guantes nuevos sin tocar nada directamente. La guapa se suelta el cabello, busca sus audífonos, intenta mirarme. No evité el contacto visual y trituré otra mueca de sonrisa, ella igual pero de una forma más natural. Es el tipo de ocasión que no logro desarrollar hábilmente. Lo mejor fue cuando pidió permiso para cambiarse de puesto: -Disculpa es que la puerta me mata.

Qué bella.

Muy distinto me parece este señor lisiado de muleta remendada que discute con su mujer mientras alega sobre muertes y un reloj perdido, poniéndole la cereza a sus comentarios cuando masculla de manera ampliamente audible: ¡Ese embarazo sí que le ha sentado mal a usted!

Viendo a la gente oprimir los botones de sus teléfonos me invade un orgullo arcaico para con mi bolígrafo y mi libreta, otra cosa es que mis procesos de comunicación sean o no efectivos. Bueno, de repente la embarazada comienza a vomitar y saca la cabeza por la ventana. El marido lo socializa con simpatía y humildad, conmoviendo todo el asco de los que nos encontramos cercanos a la escena, y le agradece a la dama que le regaló una bolsa y papel higiénico.

23.

Bogotá y las calles

Como videojuegos

(en primera persona y en tercera del plural)

En multijugador.

Un Pac-Man entre autos y buses y humo,

 motos contra bicicletas

niños limpiando luces y vidrios.

Mientras carros de valores aguardan su señor de escopeta cargada a plena luz del día.

24. DTO 7a 10a Halloween

Este es uno de los buses más puercos que he tenido la dicha de abordar. Tengo mi zapato izquierdo sobre una llanta terrosa que decora y amuebla el fondo de este vehículo popular. Un lugar alérgico: cada superficie está cubierta por una película del más mixto polvo posible de imaginar. También hay residuos de harina y cortezas de pan sobre algunas sillas, chicles pisados y empaques de comida basura como esta chocolatina turca-carioca llamada “Cañonazo”.

Verbenal Cra 7a 10:20 A.M.

Metiéndole pata al bus va este señor con un afán poco delicado. Los stickers de la virgen del Carmen y la Verónica pegados sobre los vidrios del espaldar de la cabina son lo único que tranquiliza a los pasajeros.

Cra 7a. Germania 10:51 A.M.

La perla de este Germania la acaba de revelar este señor que pedía limosna para el colegio de sus hijos, cuando anunció que iba a relatar el caso de una señora de Ciudad Bolivar que iba por un mercado a la iglesia y el cura le dijo, según este señor que ya se bajó, que si quería el mercado debía entrar a un cuarto y desnudarse.

El público, los pasajeros, mujeres en su mayoría que tenía alrededor saltaron exclamaciones desaprobatorias como:

- ¡Ja! ¡Esos son los que más fornican!

Sería interesante acceder al circuito profesional de porno clerical underground. Producciones en su mayoría gay sin límite de presupuesto. Muy apasionadas por lo demás.

25.

Kra 7a Kra 10a 05:00 P.M. GERMANIA

Este profesional del volante está seguro de cada palancazo que le da a la caja. Curiosamente una camioneta Volvo le compite en frenar y acelerar, y yo tengo toda la visual en el primer asiento tras la cabina.

CUALQUIER ANOMALÍA INFORMAR PBX 6 78789 y falta un número. EN CASO DE ACCIDENTE CON MUERTO Y/O HERIDO COMUNÍQUESE LAS 24 HORAS A LOS TELÉFONOS xxx xxxx xxxx LÍNEA NACIONA DE SERVICIO AL CLIENTE.

Nadie podrá negar que este elegante señor de lentes y uniforme de la empresa, antes de salir de su casa, hizo un pacto satánico con la Virgen del Carmen y que por eso sigue con vida pese a sus audacias.

Imposible saber quién va más rápido y en dónde se corre mayor peligro. Los otros buses pasan como trenes y este solo necesita un poco de pista para sacarnos a volar como gallinas. Y aquí vamos.

26.

Kra 11a 06:00 P.M.

