Suzanne Jill Levine

Un descubrimiento

Suzanne Jill Levine cuenta cómo fue su acercamiento a 'Cien años de soledad' y cómo la escritura de García Márquez fue su fuente de inspiración.

2014/04/03

Por Suzanne Jill Levine

Leí Cien años de soledad por primera vez en Cali, Colombia, en el verano de 1968. Por aquel entonces era una estudiante recién graduada de la Universidad de Columbia en Estudios Latinoamericanos, no del todo convencida aún con dedicarme a la literatura. Siguiendo el consejo de un joven poeta colombiano –a quien había conocido hacía poco– conseguí una copia de la novela del aún desconocido Gabriel García Márquez. No pude dejar el libro hasta alcanzar la ultima página cuando se cumple la profecía y el viento apocalíptico arrasa con Macondo, y el lector debe volver al principio, sabiendo ahora que está leyendo el manuscrito de Melquiades.  

Sentí haber descubierto algo totalmente nuevo, tan intacto como Macondo cuando es descubierto por el primer Buendía.

Aquel otoño, de regreso a New York, conocí al critico literario uruguayo Emir Rodríguez Monegal en el Centro de Relaciones Inter-Americanas, y hablamos de Cien años, que había sido traducido por el gran Gregory Rabassa, en esos años mi profesor en Columbia. Emir me contó que acababa de publicar un ensayo titulado “Novedad y anacronismo en Cien años de soledad”, el cual leí tan pronto como pude. Su lectura me impulsó a perseverar en el que se convertiría en mi primer libro, El espejo hablado –aunque primero fue mi tesis de la maestría– que terminé en diciembre de 1969.  Años después, en 1975, fue publicado en español por la editorial venezolana Monte Ávila.

Lo que en principio me fascinó de la novela, aparte de su seductora saga y sus personajes, de su humor hiperbólico y de sus imágenes vertiginosas, fue esa celebración única de una conversación con toda la literatura, desde la Biblia a la épica homérica, a Don Quijote, y así hasta los modernos como Carpentier, Faulkner y Virginia Woolf.   Esas resonancias provocativas de Cien años de soledad me contagiaron de un fervor detectivesco, buscando definir cuáles eran esas resonancias y, más aun, qué significaban.

Pronto me daría cuenta de que Borges fue la fuente de inspiración definitiva, no solo para Gabo, sino también para casi todos los escritores de la generación de Gabo, la famosa generación del “boom”. El maestro argentino fue quien ideó la estratagema narrativa de la mise en abime de las Mil y una noches, unida a una síntesis intertextual, que emerge de una poética neo-barroca ya presente en las primeras cuasi–ficciones de Borges, en la Historia universal de la infamia.

En todo caso es al gran Gabo y a Emir a quienes debo el estimulo de proseguir una carrera en la literatura latinoamericana, y estoy muy agradecida, ça va san dire.

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