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Caracas hoy

2011/07/13

En 1991, ocho años después de un fallido golpe de estado, Hugo Chávez Frías asumió la presidencia de nuestro vecino país, promoviendo un socialismo del siglo XXI y un profundo cambio ideológico en el seno de la sociedad venezolana. De esto y su revolución bolivariana van a cumplirse 12 años. Para unos, el puntapié en el trasero de una élite abusiva, de una oligarquía enriquecida a costa de los más pobres y de una clase política en constante acecho de los bienes públicos. Para los otros, un dictador populista y demagógico, incluso irracional, que en sus delirios de poder ha revivido inútilmente absurdas y románticas ideas revolucionarias que ya sucumbieron hace más de 30 años. Hoy día, como cualquier otro mortal, y más aquellos con cuerpos propensos a la enfermedad, esta caricaturesca reencarnación del prócer libertador, fue lamentablemente diagnosticada de un fuerte cáncer. El pronóstico es reservado.     

 

Lo que resulta interesante dentro de todo este proceso que algunos repudian y otros elogian, es esa idea de intentar, a toda costa, penetrar en la mentalidad de todo un pueblo, sacrificando posiblemente muchas generaciones que no verán los resultados de la revolución. Todo esto en el papel, ya que actualmente, y dadas las circunstancias, la realidad puede ser otra.

 

Y uno de los sectores que probablemente más ha sufrido con todo este cambio obligado en el ADN intelectual de la población, es el sector del arte y la cultura. Irónicamente las manifestaciones artísticas contemporáneas se han visto coartadas a la intención de rescatar un arte nacionalista y a recontar la historia desde un punto de vista local. Las colecciones institucionales, y en especial las públicas, han sufrido las consecuencias, pasando de ser acervos universales  y con valiosas piezas de arte internacional, a sólo obras venezolanas que rescaten los valores de la revolución. Exagero, pero las directrices van por ese lado. Ya los museos no tienen presupuesto y las familias adineradas que coleccionaban arte han ido migrando inevitablemente. Es la versión latina de las vanguardias ruso-soviéticas. ¿Sensato? ¿Triste? ¿Punk? ¿iluminado? No lo sabría. Hay argumentos para excusarlo todo.

 

Lo cierto es que la opulante Caracas, meca del arte y la cultura global, de una arquitectura de vanguardia  y un gusto exquisito, ha quedado en el pasado. En la era Chávez no hay espacio para ello. La feria (FIA), antes un modelo a seguir, ahora es un esfuerzo agonizante. Ciertas galerías grandes se han mudado y los artistas se sienten cada vez más lejos del centro de la acción.   

 

Hay sin embargo, y en contraposición a toda esta apuesta ideológica estatal, ciertos proyectos nuevos y arriesgados que parecen darle un aire al medio. Me refiero en específico a un lugar que reúne a los espacios más actuales, frescos y propositivos de la insipiente escena capitalina, reunidos como una suerte de tumor cultural en crecimiento, que resiste, que combate, y que inclusive, podría marcar una cierta tendencia futura. El nombre: Centro de arte los galpones. Un lugar con una arquitectura contemporánea, que resalta los materiales industriales de la construcción y  que conserva una estructura limpia y minimalista. Ahí se reúnen galerías como Periférico CaracasOficina No.1 o Fernando Zubillaga, las cuales representan a diversos artistas, que a pesar de las condiciones, siguen jugando el juego y proponiendo obras claras y contundentes.

 

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Asimismo me parece importante nombrar una página que se encarga de informar sobre  muchas de las actividades que ocurren alrededor del circuito artístico y cultural, cómo lo es, tráfico visual. Un espacio sin crítica y análisis, pero que cubre, al menos informativamente, muchos de los proyectos que ocurren alrededor de la producción venezolana, la cual dentro de todo, y mirando con detalle, tiene lógicas dinámicas y una clara actitud de resistencia.  

 

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