RevistaArcadia.com

catalinaholguin El bosque, la nieve y el grito

2011/08/30

tren2.jpgTuve la suerte de hacer un viaje en tren de Oslo a Bergen. Las seis horas de viaje, en las que el tren atraviesa con un ritmo constante el país nórdico de este a oeste, resumen lo que para mí es ese país: un espacio de agua, piedra y hielo mudo y elocuente. Había leído ya Saliendo a robar caballos, del noruego Per Petersson, Pyramiden de Kjartan Flogstad y Pan de Knut Hamsun. Entre tanto, mientras el tren atravesaba un fiordo, o glaciares azul celeste, o ríos limpios, iba leyendo El hermanastro de Saabye Christensen, que ocurre en Oslo. Tratar de entender un país desde su literatura, por la ventana de un tren, es una fantasía. Y sobre esa fantasía, me atrevo a pensar que Noruega es un país intenso, solitario y de extremos.

Knut Hamsun, premio nobel de 1920, es uno de los autores clásicos más munch2.jpgimportantes de este país escandinavo. En Hambre, su novela más conocida, Oslo toma un rol central. La ciudad es un lugar implacable regido por reglas económicas y sociales que el narrador se niega a seguir. Empeñado como está en vivir para escribir y de escribir ganarse un sustento, el narrador empieza a morir de hambre y a perder la cabeza. La ciudad está llena de gente y de posibilidades para conseguir dinero o comida, pero él se niega a encontrar una salida rápida a su pobreza o a sus ideales. Rechaza y es rechazado por una mujer de comportamiento reprochable; el dinero le dura poco en los bolsillos; el poco alimento que logra consumir lo vomita. Sus sufrimientos lo redimen, pero también le impiden escribir. El retrato perfecto del narrador bien podría ser el tipo verde y escalofriante del cuadro “El grito”, la obra más conocida del artista noruego Edvard Munch.

 

Tan pronto se acaba la Segunda Guerra Mundial, Hamsun entra en desgracia pública. Se había declarado públicamente admirador de Hitler y simpatizante de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Es por esto que la bisabuela de Barnum—el protagonista de la novela El hermanastro de Lars Saabye Christensen—alimenta las llamas de su estufa con las obras completas de Hamsun, “el traidor”.

Noruega estuvo ocupada por la Alemania Nazi durante cinco años. En su novela Saliendo a robar caballos, Per Petersson pone el ojo justo en ese momento histórico, pero guardando una perspectiva privada y doméstica. El narrador, Lars, es un hombre ya mayor que se dedica a reconstruir el último verano en el que estuvo con su papá, en 1948, en un bosque cercano a la frontera con Suecia. Durante ese verano también ocurre accidente que cambia por completo la vida de su mejor amigo Jon. Esta hermosa novela tiene una profundidad psicológica impresionante a la vez que integra el trasfondo histórico de la guerra. La relación de Lars, el narrador, con el bosque, el agua, las montañas y el clima le imprime, yo creo, un carácter muy noruego a la novela. En ella, la naturaleza no es paisaje, ni es un personaje más de la historia. La naturaleza es refugio, es obstáculo, es un ideal, un símbolo, pero también la seña más concreta de la existencia de la vida y la muerte.

munch.jpgHace unos meses estuvo en Bogotá el escritor noruego Kjartan Flogstad, quien señalaba que para los escandinavos Latinoamérica es un territorio completamente exótico. Pero opinaba Flogstad que para los latinoamericanos los países nórdicos eran igualmente exóticos, por sus condiciones climáticas extremas, sus paisajes de piedra y nieve, y su población tan blanca y tan mona. El sol brilla todo el día durante el verano, y en invierno la noche permanente tiñe el mundo de negro. En una isla remota se asientan las ruinas de una utopía comunista rusa (de eso se trata la crónica Pyramiden de Flogstad), mientras que en los bosques hombres reales (o imaginarios) como el teniente Thomas Glahn (ver Pan, de Knut Hamsun) se juegan su felicidad por un ideal imposible encarnado en una mujer corrupta.

Afortunadamente, el remoto país de Noruega es también un lugar donde el Estado apoya la literatura creándole un mercado interno y externo. El Estado adquiere cientos de ejemplares de todas las obras de autores noruegos para su distribución en bibliotecas a la vez que apoya con subsidios y becas la traducción de obras nacionales a distintos idiomas. Finalmente, noruegos sólo hay cinco millones y no son muchos más en el mundo los que hablan este idioma. Exótico y tropical que un autor de los nuestros, que habla el mismo idioma de un continente y medio, no sea capaz de vender más de 1000 ejemplares de una novela.

 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.