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O marinheiro

Adaptación de la obra de Fernando Pessoa a cargo de la compañía del Teatro Matacandelas. Donde: Teatro Matacandelas Calle 47 No. 43 - 47 Medellín. Cuando: Del 2 al 13 de noviembre. Función del 2 de noviembre, entrada libre. 8:00 p.m.

Inicia: 2010/11/02

Termina: 2010/11/13

Fernando Pessoa en O marinheiro (El marinero) se convierte en dramaturgo de un tirón y de una sola obra. Obra radical, rotunda, obra sin concesiones que sólo podría referenciarse en ese llamado poeta de las pesadillas, creador de paisajes amorfos y climas enfermos que fue Maeterlinck; y así lo reconoce el poeta de la lengua portuguesa.

Asombra comprobar que O marinheiro en algo más de cuatro décadas se adelanta a Comedia de Beckett, obra que constituye otro gran experimento del teatro estático, tan caro al implacable cómico irlandés frecuentador de juegos y silencios. Lo que sí constituye un desatino es pretender alinear el drama lírico de Pessoa en la ruta beckettiana, más aún lo es tratar de asociarlo con Ionesco.

O marinheiro es un canto de las profundas fuerzas interiores que mueven el extraño que nos habita, es una lírica de fuerzas ocultas -Pessoa fue médium-, un asunto de la escena que está más cercano a una sesión de espiritismo que a un convencional espectáculo teatral.

Si en esta versión del Teatro Matacandelas el asistente logra entrar en un asomo de trance hipnótico, la intención de la puesta en escena se habrá cumplido, pues ella está concebida como un rito de participación síquica para que aquellos que nos acompañan entren en un leve sopor de esporádicas tensiones. Es un teatro sin movimiento, sin acción externa, de horizontes apenas vislumbrables, que quiere llevarnos al principio de la filosofía oriental: el máximo movimiento es la quietud, el mayor lenguaje es el silencio; donde es válido añadir el axioma de una teoría moderna occidental: en arte lo menos es más.

En el entorno del espacio físico (el teatro no sucede en ninguna parte, sólo en el corazón de los espectadores) el espectador avisado podrá encontrar un paisaje de Magritte, o de un Delvaux, puede que un Dalí, una visión que se alterna entre la plenitud simbolista y los azules celestes del surrealismo.

Nuestro punto de partida, vale decir nuestro espectador modelo lo pedimos distendido, ritual, esotérico, sin prisa, seres predispuestos a la otredad, más cercanos a las huellas improbables del más allá que a las palpables voces y figuras de la realidad.

En todo caso espectadores seducibles en el drama antes que en la trama, en este largo poema estático que resultará aburrido para quienes no se sientan urgidos por presencias extrañas.

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