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catalinaholguin La palabra justa: 10 meditaciones de Valeria Luiselli

2012/09/06

Siempre he mirado la fecha de nacimiento de quienes hacen cosas admirables. Sé que ya no estoy en edad de ser reina de belleza (lástima) ni campeona mundial de tenis, pero en la escritura—mi gremio, o mi parche, por así decirlo-- la carrera es larga y siempre hay desquite. Malcolm Gladwell, publicó hace un tiempo en la revista New Yorker un ensayo sobre artistas que florecían tarde, o los “late bloomers”, y los comparaba con aquellos genios que además de ser prolíficos eran precoces y brillantes.

 

En el primer bando, el de los viejos y lentos, Gladwell menciona al pintor Cezanne, pero se enfoca en un escritor contemporáneo llamado Ben Fountain (quien por cierto tiene un cuento sobre un ornitólogo en Colombia en su libro Brief Encounters with Che Guevara). En el otro bando mete al escritor norteamericano Jonathan Safran Foer—a quien pareciera detestar por la facilidad con la que escribe su primera y muy brillante novela Todo está iluminado—y al pintor Pablo Picasso. Los prodigios la tienen fácil, dice Gladwell pues su genio se hace evidente de una. Además, la abundancia de su obra se adapata divinamente a las exigencias del mercado. Quienes florecen tarde, necesitan paciencia, que les tengan fe. Su arte es también diferente. La obra artística de un joven genio resuma frescura y exuberancia pero es también directa y conceptual: “Saben hacia donde quieren ir y simplemente lo hacen”. Por otro lado, la obra de los artistas tiene un carácter muy distinto. Trabajan por prueba y error produciendo así obras más experimentales y elaboradas.

 

luiselli.jpgPienso, por ejemplo, en WG Sebald, un late bloomer de primera categoría cuya muerte prematura sólo nos deja imaginarnos cómo y hacia dónde iba a evolucionar su literatura. Pero también pienso en una autora que se revienta los rótulos de Gladwell pues es joven (nació en 1983), su primer libro es experimental y estilizado pero también conservador, es mujer (Gladwell casi no menciona mujeres…) y es mexicana para completar.

 

Se llama Valeria Luiselli y su libro Papeles falsos, publicado por la editorial independiente Sexto Piso, es un breve compendio de 10 meditaciones en clave de ensayo sobre libros, bicicletas, ciudades, la identidad mexicana, Venecia y la melancolía. Su forma de escritura es tan sencilla que pareciera que cada ensayo se lo hubiera encontrado debajo de una piedra.

 

Pero lo cierto es que detrás de cada párrafo del hay un monumental trabajo, un invisible trabajo de edición y de elaboración. Cita mucho a escritores, poetas y filósofos pero no apesta a erudición gratuita: Luiselli no es de las que nos quiere echar en cara lo mucho que ha leído. Con su prosa limpia (como el “toque de un clarín”, según el reseñista Francisco González Crussi), la autora logra crear una red perfecta de resonancias literarias, pensamientos complejos, impresiones banales y emociones muy privadas. Su originalidad no recae en conocer hasta el tuétano los mas-bajos-fondos-del-mundo-de-la-droga-y-el-pecado. Es, por cierto, una gran lectora de WG Sebald, a quien cita siempre en el momento preciso.

 

Agradecimientos para Julio que regaló el libro y a Luiselli larga vida. Al parecer su nueva nóvela, Los ingrávidos también está muy bien. 

 

Transcribo un par de pasajes que me gustaron mucho para que sea ella quien trasmita su obra:

 

“Si en el pasado la caminata fue emblemática del pensador, y si en algunas ciudades todavía se puede caminar pensando, poca relevancia tiene para el habitante de la ciudad de México. El peatón defeño lleva la ciudad a cuestas y está tan sumergido en la vorágine urbana que no puede contemplar más que lo que tiene inmediatamente en frente a él. Por otro lado, los que usan el transporte público están restringidos a sesenta centímetros cuadrados de intimidad y a pocos metros más de horizonte visual. Tampoco se salva el automovilista, que se transporta envasado al vacío, y no escucha ni huele ni mira ni está realmente en la ciudad: el alma se le va embotando en cada semáforo…” En el ensayo La velocidad a velo

 

 “Estamos en el proceso de perder algo. Vamos dejando pedazos de piel muerta sobre la banqueta, palabras muertas sobre la mesa; olvidamos calles y oraciones repasadas con tinta. Las ciudades, como nuestros cuerpos, como el lenguaje, están en obra de destrucción. Pero esta amenaza constante de temblor es lo único que nos queda: sólo un escenario así—paisaje de escombros sobre escombros—compele a salir a buscar las últimas cosas; sólo así se vuelve necesario excavar en el lenguaje, indispensable encontrar la palabra exacta”. En el ensayo Paraíso en obras

 

“Volver a un libro se parece volver a las ciudades que creímos nuestras, pero que en realidad hemos y nos han olvidado. En una ciudad, en un libro, recorremos en vano los mismos caminos, buscando nostalgias que ya no nos pertenecen. No se puede volver a encontrar un lugar tal y como se dejó.” En el ensayo Mudanzas: volver a los libros

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