El presidente saliente, Barack Obama, y el nuevo presidente, Donald Trump.

Del optimismo de Obama al nacionalismo de Trump

El nuevo presidente de Estados Unidos inicia su mandato este 20 de enero recubriendo de incertidumbre el futuro de un país que durante años ha sido un ejemplo de democracia. Una periodista latinoamericana asentada en Nueva York relata cómo ha vivido esta transición.

2017/01/19

Por Vanessa Cervini

Con ansia e impotencia presencio el final del gobierno de Barack Obama, amado y odiado por muchos, y veo cómo el personaje más controversial de los últimos tiempos llega a ser uno de los hombres más poderosos del mundo.

Estados Unidos ha sido gobernado por un sistema bipartidista desde su independencia, y el choque de ideales entre azules y rojos no es una novedad. Hace ocho años el partido demócrata comenzó su gobierno liderado por Barack Obama, implementando leyes y medidas que han traído algunos efectos positivos como el aumento de empleos y cobertura de salud. Pero desde que se anunció que el empresario multimillonario Donald Trump sería el candidato para el partido republicano, el caos reina en la escena política norteamericana.

En 2008, la cara de un joven afroamericano acompañada por la palabra ‘Esperanza‘ empapeló las ciudades. Con el eslogan ‘Yes, we can‘, Barack Obama era el abanderado del cambio, el que representaría a las minorías y finalmente les daría una voz. Aunque su nominación y eventual victoria fueron un camino largo e incierto, fue su juventud, carismática familia y excelente oratoria lo que encantó al público convirtiéndolo en el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América.

"Fue cantada por los inmigrantes cuando salieron de las costas lejanas y por los pioneros que empujaron hacia el oeste contra un desierto inexorable: Sí, podemos... Sí, podemos sanar a esta nación. Sí, podemos reparar este mundo. Sí, podemos”, decía en un discurso que muchos describieron como ‘electrizante‘ después de vencer a Hillary Clinton en las preliminares de New Hampshire.

La diferencia con el discurso de Trump fue evidente desde el inicio: el tono agresivo del candidato republicano no solo era inconfundible, sino difícil de olvidar una vez se había oído. Lo viví en carne propia en un vuelo de Nueva York a California cuando, apenas se acabó el aviso de seguridad, empezó la propaganda del partido republicano con Trump vociferando por más de un minuto que los liberales estaban aliados con la prensa para desprestigiarlo, y obviamente pidiendo donaciones para su campaña. No fue el contenido del mensaje, sino su forma casi descarada lo que me desarmó.

A pesar de su brusquedad -y evidente falta de filtro- muchos no vieron a un demagogo intolerante que, frente a los ojos de millones de personas, cosificaba a las mujeres, ridiculizaba a la prensa y categorizaba a los inmigrantes como violadores y ladrones; vieron a un hombre honesto, sin pelos en la lengua, con un temperamento lo suficientemente fuerte para enfrentarse a un gobierno que los había olvidado.

Después de las primarias, el pánico empezó a ser real, era imposible hablar de otro tema. Recuerdo estar sentada en un bar de Nueva York con un amigo y, entre bromas de una eventual mudanza a Canadá, me decía con una sonrisa lo que tal vez todos los liberales americanos estaban pensando: "Es un mal chiste, te juro que en un par de años nos vamos a reír cuando pensemos en lo absurdo de su candidatura".

La mayoría de personas sólo habían oído hablar de Trump gracias a su reality show El Aprendiz. Su nombre estaba asociado con la imagen de un exitoso hombre de negocios. Al pasar el tiempo, se convirtió en una figura aspiracional: por todo el país sus seguidores usaban camisetas y cachuchas con su nombre. Aun así, el magnate de los bienes raíces se estaba encaminando al Despacho Oval de la Casa Blanca sin experiencia alguna en el mundo de la política.

Después de los debates, que parecían más un concurso de insultos entre candidatos, el día de la elección llegó y terminó con un resultado inesperado: con la boca abierta y peso en el corazón yo, y el mundo entero, vio cómo Donald Trump fue elegido para ser el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Videos de partidarios demócratas devastados, y republicanos festejando, recorrían la web. La prensa, expertos, algoritmos y hasta el sentido común preveía la victoria de su contrincante, Hillary Clinton. ¿Qué pasó? ¿Cómo sucedió?

