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Constelaciones

2012/11/20

El otro día me preguntaba -en realidad le preguntaba a un amigo que sabe todas esas cosas que yo nunca sé- si la materia de verdad se transformaba, o por el contrario, el mundo se iba poco a poco llenando de más y más basura, tal cual le pasa a las casas de aquellos acumuladores compulsivos delDiscovery Channel. La respuesta era más que obvia, pero fue bueno corroborarla en voz alta: “Lo único que aumenta en el mundo es la cantidad de humanos”.

 

Lo que resulta escalofriante y a la vez fascinante, más allá del exponencial crecimiento demográfico, es la capacidad humana de sustraer y adicionar, de destruir y construir. Eso hace que todo se transforme constantemente y se generen millones de cosas, incluso mentales. Cosas sueltas que andan por ahí, que ya no son naturaleza, pero tampoco nada útil, aún si pueden llegar a serlo. El arte, de cierta forma, es eso. Una transformación constante de materia. Papeles que se convierten en dibujos, materiales que se convierten en esculturas, minerales que se convierten en pintura. Y en ese sentido, el arte conceptual, que transforma algo en una idea, como la escritura (cuando no se imprime), vendría siendo la forma más ecológica de hacer arte.

 

Todo esto hace que la taxonomía del mundo se vuelva mucho más compleja. Y que si se hiciera una nueva gran expedición de reconocimiento del planeta esta tendría que incluir desechos, objetos, ideas, o hasta arte y arquitectura. Y es esta probablemente la intención y premisa inicial del artista mexicanoGabriel Orozco en su actual exposición en el Guggenheim de Nueva York, Asterims. Una colección de piedritas, piedras, pedruscos, cantos, guijarros, aerolitos, rocas, fósiles, botellas, envases, ampollas, garrafas, damajuanas, bombonas, frascos, tarros, bombillos, lámparas, bujías, conchas, perlas, caparazones, cubiertas, corazas, caracoles, nácares, careyes, troncos, maderas, astillas, cauchos, elásticos, particulas, trozos, y otros mil ciento no se cuantos elementos que compondrían un largo etcétera.

La muestra parece entonces ser esa catalogación y puesta en evidencia del nuevo mundo “objetual” que nos rodea. Como si el artista fuera el nuevo arqueólogo de la tierra.

 

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Entonces muy al estilo de Jonathan Safra en la película Everything is illuminated, Orozco se toma el trabajo de reconocer en esa colección ciertos patrones comunes de los objetos tales como la semejanza de la forma, del color, del tamaño, o de los materiales. Esto para construir una constelación, un mapa o una nueva taxonomía, que incluso, mucho tiene que ver con el lenguaje del arte. Un idioma que al igual que cualquier otro se rige por un alfabeto de símbolos, una gramática particular y una forma de proceder que, como toda actividad racional, consiste en atar cabos e hilar ideas.  Porque un círculo puede ser una llanta, un huevo frito, la luna (cuando está llena), una letra O, un cero, una señal de tránsito, un agujero negro o la ventanilla de un barco. De nuevo, es cuestión de transformar, de interpretar y de evolucionar.  Todo eso hay detrás de estos ejercicios casi maniáticos que muchos pensarían que no son arte. Es arte en una muy sencilla definición: Composición consciente de elementos visuales sobre un espacio, con el ánimo de generar preguntas en la mente de un espectador curioso. 

 

 

 

Nota de autor: Quisiera dedicar estas reflexiones a Camila Echeverría, colega y compañera de trabajo, con quien compartimos el gusto insaciable por ordenar y catalogar las cosas. Una “psicorigidez” inexplicable, pero muy seguramente, propia de nuestro paso por el sistema educativo francés. 

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