Rosina Conde

Una mexicana genuina

Lo extenso y variado de su obra convierte a Rosina Conde en una de las presencias más interesantes de la Fiesta del libro de Medellín. Arcadia conversó con ella.

2014/09/18

Por RevistaArcadia.com

Cuento, ensayo, poesía, dramaturgia, discos de blues, vestuario, diseño. Tanta  prolijidad y un espectro tan amplio de aficiones y ocupaciones hacen de Rosina Conde una mujer de la cultura en todo el sentido de la palabra.  ¿De dónde surge esto? “Pues surge de mi propia familia. No creas que soy generación espontánea”. En efecto su entorno familiar era de lo más variado; creció en un hogar un tanto adelantado y fuera de serie para la época, donde las diferencias entre hijos hombres y mujeres no eran acentuadas y todo el mundo parecía poseer un talento, o saber un arte o un oficio: “mi madre cantaba, dibujaba, escribía poesía. Mi padre era compositor, músico y, a pesar de que tuvo una educación muy básica, era un gran autodidacta; le encantaba la ciencia, le encantaba la tecnología, era joyero y muy buen comerciante”.

Con el correr del tiempo Rosina terminó convertida en una mujer de muchos matices, proclive a abrazar todo aquello que motive su sensibilidad de una u otra manera. Pero así como es hija de su familia, también lo es de su ciudad. Mucho se dice que la patria de un escritor es su infancia. Pues bien, Rosina Conde nació en Mexicali y vivió durante largo tiempo en la vibrante Tijuana: una vez más, como ha sido común en esta feria literaria, la frontera.

Tijuana durante las décadas  sesenta y setenta  –niñez y adolescencia de la  autora– fue un lugar con una población aún más diversa que la actual. Allí confluía gente llegada de todo lo largo y hondo de México,sumada a otros que provenían de muchos países. “Yo crecí entre españoles, árabes, chinos (…) era una ciudad llena de música, de sonidos muy variados, de muchos universos. Cuando iba a otras ciudades me sorprendía que no hubiera tanta diferencia”.  Se refiere, en especial, al choque cultural que experimentó hacia el final de su adolescencia, cuando se trasladó al centro de la república y llegó al distrito federal para estudiar en la universidad. La apabullante masacre de estudiantes de 1971 acababa de ocurrir y los campus universitarios de la UNAM y el Politécnico Nacional permanecían custodiados por el ejercito. No se gozaba, al parecer, de las atmósferas plurales que tanto le gustaban.

 Aparte encontró que la idiosincrasia capitalina le resultaba muy ajena. Venía del Norte, de una tierra seca donde la gente habla duro y de frente mientras se mira a la cara. Por su educación también careciera de ciertos remilgos señoriteros: con su padre había aprendido a nadar en río.  Así que Rosina era otra cosa. “No estaba acostumbrados a que una mujer adolescente tuviera seguridad en sí misma y caminara esbelta. En el centro del país las mujeres salían a la calle y más bien como que se encorvan y se escondían”.

 Mujer, adolescente, estudiante. En aquel tiempo no muchas cosas estaban a su favor. Y encima ser distinta parecía marcarla incluso frente a sus pares: “por ser blanca, por ser güera, por hablar diferente: con acento norteño, con palabras del inglés, o del italiano, o de lo que fuera”. Pero, como sucede a menudo, encontró que esa diferencia era precisamente el lugar desde donde podría emanar una amplia riqueza artística y literaria. A partir de la disimilitud comenzó a construir una obra de libros, música e imágenes que en, buena medida, exalta todo eso que no la asemeja a los demás.

 Su obra es muy feminista –y femenina–. Cuando irrumpió en el ámbito literario mexicano lo hizo con personajes mujeres, que era una especie de vacío que existía entonces: la escases de figuras femeninas en la literatura de México de la época es notable. Los pocos que existían no lograban causarle una real identificación, ni desde el lenguaje ni desde los conflictos, pues eran personajes diseñados por la psicología masculina. Así que la voz de una escritora como ella resultó ser la bocina para amplificar cierto clamor colectivo de todo un género. “Fui de las primeras que empezó a hablar sobre el aborto o del lesbianismo. Comencé a trabajar sobre diferentes temáticas que estaban relacionadas, o que tenían que ver, con la diversidad dentro de la que crecí en Tijuana”.

 La presencia de Rosina Conde nutrió con fuerza la Fiesta del libro de Medellín. Su faceta múltiple de escritora, cantante y artista capturó en buena medida el espíritu que se quería comunicar en este evento: la literatura no son sólo libros. Y con su acento norteño, y sus vestidos bordados, nos mostró a una mexicana muy genuina cuya riqueza emana de la autenticidad. 

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