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catalinaholguin Los objetos del periodismo

2012/02/13

Page_One_2-600x338.jpgPrimera película: No hay cigarrillos. No suenan máquinas de escribir. Todos temen el despido. Las preguntas giran en torno a la muerte del gran medio, la gran fuente.  La otra película es la antítesis: nicotina, ruidos metálicos, y uber-machos tomando notas taquigráficas. En una escena un reportero está rodeado de directorios, enciclopedias y tomos empastados gruesos. Está buscando una referencia.

 

 La primera es Page One, el documental del periódico New York Times lanzado el año pasado. Al tiempo nos relatan la historia de este Behemoth mediático y de las bandadas que ha dado con el giro digital, asistimos a la cocción de dos grandes noticias. Noticia uno: Julian Assange (Wikileaks) se alía con NYT para despachar los archivos secretos de Afganistán. Noticia dos: David Carr cubre el colapso económico del grupo de periódicos Tribune. Entre tanto, distintas voces de distintos ámbitos discuten sobre el colapso de los grandes medios en la era digital, sobre su relevancia, sus sesgos, etc.  

 

men.jpgLa segunda película es All The President’s Men, de 1976, protagonizada por Robert Redford y Dustin Hoffman, quienes representan a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. La película ocurre en la sala de redacción de otro gran periódico, el Washington Post, y detalla la investigación periodística detrás del escándalo del Watergate durante la administración de Nixon.

 

 La segunda película es una referencia obligatoria de la primera. Es, de hecho, el trasfondo histórico sobre el cual se le da importancia al periodismo investigativo de gran envergadura, de consecuencias políticas incalculables, que sólo puede hacer (esa ES justamente la tesis del documental Page One) una institución con el músculo y la capacidad económica del NYT o, en la época de Nixon, del Washington Post. Cuando el Watergate, la única forma de mover las escandalosas revelaciones era por medio del Washington Post. Hoy en día, aunque Julian Assange cuente con Internet, él no cuenta con la capacidad de análisis, el prestigio, la credibilidad y la fortaleza de difusión del NYT.

 

 Pero más allá de las cuestiones de autoridad o del debate de si Internet acabará con el periodismo o no, lo más interesante de ambas películas es cómo documentan los objetos del periodismo.

 

 PageOne-1.jpgEn Page One: los teléfonos son digitales, los periodistas tienen al menos tres laptops sobre el escritorio, el Ipad despliega noticias luminosas. El Twitter y el Internet son sus herramientas de trabajo pero también sus principales enemigos. El edificio del periódico es, además, una gloriosa combinación de rojos, aluminios, vidrios esmerilados y luces halógenas. Todos se ven competitivos, alerta, profesionales, comprometidos.

 

 En All the President’s Men: ropa color caqui, escritorios de madera, luces de neón, teléfonos de bakelita, máquinas de escribir, unas especies de fax que botan cintas teletipiadas cuyo nombre desconozco, muchísimas hojas de papel, archivos de papel (insisto, la escena en la que Hoffman busca un nombre en directorios de todo el país es tan hermosamente anacrónica, tan imposible en días de Google), libretas, esferos. ¡Qué manual era todo, pero qué serio, qué comprometido, qué interesante!

 

co_adn_bogota_750.jpgPero la pregunta de fondo no es CON QUÉ se hace el periodismo, sino PARA QUÉ se hace. La respuesta en el documental y en la película es bastante obvia: para confrontar al poder, para mantener a los gobiernos a raya, para defender los valores democráticos, para que circule la cultura, para escarbar injusticias, y así. Pero el periodismo ya no es eso. Y no lo digo yo cuando miro el embarazoso santismo de Semana, la redacción del Espectador dejada en manos de estudiantes, la vergonzosa organización de contenidos de El Tiempo que sólo sirve para ocultar una escasez apabullante de contenidos de fondo, ni la ubicuidad de los periodicos comerciales ADN y Metro. Lo dice Julian Assange en el documental. Un reportero le pide que decida si es periodista o activista. Y Assange se queda con el activismo, porque el primer bando, el del periodismo, es objeto de negocio.  

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