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Mi primera vez

2012/01/27

Hoy fue mi primera vez. Me duelen los pies y apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero una extraña conmoción me mantiene alerta, entre conmovida y satisfecha. Tenía muchas expectativas. Soñaba con que fuera realidad el mito que aseguraba que en el Hay era posible toparse con Mario Vargas Llosa en el mismo café. Esperaba que las charlas fueran estimulantes. Y todo pasó.

Hubo varios momentos memorables, como ese en el que acompañé hasta su hotel a Marcus du Satoy –matemático inglés que intenta lograr que el mundo entienda que su área de estudio es un lenguaje apasionante y seductor–. Hablamos como si nos conociéramos desde siempre, mientras caminábamos por las angostas calles cartageneras.

Me enteré de que casi pierde el vuelo de Bogotá a Cartagena, y de que su equipaje no llegó, así que andaba por la ciudad amurallada con ropa recién comprada. También me contó que en México, después de dar una conferencia, como muestra de agradecimiento le regalaron un libro de Juan Gabriel Vásquez y me confesó que lo considera un excelente escritor. Emocionado me dijo que su viernes estaba reservado para los niños de un colegio de la ciudad, quienes lo buscaron personalmente para invitarlo a sus aulas y así recibir clase del mejor profesor de matemáticas que podrán tener en su vida. Siempre entregó una sonrisa y yo me habría podido quedar conversando con él por horas.

Pero realmente empecéDiegoluna.jpg a entender el espíritu del festival cuando vi a Diego Luna. Estaba sentado en una mesa cualquiera, comiendo pan y aceitunas verdes mientras estudiaba el poema que recitaría horas más tarde en el antiguo Teatro Heredia.

Accesible y atractivo, habría podido ser una carnada fácil para los medios, pero parecía como si nadie se percatara de su presencia. Solitario, comía y leía sin temor a ser interrumpido, así que le hablé. “Periodista”, “entrevista” y “algún día” fueron las palabras que intentaron llegar al actor mexicano. Él, con un “órale” de por medio, accedió, muy amablemente. La entrevista se haría. Otro día, pero se haría.

Un par de horas después de atreverme a hablarle, me dirigí el Teatro Heredia, donde Luna recitaría “Aullido”, el primer libro de Allen Ginsberg, que cambió para siempre la tradición poética latinoamericana.  Jaime López lo acompañaría en la música. La idea del evento era desconcertante: un actor se pararía sobre el escenario a leer un poema de varias páginas de extensión. ¡A leerlo! Pensé que no podría esperarse mucho de una presentación en la que un hombre se pararía frente a nosotros con los ojos clavados en un papel. Pero claro, estaba equivocada, pues quien lo haría era Diego Luna.

Luna empezó sosegadamente. Poco a poco. Pero la lectura iba en crescendo y de un momento para otro, el público veía al mexicano siguiendo las palabras frenéticamente, entre acordes de guitarra, gritos y silencios. Su acento mexicano fue un elemento seductor que siempre se oyó atractivo a pesar de que su boca pronunciara las palabras más vulgares y caóticas.

Gastó 40 minutos en esa lectura eufórica que mantuvo a gran parte del público atento, aunque vale la pena decir que algunos se aburrieron y a varios no les gustó. Era un evento desconcertante, ya lo he dicho. Después de muchos ascensos y descensos, el poema terminó y el público aplaudió con el mismo frenesí. Una ovación prolongada y conmovedora agradeció el talento de Luna, que a muchos nos quitó el aliento. Comprobó que es un grande y me hizo entender que acercarme a hablarle había sido una osadía.

Unos minutos más tarde me lo encontraría nuevamente caminando por las calles de piedra. Llevaba un morral mal acomodado en su espalda –como lo llevaría un niño de primaria al montarse al bus del colegio– y andaba como un transeúnte cualquiera, no como un artista que acababa de revolver las entrañas de su público.

Ahora espero, abrumada por su talento, el momento de la entrevista. ¿Seré capaz de hablarle?

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