Los siete enanos que sobrevivieron a Hitler

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Perla, una miembra de la familia Ovitz. Cortesía Editorial Planeta.
'En nuestros corazones éramos gigantes' narra la historia de los Ovitz, una familia de enanos que logró sobrevivir a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Acá un fragmento del texto.
Por: RevistaArcadia.com03/10/2017 16:39:00

Rozavlea, 1923

La casamentera pudo encontrarle esposa a un viudo con diez hijos. Pero Batia Ovitz, con treinta y nueve años y recién enviudada no tenía esperanza alguna de encontrar un hombre que quisiera cargar con el peso de proveer por ella y sus hijos, cinco de los cuales eran menores de catorce y siete de ellos enanos.

La familia luchó por reacomodarse. Avram acababa de cumplir veinte y decidió meterse en los zapatos de su padre, ya había acompañado a Shimshon Eizik en sus viajes como aprendiz y lo había observado interpretar los roles de rabino y de badchan. Con el mismo molde que su padre, en ocasiones se trepaba a la mesa y se le unía para animar al público. El acto en doblete de los enanos tenía un éxito enorme.

Entonces como nuevo proveedor y cabeza de familia, Avram Ovitz se esmeró por mantener los contactos de su padre en las aldeas regadas por toda la región, con la ayuda del siempre leal Simon Slomowitz, quien había sido su cochero y asistente en los viajes. Con el tiempo comenzó a ganar confianza, compuso sus propias líneas ingeniosas y desarrolló un estilo propio de interpretación.

Perla tenía dieciocho meses cuando su padre murió y no recordaba nada de él. De niña al único hombre al que llamaba “Papa” era a su hermano Avram. Nadie en casa la corrigió, quizás por lástima: sus hermanos quisieron posponer la amarga verdad de su orfandad de padre durante tanto tiempo como les fuera posible. Avram se hizo cargo de su educación, probándola en los estudios. Cuando quería dulces recurría a Avram por dinero. Cuando cumplió seis años era casi de su estatura, pero esto no le pareció extraño.

Un día, mientras Perla le ayudaba con sus tareas a una amiga que vivía cruzando la calle, comenzó a jactarse de la generosidad de su padre. La madre de la niña escuchó los alardes de Perla y se sintió en el deber de corregirla.

“Realmente no puedes llamarlo padre, ¡él es tu hermano!”, le dijo a Perla.

“Él también es mi padre, me da todas mis cosas. ¡Todo el mundo tiene un padre y yo también!”, respondió Perla. Pero la vecina no quería dejarlo. “De hecho tú no tienes padre! ¡Está muerto!”. Perla se fue corriendo a casa. Llorando le contó a sus hermanas lo que la vecina le había dicho. “¡Está mintiendo!”, sollozó. “¡Vengan a decirle que se equivoca!”. Mientras sus hermanas la abrazaban e intentaban consolarla creció en ella la idea de que tal vez la vecina sí estuviera diciendo la verdad. Entonces, por primera vez, sus hermanas le contaron la historia de su verdadero padre, Shimshon Eizik. En los años venideros Perla tuvo que morderse la lengua cada vez que la palabra “papa” se le resbalaba cuando se dirigía a su hermano Avram.

La tribu Ovitz zumbaba con una alegría parecida a la de las abejas. Cada miembro interpretaba un papel específico dentro del hogar y la madre Batia era la directora. Las adolescentes de estatura promedio, Sarah y Leah, se hacían cargo de las tareas físicas diarias como la limpieza y la cocina, o cargaban los canastos con la ropa para lavarla y estregarla en el río Iza sobre un tablón de madera. Durante años también hicieron los arreglos de costura, hasta que Elizabeth y Perla fueron lo suficientemente grandes y hábiles como para confeccionarles la ropa a todas sus hermanas.

Los enanos se rehusaban a usar ropa de niño: “Se ven ridículas en nosotros. La gente tiende a ver a los enanos como niños y nosotros queremos vernos respetables”. La brecha de edad entre la hermana mayor y la menor era de treinta y cinco años, pero ya que tenían casi la misma estatura y tamaño podían ponerse la misma ropa. Con sus vestidos rosa o azules a menudo las confundían con mellizas o trillizas. Las cinco enanas también se peinaban las unas a las otras y se pintaban las uñas con esmaltes brillantes. Nunca se ponían tacones pues eran muy inestables para caminar y no representaban ninguna diferencia real en sus estaturas. “De todas formas nuestros zapatos tienen que ser hechos a la medida, tienen unas suelas inusualmente anchas”.