Para atracar a todo un bus se necesitan básicamente dos hijos de puta y un par de armas de fuego, pistolas, revólveres o cualquier cosa de esas. O un revolver y un buen chuzo, como un machete recortado. Y huevos. Dos pares de buenos huevos duros y de pronto, si acaso, un gramo de coca administrado previo al atraco en dos pares de líneas, una para cada fosa de cada ladrón. O si se prefiere unos cuantos pitazos de bazuco, cosa que se llegue a la escena full de adrenalina y sin miedo a absolutamente nada. El resto es rutina. Un ladrón no dice buenas tardes señoras y señores, dice: Listo, hijueputas, las billeteras y los teléfonos los meten en esta maleta y calladitos que aquí no pasa nada.

Es curioso cómo afirman que no pasa nada, así, tan tranquilos en su embale. Cualquiera dice disparates con un arma de fuego cargada en una mano.

-Sentaditos juiciosos, las cadenas y los anillos también en la maleta. Quiubo hijueputas, rapidito.

-Venga ese iPod a ver, gomelo, regálemelo y no lo chuzo. Gracias sardino. Y por favor no me llenen ese morral con flechas chimbas que esos no me sirven. Recibo BlackBerris, Nokias con teclado y iPhones gonorreas.

Y listo.

27. Kra 15 S- N 09:27A.M.

Naveguemos la esclerosis de acero contaminante con toda la calma posible. Aprovecho la silla libre y quedo junto a una ventana, justo al lado de una oficinista perezosa. En la situación actual es más digno ser peatón que pasajero de bus, con la salvedad que dentro de estos se puede escribir con más o menos regularidad. Claramente escribir no es que dignifique a nada ni a nadie, pero es favorable para la perturbación mental.

Terapias de escritura ocupacional para la ciudadanía cortesía del Ministerio de Desmovilización. Instrucciones: usando preferiblemente un bolígrafo escriba, sobre un soporte sólido que no sea la carrocería ni las sillas, frases odiosas procurando mantener una buena ortografía. Acto seguido contemple el espacio circundante, incluya tanto objetos como individuos. Deléitese con el orden impecable de los canales plateados del señor del frente formado por sus canas peinadas y enceradas, olvide cualquier ingreso de polizones espontáneos por la puerta de atrás y haga a un lado los prejuicios raciales, físicos y/o socioeconómicos. No todo el que lleva buzo y capota es un delincuente, aunque traiga los ojos reventados de mariguana. Concéntrese usted en la escritura de sus pensamientos más relajantes: escribamos sobre un pasaporte americano con su foto a todo color, un pasaporte auténtico y legal, para mayor tranquilidad, o escribamos sobre el aroma fresco, varonil y atlético del ejecutivo ahorrador y exitoso de hoy. ¡Es que hay tantas cosas con las cuales revolcarnos tranquilamente mientras el tráfico se lubrica a los pitazos!

En realidad me gustaría escribir sobre los culos de las mujeres. En este bus no he visto ninguno que valga una línea de tinta, ni acaso un reojo, pero en la oficina del banco donde estaba antes, esta señorita de negro, falda, medias veladas y botas, tenía un jamón como de cerdo curado que se le quería reventar al permanecer sentada aguardando algún certificado.

-Señorita, ¿querría usted sentarse en mi cara por favor? ¿Toda la noche? Yo con mucho gusto le presto para un carro.

28. VERBENAL Kra7a 09:20 P.M.

No sé por qué no me sorprende ver una pantalla de cristal líquido en la cabina de este bus fantasma. Una minipantalla estilo helicóptero Apache, con líneas de medición y números por todo lado brillando, perfecta para bombardear algún país del tercer mundo pero con la visual del pasillo interno y oscuro del propio vehículo.

Su sonar también es casi igual de particular. Parece un bus turbo, un bus a inyección, y no ruge sino que silva in crescendo agudizándose al subir la velocidad. Luces neón azules, blancas y verdes como de discoteca-OVNI. Pareciera una broma. Llego en diez minutos a mi parada, aunque de hecho el busetero me arroja doscientos metros más al norte dado el turbo imparable de la noche.

29. Kra 7a Kra10a CENTRO 11:45A.M.

Mínimo una hora en llegar a la 13 con 13. Armémonos de paciencia, pluma y papel. Virgen y Niño Dios en vinilo traslúcido autoadhesivo al respaldo de la cabina. El conductor me mira como si me conociera al sacar el dinero de ese hueco incómodo donde se debe meter y que está incrustado en la pared de vidrio que blinda al conductor de atracos fortuitos.

