RevistaArcadia.com

Sophie se torció un tobillo

2012/07/03

Arturo, el viejo cascarrabias que vive en el primer piso de mi vetusto edificio, recién me contó una historia. La siguiente historia.

 

Hace unas semanas, y luego de años de no hacerlo, este energúmeno de pelo blanco al que tanto he aprendido a querer -muy a pesar de sus constantes quejas  sobre el volumen de la música-, decidió ir a visitar a su hermana allá en el pueblo que lo vio nacer: Santafé de Antioquia. Este municipio paisa es uno de esos lugares del mundo que a veces pareciera anclado en el tiempo, con cada una de sus casonas de paredes blancas perfectamente organizada, y armando a su alrededor, una preciosa retícula de caminos empedrados. Todo se conserva intacto desde la colonia. En cuanto a su hermana, estaba enferma, pero gracias a Dios –como siempre dice él- no parecía nada grave. Tan solo un resfriado, al cual sin embargo, a la edad de Carmen, hay que darle un especial cuidado. De lo contrario, y de nuevo –Dios no lo quiera- puede convertirse en una bronquitis, o una neumonía casi mortal.

 

Entonces mi viejo vecino iba caminando por una de esas callejuelas simpáticas por las que resulta casi imposible transitar derecho y sin tropezarse, recordando su niñez, y retando el tiempo a través de la memoria. Se dirigía precisamente al famoso hospital del pueblo, para acompañar a su hermana, quien al parecer se recuperaba satisfactoriamente. A causa de la artritis, Arturo deambulaba lento, parsimonioso, pero siempre concentrado. En algo. Entonces dio otro paso hacia delante, bastón en mano, cuando de pronto, justo a unos 3 metros al frente de él, una mujer cae repentina y aparatosamente. Era una mujer curtida, pasados los cincuenta años de edad, con vestimenta anticuada y unas gafas de sol, que junto con ella, cayeron también directamente al suelo. Al parecer había dado un traspié justo cuando miraba el nombre que estaba grabado en la placa de la calle: “Calle vencedora del orgullo y los honores”. Orgullo y honor que lamentablemente había perdido ante la mirada impávida del viejo del 104, quién no pudo evitar ver que debajo de su falda de flores se asomaban unos ridículos calzones color rosa. Él asegura que toda la eventualidad fue culpa de esas gafas oscuras, a las que aún hoy en día y en pleno siglo XXI, no les encuentra ningún sentido. Dice que ese accesorio extraño sólo sirve para ocultar la verdad, disimular un guayabo, o pretenderse bello, cuando realmente no lo eres. Esta mujer sin embargo era bella. Incluso sus arrugas, sutiles y muy finas, que nacían como riachuelos de entre las comisuras externas de sus ojos, la hacían ver sumamente atractiva. Efectivamente, la señora –conclusión a la que llegó él mismo sin querer queriendo- se había torcido un tobillo. Arturo estaba entonces ante una mujer indefensa, acurrucada en el piso, sollozando como una niña pero atrapada en el cuerpo de un adulto. Sentía un conflicto de intereses. No quería socializar, tenía afán, le faltaban fuerzas, estaba cansado, pero sin embargo, debía ayudar a esta pobre mujer. No quería ser el antihéroe de la escena pero tampoco embarcarse en una situación que por muchos motivos le resultaba asfixiante y embarazosa. Entonces decidió que tan solo le preguntaría si estaba bien y esperaría a que ella, al verlo viejo y desvalido, tomara las fuerzas necesarias para levantarse por si sola. Esto, sin darle mayor importancia a él, pero asumiendo que de algún modo era un caballero. Pero algo inesperado pasó. Resulta que ella no hablaba español, por lo cual, la respuesta a su pregunta no fue más que un montón de vocablos y de palabras incomprensibles, que para él, no significaron absolutamente nada. Lo único que pudo denotar, por lo vibrante de la “erre”, era que se trataba del idioma francés. Sí. La dama era francesa. Y no se levantó sola, como él lo había previsto.