El interior de su casa de madera, pintada de blanco, recordaba a una casa de muñecas. Estaba decorada con muchos lazos y tapices, tenía lavabos bajos, camas con las patas serradas y estaba amoblada con sillas pequeñas y muchos taburetes. Los cuatro miembros de tamaño promedio tenían que ajustarse al resto, aunque también había muebles que se acomodaban a ellos y a los huéspedes ocasionales. Los enanos tenían que ser muy precavidos cuando utilizaban la letrina que quedaba en el patio, un simple hueco cavado en el suelo. Una grada de madera, construida solo para ellos, estrechaba el agujero para evitar que se cayeran.

Los Ovitz tenían todo lo que necesitaban en su pequeño paraíso. El jardín del frente estaba lleno de flores y el patio trasero era una huerta con manzanas, ciruelas, duraznos, peras, uvas y avellanas. Criaban pollos y gansos, y mantenían a unas cuantas vacas en el cobertizo. Tenían que contratar ayuda para recoger la fruta, ordeñar las vacas y sacar el agua del gran pozo de piedra ubicado enfrente de la casa, pero eran capaces de hornear su propio pan, ahumar sus propios gansos, batir su propia mantequilla y hacer mermelada.

La casa de los Ovitz quedaba en la calle principal de Rozavlea. Los parientes de Shimshon Eizik Ovitz, sus tres hermanos y hermana, vivían cerca con sus familias. Los dos hermanos menores, Israel Meir y Lazar, también tenían inclinaciones artísticas y el tío Lazar, junto con su esposa y diez hijos, formaron un grupo de música klezmer que tocaba en bodas. Influenciados por las bandas gitanas locales, los ahora famosos klezmers, la palabra hebrea en yidis para decir “músicos”, habían estado tocando tonadas populares, canciones para bailar y melodías jasídicas por toda Europa a lo largo de los siglos. Eran populares no solo dentro de las comunidades judías, sino también entre los dignatarios no judíos de los pueblos y la burguesía, quienes preferían a los klezmers judíos por encima de su contraparte gitana, pues la música gitana era considerada vulgar.

“El corazón es como un violín: afinas sus cuerdas, charlas con ellas y producen tonadas melancólicas”, dice un proverbio yidis. El violinista —en un cuadro famoso Chagall lo representa deslizándose con su violín sobre los techos de la aldea— era el líder de la banda de klezmer. El siguiente en importancia era el clarinetista, cuya música podía hacer aguar los ojos y mover los pies al mismo tiempo, mientras que el bajista creaba los fundamentos rítmicos y armónicos. Ya que el propósito primordial de la banda era llenar la pista con bailarines, el ritmo de la percusión era firme y estable. En vez de un piano, las bandas más grandes tenían un acordeón y también un címbalo.

Como todos los klezmers, Lazar Ovitz y sus hijos eran músicos naturales sin ninguna educación formal en música y no podían leer notas. Espontáneos, diestros improvisadores, dominaban sus instrumentos mediante el instinto y la emoción, y tocaban en éxtasis. Había alrededor de cinco mil klezmers en Europa central durante esa época. La competencia era tan intensa que en ocasiones una banda le pagaba a los padres para tocar en una boda, con la esperanza de tener alguna ganancia con las propinas que recibirían por interpretar las melodías favoritas. A pesar de las ganancias exangües, los klezmers se aferraban a su profesión pues esta también representaba su pasión, así tuviera que ser financiada mediante otros trabajos; por ejemplo, Lazar Ovitz y sus hijos eran negociantes de caballos. Tanto el badchan como el klezmer se ganaban la vida en bodas y disfrutaban de distintos grados de estima, pero la sociedad judía valoraba más las palabras que las melodías. El badchan adquiría un mayor respeto por su facilidad verbal y su conocimiento que el klezmer de clase baja, cuya joie de vivre estaba alineada con la inconstancia.

