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Y todos a comer del muerto más célebre: Joe Arroyo

2012/03/26

silva.jpgHace unas noches fue el lanzamiento del libro de un periodista que trabajó en Semana y ahora en El Tiempo. El periodista lleva a cuestas dos premios Simón Bolívar y un India Catalina. La editorial, Random House, organizó un lanzamiento como pocos se ven en este showbiz literario: Orquesta La 33, dos copas de vino per cápita y pasabocas, todo en un bar de moda del parque de la 93. La mayoría estaban ahí por el gancho del vino, los pasabocas, el bar de moda, la Orquesta y el tema del libro en cuestión. O al menos yo sí.

 

El presentador—un costeño, narrador de partidos de fútbol y papá de otro periodista reconocido—elogió al periodista y su libro y luego le cedió el micrófono al periodista quien, muy amablemente, reveló todos los secretos del libro y anunció su intención de hacer justicia. Resulta que a Joe Arroyo, cantante estelar de salsa y compositor, fue explotado por su tercera mujer, Jacqueline Ramón, al punto de provocarle la muerte. Ella y el manager Luis Ojeda firmaron contratos por Arroyo, lo alejaron de su familia, lo encerraron en un apartamento, lo manipularon, y lo obligaron a cantar a sabiendas de que estaba enfermo y moriría.

 


Abelardo.jpgLas hijas del cantante reclaman en todos los medios que a su papá lo mató esa señora. Menos de un mes después de su muerte el 26 de julio de 2011, el archifamoso abogado Abelardo de la Espriella (el mismo abogado de David Murcia, Mr DMG) tomó el caso. Según reza una noticia de El Universal, el 12 de agosto de 2011, ante la Fiscal General de la Nación, Vivianne Morales, denunció el abogado Abelardo De la Espriella a Jacqueline Ramón, viuda de Joe Arroyo, por los presuntos delitos de homicidio preterintencional, fraude a resolución judicial y la inasistencia alimentaria”. La elección de abogado indica, de entrada, que habrá publicidad y mucho dinero. (Por cierto, el penalista lanzará un delicioso libro esta Feria del Libro, que es realmente, una entrevista que le hace el publicista Angel Becassino, quizás el mismo publicista que le tomó las fotos para su web de Lawyers Enterprise). (foto tomada de la web Lawyers Enterprise)

 

Hasta ahí la tragedia del cantante.

 

A ésta, se suma la tragedia del periodista (que por cierto, pasa de agache en su propio libro con las acusaciones a RCN). Mientras que Arroyo fue abusado por la maléfica Jacqueline, el periodista fue abusado por RCN, la cadena que realizó una telenovela basada en la vida del cantante. El 5 de diciembre de 2011, reporta Semana.com: “Con la ayuda del abogado Jaime Granados Peña, el pasado 27 de noviembre el periodista Mauricio Silva interpuso demanda en la Fiscalía contra el canal RCN, afirmando que varios capítulos de la telenovela El Joe, la leyenda están basados en la biografía que él [Silva] escribió. Uno de sus argumentos más dicientes es que el canal en un principio se mostró interesado en comprar los derechos para adaptar el texto en formato televisivo.”

 

Pero hasta ahí no va la tragedia del periodista.

 

Yo diría que la tragedia continúa con la publicación de su mediocre libro ¿Quién mató al Joe?, el mismo librito de 100 hojas lanzado hace unas noches en el parque de la 93, un librito escrito en el tono y el estilo de El Espacio. Haciendo uso de un lenguaje sensacionalista y plagado de clichés, el periodista construye una investigación especulativa, basada en el testimonio de las implicadas en un caso judicial que, de responder a la pregunta que lanza el periodista con la respuesta que propone una y otra vez (i.e. Jaqueline Ramón, tercera esposa de Joe Arroyo, mató a su marido), se ganarían  el dinero que su papá, al parecer, nunca les dio.


Si uno lee bien el texto de Silva, lo primero que destaca es que Arroyo no fue un papá atento a las necesidades económicas de sus hijos, por ponerlo en términos blandos. “Tanto Tania como Adelita [las dos primeras hijas de Arroyo] se las arreglaron para sobrevivir por su cuenta en Barranquilla, en vista de que su mamá, durante casi toda la década de los ochenta, se dejó llevar por el vicio y la pena que le produjo haber perdido su amor adolescente. Por entonces, la ex señora de Arroyo deambulaba las calles y ‘ollas’ de Cartagena, al borde de la indigencia. Las niñas, muy valientes, habitaban solas una casa de la Ciudadela 20 de julio, cerca al estadio metropolitano de ‘La Arenosa’”(45).  


