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Venia a Carlos Fuentes

2012/01/28

Fuentes.jpgSe veía impecable en el escenario. Blanco, blanquísimo. Sus cuerdas vocales han sido testigos del paso de la vida y por eso su voz se sentía menos nítida que aquella de las otras dos personas que lo acompañaban en la tarima: los colombianos Santiago Gamboa y Juan Gabriel Vásquez. Se veía feliz, radiante.

La charla duró una hora, pero se sintió cortísima. Fuentes podría entretener por horas a cualquier oyente consciente del valor de sus palabras. Gamboa y Vásquez armaron un camino que le permitió al escritor mexicano insertarse en un ir y venir del pasado al presente que le dio al público la posibilidad de aprender de la historia y, al mismo tiempo, conocer la posición de Fuentes frente a la actualidad.

Pero lo más interesante fue el pasado…

Fuentes y el pasado son íntimos amigos. El presente y su literatura, por el contrario, no se llevan muy bien. “Intenté escribir una novela sobre Carlos Pizarro Leongómez pero cada vez que pasaba algo nuevo quedaba obsoleta, era una novela demasiado cercana a la realidad; en cambio, en una temporalidad distinta, como en Terra Nostra, veo lo que la historia no hizo, lo que no cumplió”, dijo anoche en el antiguo teatro Heredia.

Por eso su obra se ha caracterizado por volver al pasado, así como la de muchos otros escritores de su generación. “Nuestra novelas recuperaban el pasado porque debían decir lo que no se había dicho antes”, comentó Fuentes. Para el mexicano, América Latina tuvo una literatura muy pobre durante muchos años, debido al yugo español y al deseo de imitar al primer mundo, así que el boom llegó con la necesidad de devolverse en la historia, contar lo que antes era innombrable e inventar una voz propia.

Fuentes contó que esas similitudes en la forma de aproximarse al mundo y a la literatura  fueron las que lo unieron a Gabriel García Márquez, a quien primero conoció a través de la lectura de su obra –que, para él, “es la manera más profunda de conocer a alguien” –. Luego, entablaron una amistad. Compartían las mismas debilidades, las mismas referencias, los mismos chistes. Por eso supo de primera mano que Gabo escribiría ‘Cien años de soledad’. “Me contó que le había dicho a Mercedes: ‘Llena el refrigerador porque de aquí no salimos hasta que termine’”.

También fue amigo de Cortázar. Un hombre “desgarbado, alto, flaco, inocente, enojado, creativo. Buscábamos salir de nuestros países, y Julio lo tenía a la mano, porque Argentina y Europa son realidades interrelacionadas”.

Además de hablar de Gabo y de Cortázar, recordó a Buñuel, un hombre de gustos muy peculiares que inspiró a Hitchcock, que produjo cine brillante y también una película que Fuentes recomienda que nunca, nunca veamos: ‘Gran Casino’, con Jorge Negrete.

Oírlo hablar es como entrar a una escena de ‘Medianoche en París’. Por eso es que dan ganas de que no deje de hablar. Uno se transporta, logra meterse en otro cuerpo, otro espacio, otro tiempo. Y son días de revoluciones, de liberaciones, de pensamiento. ¿Quién querría salirse de ahí?

Para Fuentes el pasado no solo es literatura, sino identidad. Solemos admirar esa fuerte alianza que tienen los mexicanos con sus raíces y pensamos que su nacionalismo cultural nace de un amor desmedido por el pasado; no obstante, lo que se piensa desde afuera es muy diferente a lo que se siente desde adentro. Para Fuentes, ese pasado es una especie de maldición que ha hecho que los mexicanos sean conflictivos y melancólicos, pues cargan con una cultura muerta sobre los hombros: la cultura indígena que el conquistador Hernán Cortés decidió eliminar a su llegada a Tenochtitlán.
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Por eso Fuentes piensa que los mexicanos viven en varios tiempos a la vez, ya que el pasado constantemente se asoma a la puerta. Sus compatriotas añoran un mundo desaparecido y por eso para ellos la modernidad suena hueca y es tan difícil de alcanzar. Después de que Fuentes pronunciara estas palabras, el público se sintió conmovido, conmocionado e identificado. Los espectadores se desbordaron en aplausos, mientras trataban de asimilar la complejidad y la belleza de su discurso, que parecía poesía.  

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