Portada del libro

Los músicos de la mayoría de bandas de klezmers no se unían por algún azar del destino, sino que continuaban con una tradición familiar, con el talento y las melodías que habían heredado de sus padres y de otros familiares. De esta manera fue que Rozika y Franziska comenzaron a tocar el violín: recibieron la música y su dominio de su tío y vecino Lazar. Sin embargo, para las familias piadosas era inconcebible oír que las mujeres viajaran solas, por lo que las dos hermanas violinistas acompañaban a su hermano Avram en sus idas a las bodas. Los tres enanos Ovitz se convirtieron prontamente en una atracción mayor, las chicas emocionaban a las audiencias con sus violines pequeñísimos y se ganaban los aplausos cuando cantaban con sus voces agudas. Así comenzó un patrón familiar: cada niño aprendía a tocar un instrumento y a los dieciséis se unía a la compañía musical de los Ovitz.

*

Estar rodeada por seis hermanos y hermanas de su misma altura le hizo más fácil a Perla lidiar con su enanismo.

Como todos los niños yo esperaba sumar algunos centímetros cada año y crecer como una flor. Pero cuando veía a los demás me daba cuenta de que nunca sería alta. Me salvó de sentirme inferior y me ayudó a aceptarme como era. En mis sueños mis brazos y piernas no crecen, y nunca he fantaseado con un hada buena que venga a doblar mi estatura. Ser un enano no es un castigo. La diferencia de altura no disminuye mis placeres. Nuestra vida vale tanto la pena como la de cualquier otro.

El 1 de diciembre de 1918 —dos años antes del nacimiento de Perla— Rumania anexionó a Transilvania desde Hungría como parte de los tratados de paz de la Gran Guerra. El mayor cambio se sintió en la escuela, pues el idioma oficial pasó a ser el rumano y la cultura húngara fue públicamente erradicada. Al igual que la mayoría de los judíos transilvanos, los Ovitz se enorgullecían de sus conexiones culturales e históricas con Hungría, y las mantuvieron en casa. Perla aprendió el idioma y las viejas canciones escuchando a sus hermanas. Tenía un oído musical y una buena voz para cantar: “Desde la infancia imitaba a mis hermanas y cantaba de la mañana a la noche, dándole a todo el mundo dolor de cabeza. Nuestro doctor inquilino a menudo me sobornaba con chocolates para mantenerme callada”.

Era una niña despierta y comenzó a leer incluso antes de empezar a ir a la escuela primaria local, que quedaba a unas pocas casas de la suya. A pesar de que podía recorrer sin problemas la corta distancia entre su casa y la escuela, a menudo se encontraba en los brazos de profesores y compañeros de clase, quienes no querían tanto aliviarla del esfuerzo sino divertirse con la alegría de saltar por ahí con una muñeca viviente. Nadie se preocupaba de pedirle permiso y ella no protestaba, temerosa de perder su compañía. Le gustaba en particular jugar a las escondidas con su vecino Arie Tessler. Cada vez que la atrapaba, y de manera espontánea, le daba vueltas por todo el cuarto en señal de victoria. “Siempre pensé que tenía mi edad y solo hasta hace muy poco supe, para mi sorpresa, que ella era seis años mayor que yo. Su constitución diminuta me engañaba”, recuerda Arie.

En las obras de teatro de la escuela a menudo hacía el papel de bebé en la cuna, un rol que parecía no importarle. Sin duda, no extrañó la humillación diaria en el tablero con los ejercicios de aritmética, pues no alcanzaba a la pizarra. También estaba exenta de hacer gimnasia y evitaba el patio de la escuela durante los recreos, por temor a ser golpeada por los niños de tamaño promedio. En cambio, utilizaba este tiempo para hacer sus tareas, y así se volvió popular entre sus compañeros porque gustosa los dejaba copiarse de sus cuadernos. “Todos me necesitaban para sus estudios, luego nunca se burlaron de mí y me trataron con respeto”. A cambio, por su ayuda la escoltaban a casa, le llevaban los libros y la protegían de los perros que le parecían inmensos y amenazantes. Un perro, sin importar cuán amigable, podía arrollarla solo con rozarla o al intentar lamerle la cara.

Un día entre clases Perla estaba parada sola dentro del salón vacío mirando un gran mapa de Rumania. En su mano sostenía el puntero del profesor que era más grande que ella. No se percató de que un supervisor había entrado, hasta que gritó: “¿Qué estás haciendo aquí, niñita?”. Por unos instantes permaneció estupefacta, pero pronto recuperó la compostura. “Estoy estudiando. Me sé el mapa de memoria y puedo señalar cualquier lugar que quiera, incluso de espaldas a la pared”, se jactó. El supervisor la retó a que encontrara Cluj, y miró incrédulo mientras ella se giraba y, como una maga, levantaba el puntero y señalaba el lugar exacto. Sorprendido le empezó a preguntar más pueblos y luego montañas. Cada vez la punta del señalador caía en el lugar preciso. Este acto la hizo famosa en la escuela y lo repitió una y mil veces. Ni siquiera una vez reveló un ápice de pánico escénico.

