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¿La verdadera democracia?

2012/01/31

Era 1930. Probablemente un 70% de los habitantes de esta tierra, además de respirar, conocían a un señor llamado Pablo Picasso, pseudónimo de Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso - según sale escrito en su certificado de nacimiento, y lo corrobora Wikipedia-. Tiempos lejanos pero muy similares seguramente a los que vivieron otros señores tales como Leonardo Da Vinci, Andy Warhol o Fernando Botero. Unas personas comunes y corrientes, como usted y yo, que gracias a etéreas conspiraciones, y otras cruzadas culturales, lograron estar en boca de todo el mundo y rodearse de esa aura de hombre único. Ninguno es mi favorito. Sobre todo no lo es Picasso. Sus obras no me producen la más mínima vicisitud. La razón: no la sé. Solo no me pasa nada.  

 

Sin embargo estos personajes se hicieron famosos, traspasaron fronteras, y a pesar de proponer búsquedas y creaciones totalmente distintas, fueron altamente aceptados por la sociedad occidental. ¿Porqué? Porque el arte tiene ese carácter plural, diverso, enigmático y en esencia caótico. Sí. En el arte no hay reglas. Por eso es tan difícil enseñarlo.
  

Lo cierto es que hoy las cosas han cambiado un poco. Es decir, ya no hay una sola super estrella que abarque el mundo entero. Lamentablemente para los egos desmedidos de quienes hacemos arte, eso terminó. En cambio toca compartir ese podio, y “likes”, con otros “4424” seres comunes y corrientes que tienen la gracia, o desgracia, de ser idolatrados por miles o millones. Grandes empresarios como Jeff Koons, Damien Hirst o Murakami, tendrían que encabezar esa larga lista. Seguramente completada por Nan Goldin, Doris Salcedo, Ai Weiwei, Gabriel Orozco, Olafur Eliasson, Andreas Gursky o Sophie Calle, solo por nombrar al 0,1% de estos nuevos “famosos”. Que lo son limitadamente a causa del exceso de información. El culpable: internet. Sin embargo, lo que creo que sí ha permanecido igual que antaño, es una cosa muy sencilla, y tal vez la base fundamental del arte: la pluralidad.

 

A pesar de que cada artista en su constante introspección diaria cree fielmente en sus pequeñas conclusiones, lejos se está de una única verdad. Pensar que existe, pareciera un error. Lo es también para quien sí cree que ésta existe. Y así sucesivamente. Aquellos para quienes el arte debe ser político, rechazan duramente todo lo estético y poético. Y viceversa. Los dibujantes defienden su oficio. Quienes hacen cosas grandes critican a los que acuden a lo mínimo. Los que usan el cuerpo no entienden a quien no lo usa. Los que venden mucho no entienden tanta intelectualidad contemporánea. Y los que no venden defienden lo conceptual. Y así podría seguir eternamente dando ejemplos que no solo tienen que ver con la obra en sí, sino con la personalidad misma del artista. Quien se deja fotografiar, quien no, quien va a exposiciones o cócteles o quien no, quien es independiente y quien no, quien trabaja en algo más que su obra y el que no lo hace. Y otra larga lista de etcéteras,  contando a quienes dirán que no tengo la razón y a quienes dirán que sí la tengo. Normal.

 

Y a eso va todo esto. He llegado a la conclusión de que el arte es lo más parecido a la democracia. Y una muy sana e ilustrada. Una que tal vez sí funciona. Porque a pesar de esas diferencias que se van marcando debido a los distintos procesos de vida de estos personajes de carne y hueso, y las posturas radicales o libres de pensamiento que acoge cada cual, todos conviven bastante bien. Todo se reparte: el éxito, las enseñanzas, las ganancias, la memoria colectiva, los fans, las anécdotas, las relaciones personales, los mensajes, la historia, la visibilidad, todo. Simplemente que a cada cual le toca lo que realmente busca. Quienes hacen esto por el dinero, tienen dinero, quienes hacen esto por cambiar el mundo, cambian el mundo, quienes lo hacen por aprender, aprenden, e inclusive quienes lo hacen por el inmenso desasosiego que a veces significa vivir, también obtienen algo a cambio. Y esto me reconforta. Sobretodo a sabiendas de que el mundo está de capa caída, de que las brechas sociales son cada vez más absurdas, de que quien piensa distinto es asesinado, de que los unos pelean por lo uno, y los otros por lo otro, de que los polos opuestos no se atraen, y de que, sin haberlo escogido, vivo en una ciudad en la que no para de llover.

 

El único enemigo de todo esto: la mediocridad de espíritu.  

 

Con ustedes, un par de ejemplos, latinoamericanos y no, de artistas y sus discursos.

 

Joao Modé

 

Marilá Dardot

 

Doris Salcedo

 

Olafur Eliasson

 

 

También los invito a dar un recorrido por una muestra que se realizó en Sao Paulo en Septiembre del año pasado, la cual tuve la suerte de ver y que de paso ratifica lo que pienso. Muchas super estrellas y ningún patrón común -más que pertenecer a una mega colección y compartir el espacio destinado a la Bienal- 

 

In the name of the artists


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O, para reir a carcajadas, la actual polémica, tonta y caprichosa, entre Damien Hirst y David Hockney. Como si no les bastara con todo lo que han conseguido. 

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