Páginas más tarde, Silva explica la turbia movida económica que realizó el cantante justamente para no girar dinero por una demanda de manutención entablada por la mamá de un hijo ilegítimo: “Vale la pena aclarar que el Joe, huyendo de una demanda por alimentos que le había interpuesto Gloría Godín a mediados de los años 80, comenzó a desviar las ganancias de sus canciones cuando traspasó los títulos da nombre de doña Ángela [mamá de Joe]” (50).

 

Eso sí, Arroyo, que era muy caritativo, le pasaba unos dólares a Jacqueline antes de casarse para ayudarle con los gastos de un hijo que no era de él sino de Diomedes Díaz. Al respecto, confesó Arroyo en 1999: “me siento culpable porque yo fui quien le presentó a Diomedes [a Jacqueline] y ese man nunca le respondió [por el hijo]. Por eso la ayudo” (40).


Si uno sigue leyendo el texto de Silva con cuidado, nota más cosas extrañas. Por ejemplo, el  libro arranca con la reconstrucción de una conversación telefónica de Arroyo con su amigo Chelito de Castro el 26 de agosto de 2010. La primera frase de la conversación, y del libro, es: “Me quiero morir, mi hermano”. Sin dudas, el diálogo es un gancho maravilloso para un libro que pretende responder a una pregunta que no es retórica, i.e. ¿quién mató al Joe?

 

Pero el protagonista de la conversación es Arroyo, el mismo Arroyo que Silva consideraba una fuente incierta de su propia vida. Según aclara Silva en entrevista con Semana.com: “Yo al ‘Joe’ lo deseché como fuente de su vida desde el 2004 por impreciso y cuentero. Y él no lo hacía de malo, sino que era medio mitómano y, además, tenía una pésima memoria”.


Pero quiero hablar es del estilo del libro. El estilo y el lenguaje, que es lo mío, y no el periodismo, que ningún Simón Bolívar me han dado por eso.


Hay que ver, por ejemplo, la elección de sustantivos


“Siendo apenas un cachorro de diez años, su familia se mudó…” (19)


“como el protagonista de la peor película de terror del mundo, el zombi que lo había aguantado todo [Joe Arroyo], finalmente cayó” (75)

 

 

 las sesudas explicaciones psicológicas del cantante y de su relación con las mujeres


“el corazón del Joe estaba destinado para recibir y devolver leñazos, casi todos ellos acrecentados por su carácter quebradizo y por su inocente torpeza a la hora de enfrentar conflictos” (21)


las sutiles sugerencias sobre el carácter de Jacqueline, la arpía del cuento,


la tercera esposa del Joe encontró en la blanda personalidad del locutor barranquillero el recipiente perfecto para cometer sus bellaquerías” (50)


y el peso que le otorga a las suposiciones de la segunda mujer de Arroyo, Mary,


“Jacqueline lo tenía muy vigilado y cuando él decía que se iba solo, estoy segura que lo drogaba para que se quedara” (69)

 


Para que la historia cuaje es importante, además, presentar a Arroyo como un idiota, sin capacidad de oponer resistencia, de huir o de tener un solo pensamiento independiente. Esta escena, que describe Adela, una de las hijas de Arroyo, raya en la imbecilidad:


“Cuando mi papá estaba dormido, ella [Jacqueline] se iba y lo dejaba solo todo el fin de semana encerrado en el apartamento. Cerraba la reja exterior de la puerta con candado. Así que, una vez más, tuvimos que hacer la visita de los reos: él desde adentro del apartamento y yo desde afuera, como en la cárcel” (71).

 

Lástima que nadie le hubiera contado a Adelita que existen unos tipos llamados cerrajeros. (Por cierto, es un poco raro que la demanda la interpongan las otras hijas de Arroyo, Eykol y Nayilive, y no Adela).


Eso sí, hay que reconocer que el libro de Silva tiene algo muy bueno. Según reporta el diario El Nuevo Día, buena parte de las ganancias del libro serán destinadas a una fundación que dirige el mismo periodista Silva (!) “para donar orquestas de salsa y fomentar el arte en las escuelas públicas”.

 

Otra parte de las ganancias quizá las destine la editorial Random a cubrir la cuenta del lanzamiento, que dio mucho de qué hablar. Esa era la idea, ¿no?

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