 

Él intentaba explicarle la situación de su hermana, de la artritis, de su frialdad hacia los demás y de cómo había visto su tobillo irse de lado al pisar aquella piedra instalada hace más de 500 años. También intentó decirle que todo se debía a sus gafas oscuras que no la dejaban percibir bien las alturas de las piedras, y que para colmo, ocultaban la belleza de su rostro. Que estaba distraída sin mirar al piso, y que todo eso combinado, había resultado en una aparatosa caída. Menos mal, tan solo estaba él alrededor y no muchas personas del pueblo, que aunque hubieran ayudado, probablemente también se habrían burlado y luego armado un imparable alboroto. A toda la retahíla de Arturo ella respondía pacientemente con un remedo de español invadido de esa misma “erre” que a él le resultaba tan confusa. Ahora la mujer tenía la rodilla magullada y sentía mucha pena de ponerse en pie. Entonces acordaron, entre señas, palabras y dialectos intermedios, que él la ayudaría a pararse y luego ambos seguirían su camino. Pero entonces ella, señalando su cámara fotográfica, le puso una condición, y era, que le tomara un par de fotos justo ahí, en ese momento, para recordar su torpeza y lo incómodo del momento. Una ahí tirada sobre el camino con su raspadura al aire, y la otra, como si nada, mirando cual turista hacia la placa en piedra que aún seguía inmóvil, sobre la pared, y presenciando todo el incidente. Entonces el viejo loco que a veces me ha gritado porque mis amigos me visitan, estaba a un solo click de proseguir con su vida.

 

Pero no fue así. Hecha la obturación, hechas otra serie de preguntas. Al instante la chica sacó una libreta y anotó un par de cosas, le preguntó su nombre y le pidió más datos. Decidió incluso escribir un pequeño párrafo mientras él intentaba escaparse. Entonces él le preguntó que si era escritora. A lo cual ella respondió locuaz que sí, pero que en vez de escribir sus libros en papel, como los demás autores, lo hacía a manera de exposición sobre las paredes. Imágenes y textos. A veces videos. A veces escenografías. Arturo no entendía nada. Y no sólo por su raro acento. De pronto fue ella quien se apoderó de la palabra. Le contó toda una serie de rumores. De un señor que hacía graffitis por el mundo pero nadie sabía quién era, que otro había cortado una vaca en dos y la conservaba en formol, que había una chica que se operaba su cuerpo para tomarse fotos, que otro quemaba todo lo que hacía y que habían quienes pagaban con sus propios dibujos de billetes. Por un momento él dudó si ella le estaba diciendo la verdad. Inclusive pensó que la caída no había sido más que una treta egoísta para enredarlo en alguna de aquellas historias. Tal vez tan solo pretendía burlarse de él. Finalmente, y al ver que el hombre miraba sospechoso e incómodo, ella le entregó una tarjeta en donde había algo escrito. Arturo no supo leerla bien. Según me explica, porque botó el papel, la segunda palabra era Calle. Así que algo tendría que ver con eso. Tal vez coleccionaba nombres de calles o viajaba como turista por el mundo tomando el mismo tipo de fotos. Al fin y al cabo el mayor interés de ella fue aquella placa con el nombre de ese caminito de Santafé de Antioquia que conduce al hospital.

 

El resto de la historia ya hace parte de la vida privada de mi peculiar vecino y de su hermana, quien al parecer no solo sufría de una gripa común y corriente. Lo cierto es que aquí, tomándose un café en mi apartamento, eso fue lo que me contó. Él nunca entendió mi intenso interés en la historia, ni tampoco la razón para que yo tomara notas al respecto. Yo le expliqué que me gustaban las historias de la gente, quienquiera que fuera. Y que probablemente usaría esa en particular, para escribir en mi blog. Él aún no sabe qué diablos es un blog.

 

 

sophiecallebogota2.jpg

 

Hasta el 17 de septiembre, en una de las salas del Museo de Arte Moderno de Bogotá, usted podrá visitar la exposición “Historias de pared”, de la afamada artista francesa, Sophie Calle. Allí presenta 4 series importantes de su trabajo: Dolor exquisito, Los ciegos, Ver el mar y Sin sexo anoche. 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.