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catalinaholguin Luz de infancia

2012/06/11

90.jpgBrillante podría ser uno de los adjetivos para describir En la juventud está el placer, una curiosa novela del muy desconocido Denton Welch, un artista y escritor británico nacido en 1915 que murió a los 33 años como consecuencia de las secuelas que le dejó un accidente en bicicleta cuando tenía 20 añosAfortunadamente, la editorial independiente Alpha Decay se dará a la tarea de publicar toda la obra de este extraño escritor, que se reduce a tres novelas, 60 relatos y un diario. Toda su obra es autobiográfica. 


La novela de título irresistible de la que quiero hablar—porque, de veras, ¿cómo resistirme a comprar en la pasada Feria del Libro un libro con ese título? Muchos años antes, antes de saber quién era Cabrera Infante, en los días del colegio, me atrapó irremediablemente Delito por bailar el chachachá, y luego, este título de Fonseca igual de irresistible: Y de este mundo prostituto y vano sólo quise un cigarro entre mi mano—, bueno, la novela de Welch se enfoca única y exclusivamente en el verano de un adolescente llamado Orvil Pym. Orvil, que no es otro que Welch, es un niño frágil, amanerado, de una curiosidad infinita y una imaginación desbocada. Vive en un internado que odia. No, que aborrece. En sus palabras: “Pese a todo su empeño no podía dejar de pensar en el colegio: las camas de hierro como negros esqueletos esmaltados, las gualdrapas rojo carne del sanatorio, los maestros con una capa de caspa sobre los hombros de sus batas viejas, la belleza bien grotesca de los vitrales de la crujía”. En la vida real ese internado es Repton, el mismo famoso internado donde estudio Roald Dahl. El verano, que pasa con su padre y sus hermanos en un hotel victoriano en el campo de Inglaterra, es para Orvil el único momento de soledad y de libertad para explorar lugares, olores, placeres, imágenes, fantasías, sensaciones, impresiones. Sobra decir que en esta novela no pasa nada.


Lo que sí pasa es que el tono de la narración y las imágenes que conjura Orvil son como un expreso sin escalas a la infancia, a esos días largos largos larguísimos cuando era posible pasearse por potreros levantando piedras y cantando canciones inventadas. Por eso la novela es brillante: porque logra iluminar los cuartos de la memoria que usualmente permanecen clausurados. Algo así como el estado mental al que logro entrar sólo cuando imagino con meticulosa precisión todos los objetos y prendas que guardaba mi abuela en su closet.  Quizás por eso, esta novela me recuerda a otro libro que tiene el mismo poder de evocación: Me acuerdo, de Joe Brainard, publicada por otra independiente española, Sexto Piso. Curiosamente, Brainard, al igual que Welch, era artista y era gay. Aunque ambos tienen estilos muy diferentes y escriben en lugares y épocas también muy diferentes, la precisión de sus observaciones, su candor y su capacidad de introspección los ponen en planos similares.


La lista de fans de Welch es de veras prestigiosa: Edith Sitwell, W.H. Auden, Elizabeth Bowen, E.M. Forster y William Burroughs. Otro fan, César Aira, escribe: “Ausente de toda lista de lecturas obligatorias, fuera de diccionarios y manuales, marginal, secundario: eso no le impide ser un astro de primera magnitud en las constelaciones de la erudición y el gusto. Sería difícil encontrar un escritor en el que terminen o empiecen tantos hilos del entramado de su tiempo y su mundo, y de mayor calidad literaria. El enigma de su vida está a la altura de su genio creador"

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(Retrato de Welch en la National Portrait Gallery de Londres)

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