Por mi parte voy relativamente feliz escuchando valses de Rossini a todo volumen, y me parece que van muy acorde con este ritmo alterado que tiene la realidad local.

Detalle a tener en cuenta: cojinería nueva forrada en esta especie de paño sintético imitación, con diseño de rombos grises y cruces naranja y azules pastel en los vértices inferiores de cada uno que otro rombo. Casi que da la idea de estar metido dentro de un bus nuevo y limpio, aunque ya cuenta con un par de chicles pegados en el pasillo, acumulando tonalidades de gris y negro.

El evento narrativo lo protagoniza una agraciada serie de siete estornudos producidos por una señora vestida de sport, que inútilmente esconde el tono plata de su cabello con tintura castaño oscuro, y aun así se le notan unos brotes plateados originales. Supongo que llegando al centro algún absurdo que valga la pena habrá de ocurrir.

30. Kra 11a Kra 7a GERMANIA 07:05AM

La lluvia se vaporiza dentro de este cómodo minivan que cuenta con varios asientos disponibles a pesar del tráfico un día viernes. Un señor zambo de gorra duerme tranquilo apoyando su rodilla en el espaldar que tiene en frente y estira su otra pierna enseñando sus Adidas nuevos blancos con plateado y azul. Están chéveres, y a mí me vienen haciendo falta unos. La gente en los buses revisa sus smartphones con la desconfianza típica de un bogotano: reclinándose sobre sí mismos como una ostra que cuida su perla. Voy rumbo al centro, ese arenero ensopado que debe ser el centro hoy. Este es un paseo infinito. Estaría bueno mejorar mi economía y tener hasta para un automóvil, y quién sabe si entonces pueda escribir en medio del trancón.

31. Kra 7a N-S 01:50 P.M.

Uno y su vértigo de atraco colectivo a plena luz del día, en plena séptima. La radio deportiva de repente silenciada por los nervios y los imperativos groseros de hombres armados y quizá de una mujer mala leche que empuña alguna lata infecta con decisión.

Parece que las personas en los vehículos de al lado son impenetrables al miedo, con justa razón si uno anda en un tanque BMW con vidrios blindados de media pulgada, y con un chofer que mete cambios automáticos relajado, conduciendo el auto comprado por el esposo de la joven madre que cuida a su bebé sentado en una divina silla de seguridad.

32. Kra 11a Cll 72 Kra 7a 11:23 A.M.

Prefiero la sombra del interior de este bus que andar derritiéndome bajo el sol, y acabo de caer en cuenta de otra habilidad subestimada en los conductores que tiene que ver con la sincronización motriz múltiple relacionada con óptimas habilidades visuales a 360° alrededor del vehículo; junto, y esto me asombra, al racionamiento matemático de operaciones aritméticas básicas con cifras de más de cuatro dígitos, en factores de cinco, y a una frecuencia permanente durante todo el trayecto, proporcional a los pasajeros que abordan su vehículo. Y sus respectivos cocientes, o el cambio exacto, aproximado o robado, que se intercambia en ese momento. Eso sin hablar del chequeo crucial de la calidad del papel moneda genuino, evitando con ojo de luz oscura la variedad de falsificaciones producidas a lo largo y ancho del territorio nacional dentro de fotocopiaderos especializados.

-Cámbieme ese billete señor, por más cinta transparente con que intente remendarlo, esa impresión es ofensiva para cualquier profesional de artes gráficas. Gracias.

33. Kra 7a. N-S 06:03AM

Colado por la puerta trasera de un bus lleno no pienso pagar un peso por semejante incomodidad. Cuatro paradas más adelante, como tengo que bajarme antes para que la gente pueda salir, siento al subirme de nuevo el golpazo del acelerador sacudiéndome contra la carcasa del bus, seguido de un frenazo que acentúa toda la fuerza del momento. Miro al frente a lo lejos y por uno de los retrovisores el rostro satánico del conductor sonríe desafiante haciendo sus cejas saltar sin detenerse. Pide que le pague mostrándome sus colmillos. No le pienso pagar su brutalidad y me quedo en aquel paradero. Es temprano y ya pasará otro bus.

 

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