La era de los algoritmos

Agenda

La era de los algoritmos
El siglo XXI cumple en 2018 su mayoría de edad y el futuro ya está aquí, instalado entre nosotros, para quedarse. Para hacernos la vida más fácil pero también para hacernos la vida mucho más difícil.
Por: Fernando Travesí02/01/2018 08:54:00

El año que está comenzando nos enfrenta a una cruda realidad: el siglo XXI alcanza su mayoría de edad. O, al menos, todos los que nacieron con él cumplirán antes o después durante los próximos 365 días, 18 años.

Sí, aunque le parezca que fue ayer, fue hace dieciocho años y el siglo ya es mayor e independiente para emanciparse, para entrar y salir sin dar explicaciones, para firmar contratos, para ir a la cárcel, para salir del nido, irse de casa y volar por su cuenta. Para vivir sin la supervisión de un adulto responsable y seguir evolucionando con la energía vertiginosa de la juventud.

El futuro ya está aquí.

Todo lo que en el siglo pasado pensamos en clave de ciencia ficción ya forma parte de nuestra realidad cotidiana: hologramas, pantallas táctiles, realidad virtual, híper conexión…  Todo ha llegado para quedarse y lo ha hecho sin dramas ni aspavientos, sin hecatombes, escándalos ni grandes terremotos; sin brusquedad ni momentos apocalípticos. Entrando sin llamar, deslizándose silencioso por la rendija de la puerta y poniéndose cómodo para moverse entre nosotros con las zapatillas de andar por casa.

El futuro era esto:

El gobierno chino ha puesto en marcha un sistema de crédito social de sus ciudadanos. Una calificación individual que deriva de las decisiones que cada uno tome en su vida diaria: sus hábitos de consumo, lo que haga en su tiempo de ocio, a dónde vaya, con quién interactúe etc. y en el que cada una de la acciones puntúa en positivo o negativo según un baremo de “buen ciudadano” establecido por el Estado.

Algo muy fácil de hacer hoy día, si tenemos en cuenta que vivimos en una nueva era de algoritmos que pueden analizar, clasificar y emitir juicios inmediatos sobre nuestra información; y que, con cada paso que damos, vamos dejando una huella digital indeleble y todos nuestros datos, nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestras declaraciones y movimientos quedan registrados en el ecosistema Google, en Facebook, Twitter, Instagram etc.

Con este sistema gubernamental cada ciudadano obtiene una calificación de ciudadanía que determina su grado de credibilidad frente al Estado y frente al resto de la sociedad. Una clasificación que es pública y, por tanto, condiciona y determina la percepción de los demás a la hora de acceder a un trabajo, a una hipoteca, a ser admitido en un club o en una universidad… y, quién sabe, puede que también en un restaurante que decida “reservar su derecho de admisión” a los ciudadanos más respetables; que una aerolínea lo considere para darte un ascenso de categoría en un vuelo; o, mucho más grave, que haya un hospital que restrinja sus mejores servicios a aquellos con mejor nota en fiabilidad social o la calificación condicione para, por ejemplo, obtener un pasaporte.

Pues eso es lo que hay. Y lo hay ya: a día de hoy es un sistema operativo y voluntario pero será obligatorio en China a partir del 2020 para personas físicas y jurídicas. Y aunque algo muy parecido ya existe en los Estados Unidos (en donde hay un índice público de “historial de crédito” que, en caso de no ser óptimo puede convertir el simple intento de tener un plan de teléfono celular en misión imposible) la aplicación del sistema a todos los aspectos de la vida cambiará para siempre las relaciones entre el Estado y sus ciudadanos. Y entre los ciudadanos entre sí.

Hasta hace solo unos meses, el futuro era eso. Representado magistralmente por un capítulo de esa genialidad que es la serie inglesa Black Mirror y que usted reconocerá al instante si tiene la buena suerte y acierto de seguir.

Hoy, eso mismo es ya presente en forma de política pública en un país pujante, líder reconocido y legitimado por la comunidad internacional por su comercio, industria y capacidad económica.

El mañana, ver cuánto tardan otros gobiernos proclives al autoritarismo (a veces obvio y burdo, a veces más sutil y, como hoy y como ayer, siempre maquillado y disfrazado de “defensa del interés del ciudadano”) en copiar e instalar la medida en sus países. O en los nuestros…  

Pues eso, feliz 2018 y bienvenido a la era de los algoritmos.

LO MÁS VISTO