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Releer a Franzen

2012/01/04

Si miro la biblioteca de mi casa, sé exactamente qué libros me he leído, cuáles me gustaron, cuáles no, y puedo asociar unas imágenes, o una sensación específica a un libro, o decir vagamente de qué se trata. Hay gente que cita de memoria poemas, las primeras frases de novelas, los nombres de personajes o situaciones específicas de novelas leídas hace tiempo, y la verdad que lo admiro mucho. A mí me pasa que los libros sobre los que he escrito una reseña o un artículo se fijan más en la memoria, o lo que he tenido la buena fortuna de comentar con amigos (ejemplo: llevamos como un año volviendo a la discusión de Ana Karenina con Manuel o los cuentos de Alice Munro con Julio).

 

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Pero también está la posibilidad infinita de releer. Y con la excusa de una entrevista que tenía que hacerle a Jonathan Franzen hace unos días, me encerré a leer Las correcciones, la novela que publicó en el 2001 y con la que Franzen saltó a la fama cuando se ganó  el National Book Award. Mi copia creo que ya ha sido leído por más de tres amigos, a otros se los he recomendado, pero hasta ahora que lo acabo de leer, entiendo por qué es una novela tan entretenida, conmovedora y reveladora. Las correcciones cuenta la historia de la familia Lambert: Alfred y Enid (papa y  mamá) y sus hijos Chip, Denise y Gary. Chip es un profesor de literatura fracasado, Denise una chef que anda metida en serios líos emocionales y Gary un afluente padre de una familia suburbana a punto de caer en una depresión profunda. Todos quieren alejarse de Alfred y Enid, ser mejores o diferentes, rechazar la herencia familiar. Pero la última navidad que pasan todos juntos, muestra que esas correcciones son casi imaginarias, que hay herencias imposibles de desechar.

 

Leí la novela en el 2003 (lo sé por la inscripción que tiene la primera página, porque me la regaló una persona que era muy cercana y ya no). Recordaba algunas escenas muy divertidas (cuando Chip Lambert se roba un filete de salmón y lo esconde entre sus pantalones o cuando el mismo Chip se masturba sobre un sofá donde había tirado con una novia) pero no el resto: no la fuerza con la que el narrador sigue el descenso de Alfred, el patriarca de la familia Lambert, por los caminos de la demencia y el Parkinson; no la deprimente situación de Gary, quien entre más reprime las similitudes con su papá, más se parece a él; no las turbulentas y confusas pasiones de Denise; no la apoteósica escena del viaje en un crucero de nonagenarios que Enid y Alfred hacen y que termina con una escena trágica y absurda.  No recordaba tampoco lo bien que logra Franzen fusionar el espacio de la casa de los Lambert con su situación psicológica, o cómo hay ecos a través de toda la novela que forman lazos invisibles pero muy reales entre padres e hijos.

 

Franzen, que examina implacablemente cada movimiento emocional y mental de los personajes. Es un observador tenaz y es increíble cómo, después de leer las novelas de él (con Libertad pasa lo mismo), salir de un estado de hiper evaluación propia y ajena. Como un estado alterado de los poderes de observación. En todas las entrevistas, y artículos, Franzen repite una y otra vez que lo más importante de leer es hacerse a un espacio propio, en soledad, y es la soledad del lector la que justifica y le da significado, a su vez, a la soledad del escritor. Este escritor, en particular, se la pasa años produciendo una sola novela. Las correcciones le tardó cerca de ocho años y Libertad otro tanto. Pero esa soledad y ese silencio son necesarios, dice Franzen, entre tanto ruido de los medios, de los celulares, de la televisión. Que un escritor logre crear esa isla perfecta de silencio y actividad,  de ideas y de emociones, alivia también el tedio de leer por leer por leer. 

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