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Homenaje a la figura paterna

2012/02/28

Lo primero que debo decir es que jamás me había enfrentado cuerpo a cuerpo con la muerte. Nunca, creo yo que por gambetas divinas u omisiones conscientes, lidié con esa cosa extraña a la que tanto le temía. Siempre haciéndole el quite, altanero, como quien no quiere la cosa. Sin embargo, y a pesar de mis intentos de esquive oportunistas, me llegó la hora de mirarla a los ojos y de ver con sangre fría, cómo le apagaba poco a poco la mirada a mi padre.

 

Mi progenitor no era pintor, tampoco grabador, ni mucho menos escultor. Era un abogado penalista, básico, sin mayores pretensiones, dedicado a su trabajo, a la familia y a la vida. Todos los domingos, a eso de las 5 de la tarde, mientras gran parte de la gente entra en esa desazón profunda de este particular día, mi padre en cambio se dedicaba gratamente a planchar todas sus camisas de la semana, que de antemano, había lavado en las primera horas de la mañana. Me parece estarlo viendo, cada siete días, sin falta alguna, fregando con juicio (y feliz) cada puño y cuello de estas, mientras encharcaba inevitablemente el piso aledaño al lavadero.

 

Una vez pasado el choque emocional de lo que significa perder a un ser querido empieza uno a hacer todo tipo de reflexiones. Pero entre todas siempre hay una favorita. He de decir que la mía es que la muerte es una extraña mezcla entre un triste dramatizado y una comedia de humor negro. Entonces mientras quieres llorar y te das cuenta de lo solemne de un momento como éste, igual debes atender al señor que viene a llevarse el cuerpo -este debe caber por el pasillo y luego acomodarse en el ascensor, que ojala, no se abra más abajo justo cuando algún niño campante, llega del colegio. No es lo que esperas después de un largo día de fracciones y trigonometría-. 

 

Por alguna razón que desconozco, a mi padre no le emocionaba el fútbol, tampoco el tenis, el ciclismo o el golf. Sólo lo entretenía su trabajo, leer la prensa, ver los noticieros, hacer vueltas de banco, conducir y comer. “Mientras tenga hambre y pueda comer, quiere decir que estoy bien”. Ese era su dicho favorito. Y la vida me demostró, como en muchas otras cosas, que tenía la razón. No fue sino que se acercara la muerte para que su apetito desapareciera repentinamente. “Palabras sabias”, me dije a mí mismo. Como también lo fueron su insistencia en dedicarse a lo que uno realmente quiere, en ser honesto y honorable, en que lo barato sale caro y en que luchar por la libertad y la autonomía del espíritu es la única resistencia válida en la vida.

 

De repente piensa uno en los momentos felices y llora. Piensa uno en el sufrimiento propio de una enfermad cruel como el cáncer y llora. Piensa uno en la angustia de una persona que convivió más de 40 años con alguien y llora. Piensa uno en las urgencias, en los médicos, en las situaciones afanosas y llora. Recuerdos vienen, recuerdos van. Se recapitula y se le cuenta a alguien sin mayores lágrimas. Se conserva la calma. Se hace un llamado a la dignidad. Hace uno caso omiso a la emoción. Una semana después acudimos con mi madre a recoger las cenizas. Acto burocrático sencillo. Una vez verificado todo, nos dirigimos al parqueadero. Mamá me pregunta qué tan pesado es. Yo le digo que lo normal. Ella me pide comprobarlo. Las agarraderas ceden. El cofre cae al piso. No pasa nada. Reímos. Estamos tristes pero vivimos la vida real. Donde las cosas se caen por su propio peso. Se llama ley de gravedad.

 

A mi padre le encantaba la lluvia. En especial esa llovizna incesante de un día gris bogotano en el que se respira un viento helado, desapacible y lúgubre. Ese era su clima favorito y el que lo hacía feliz. Entonces se vestía su gabardina Burberry y se iba con gusto a los juzgados, a la universidad, a una notaria o a cualquier otro lugar del centro, al que suelen concurrir los abogados.

 

Sí, la muerte es una combinación bizarra entre un rito simbólico que nos acoge a todos los seres humanos por igual, pero que lleva consigo una serie de papeleos burocráticos que nos recuerdan todo lo que construimos. Construimos leyes, estados, naciones, reglas, normas, derechos, un mundo entero de caprichos y mucha, pero mucha, materia transformada. Al final, para terminar en un pequeño cajón, sin poder opinar, pero esperando que los seres queridos hereden, más que dinero o bienes inmuebles, un legado espiritual que sólo se logra entender cuando la muerte te mira directamente a los ojos y te dice que lamentablemente pronto no habrá retorno.

 

Destacado abogado penalista, luchador valiente de muchas batallas y valorado ecuánimemente por su honestidad inquebrantable en un país de pillos, mi padre para mí era otra cosa. Era un señor que me enseñó a montar en bicicleta, a conducir un auto, a ser independiente, a ser dedicado y responsable, a decir lo que pienso y a no temerle al mundo. Y sí, mi padre no era pintor, tampoco grabador, ni mucho menos escultor, pero fue un maestro en el arte de la vida, mejor que muchos otros. Por eso este retrato hablado que aunque se sale probablemente de lo usual en este blog, era una entrada para mí inaplazable, y otra forma de hacer el retrato hablado de un papá. Artistas como Richard Avedon, Paul Cézanne, Franklin Aguirre, David Hockney, Edward Hopper o Ron Mueck también hicieron en algún momento sus propias versiones. Imágenes elocuentes, cautivadoras y que más allá del contexto, hacen honor a la inmortalidad de la figura paterna. Yo preferí publicar mi versión escrita, y en cambio guardar las imágenes, para mi archivo personal.

 

Por cierto, mi padre quiso morir joven porque mucho le temía a la vejez. La vida lo premió con esa suerte. 

 

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Richar Avedon

 

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Paul Cézanne

 

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Franklin Aguirre

 

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David Hockney

 

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Edward Hopper

 

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Ron Mueck

 

NotaFé de erratas no pedida. En  nombre de todos los periodistas que por lo ajetreado de su oficio y el afán de la primicia no verificaron, ni buscaron la verdadera información antes de publicar la noticia, mi padre no murió de un cáncer de laringe. Esa batalla la ganó hace más de 8 años a punta de temple y médicos de hierro. En esta ocasión y por designios de la vida, lo atacó un tumor en el ureter que se trasladó pronto al riñon y luego hizo de las suyas en otras partes del cuerpo. Pero esa es una historia médica. Lo importante ya se ha dicho. 

 

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Extra: Trailer de dos películas que bien ilustran mi visión sobre la muerte. 

 

 


 

 


 

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