Era lógico pensar que después de un presidente afroamericano habría cabida para la primera presidenta mujer, pero el discurso progresista que hace ocho años conquistó a los votantes no funcionó, en parte porque muchos dudaban de las posturas de vanguardia de Clinton. Esta vez fue ‘Make America Great Again‘ el mensaje que convocó a las urnas. ¿Quiénes votaron por Trump? Los republicanos que siguen anclados en un tiempo donde el carbón era una de las industrias que soportaban la economía, y la clase media gozaba de un estilo de vida que pocas veces se había visto afectado por grandes crisis económicas. Pero más que nada, en un país donde la raya que limita lo que significa ser americano es cada vez más borrosa, fueron los que sentían que su identidad había sido ignorada por un presidente negro, urbano y cosmopolita.

Al día siguiente de la elección, tratando de comprender esta nueva e inminente realidad, una amiga demócrata nativa de Michigan -estado en el centro del país cuya afiliación política ha fluctuado entre azul y rojo desde hace años- me decía: "Siento que desde ahora tengo que justificarme con todas las personas que conozco, aclarar que yo no voté por él, que no todos somos así."

A diferencia de hace ocho años, cuando la elección de Obama fue recibida con titulares positivos en el ámbito internacional, desde finales de noviembre de 2016 las noticias informaban de agresiones contra minorías. Esvásticas pintadas con aerosol en la puerta de dormitorios universitarios, mensajes que aseguraban que los días de los latinos en el país estaban contados, y mujeres con hiyab sufriendo abusos verbales y físicos de parte de personas que usaban el discurso de Trump como justificación para sus actos.

Expertos han intentado entender las causas que tuvieron como efecto una de las elecciones más criticadas de todos los tiempos, y los análisis muestran que, entre muchas posibles razones, el presidente electo es la viva imagen de una sociedad fracturada: un país dividido por creencias religiosas, donde todavía predominan el racismo y sexismo. Opuesto a lo que Obama y su familia representan, Donald Trump es el abanderado de una nación llena de miedo y prejuicios, donde la noción de un mundo globalizado está por irse al olvido para ser reemplazado por ideales nacionalistas.

Al contrario de lo que mostraba el mapa de votación hace ocho años, cuando la mayoría demócrata apoyó a un candidato que prometía tratar al país como a su propia familia, en 2017 se ve una gran mancha roja republicana, la que eligió seguir al candidato que tratará al país como a su propia empresa.

A menos de una semana de la inauguración presidencial, caminando por las calles de Los Ángeles, me topo con un videógrafo haciendo entrevistas a transeúntes. Su cámara apunta a un joven afroamericano que, refiriéndose a las marchas, videos y artículos que actualmente inundan las páginas de internet, dice: "No es solo una protesta contra Trump, es mucho más que eso, es un movimiento contra lo que está sucediendo en la sociedad". Más tarde, el mismo día, me encuentro sin querer en la mitad de una protesta organizada por la Unión de Enfermeras de California, abogando por los servicios de salud de la ‘Ley de Cuidados de la Salud Asequibles‘, el legado más importante de Obama que Trump prometió desmantelar, dejando a más de veinte millones de personas sin cobertura médica.

El actual presidente electo de Estados Unidos tiene el índice más bajo de popularidad en los últimos años, con un cuarenta por ciento de aprobación frente al ochenta y cuatro por ciento de Obama; y con el temor de que cumpla lo prometido en su campaña, se asienta sobre el país la niebla de la incertidumbre. Los próximos cuatro años traen consigo un territorio desconocido para el panorama nacional e internacional; pero el periodo de negación ya pasó y las personas han asumido un actitud de expectativa frente a lo que sucederá en los primeros 100 días de la presidencia de Donald Trump.

Mientras tanto, como guía a las semanas por venir queda el mensaje de Obama pronunció en su último discurso, un lluvioso 10 de enero (que mi familia y yo vimos desde la sala, esperando contagiarnos de un poco de su esperanza), en el que recuerda que ningún gobernante es perfecto, y que la democracia ideal es difícil de alcanzar: "El trabajo de la democracia siempre ha sido duro, contencioso y a veces sangriento. Por cada dos pasos adelante, a menudo se siente que damos un paso atrás ".

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