Momentos de gran felicidad para la familia fueron aquellos en los que, una tras otra, las tres mujeres enanas se casaron. La primera fue Rozika, la mayor, para ese entonces ya una vieja doncella de cuarenta, quien, el 2 de mayo de 1927, se casó con su primo de veintiocho años, Marcus Ovitz. La brecha de doce años en sus edades no era evidente pues, como la mayoría de los enanos, ella parecía más joven de lo que decía su edad. La siguiente en casarse fue Franziska, quien se unió con Marcel Leibovitz, y la siguió Frieda, quien intercambió votos con Ignaz (Izo) Edenburg, un electricista de la aldea cercana de Sighet. Los chismosos de la aldea, quienes no podían sobreponerse al hecho de que los tres esposos fueran hombres sanos y de estatura normal, concluyeron que debieron sentirse atraídos por la fortuna familiar.

Dado que las tres recién desposadas se rehusaron a dejar su parentela, los maridos no tuvieron más remedio que mudarse allí. Cada pareja tenía una habitación propia y se esperaba que los nuevos esposos se ganaran su lugar ayudando a la familia enana con las tareas cotidianas. Este arreglo aplicaría a todas las futuras uniones también. Algunos esposos se ajustarían. Otros lo encontrarían muy complicado y se divorciarían. “Mis tíos y tías, los siete enanos, estaban tan apegados entre sí, que parecían una criatura mitológica con un cuerpo y siete cabezas”, comenta el sobrino de Perla, Shimshon Ovitz, quien fue bautizado así en honor de su abuelo.

El verano parte temprano en Transilvania y a menudo septiembre es un mes caprichoso. La luz del sol es engañosa y el aire helado detrás de sus rayos puede ser peligroso. En un día de esos septiembres, en 1927, una vecina de Batia Ovitz le rogó para que fueran juntas a nadar en el río, pues era la última oportunidad que tenían para hacerlo antes de la llegada del invierno. Era un viernes y, si bien Batia ya había casi terminado con los preparativos para la comida del Sabbath, no se sintió inclinada a compartir la aventura. Pero su amiga insistió hasta que Batia cedió. Las dos mujeres tomaron rumbo a Iza: las orillas serenas, el agua brillante y tentadora. Batia Ovitz estaba cerca de estar feliz por haberse sobrepuesto a sus recelos mientras braveaba las aguas grisverdosas del río. Apenas se percató del frío en el leve viento de septiembre. Y entonces, de repente, sintió una puñalada en el pecho y soltó un grito. Apoyada sobre su asustada amiga, luchó por llegar a casa. Llamaron al doctor; le diagnosticó tuberculosis.

Durante casi tres años Batia Ovitz permaneció en cama. Cada día, cuando Perla regresaba de la escuela, correría a ver a su madre y, para hacerla feliz, le recitaba sus lecciones. “Pero no se me permitía acostarme con ella ni abrazarla, como era mi costumbre. Deja descansar a mamá, siempre me decían, y me enviaban a mi habitación”. Una vez que la puerta se cerraba, su madre tosía sangre.

El 8 de febrero de 1930, un sábado en la tarde, la casa Ovitz estaba llena de personas con caras largas.

Le pregunté a mis hermanas por qué todas estaban vestidas de negro y qué hacían todos esos extraños en la casa. Me dijeron que habían venido a llevarse a mamá al doctor. No entendía por qué necesitaban de tanta gente para acompañarla. Mis hermanas no respondieron. Pensé que lloraban por su enfermedad.

Perla, de nueve años, no fue llevada al funeral de su madre. Durante semanas toda la familia evadió sus preguntas. Se rehusó a comer durante la inexplicable ausencia de su madre y pronto perdió peso. Sus hermanas tuvieron que dominarla como a un ganso entre sus rodillas y forzarle la comida cuello abajo. Un día que estaba espiando, Perla escuchó cuchicheos ansiosos provenientes del cuarto contiguo: “Si sigue con su huelga de hambre pronto se reunirá con madre”. Perla no podía contener su alegría. Empujó la puerta e imploró: “Por favor déjenme estar con mamá”. Volvieron los cuchicheos y su hermana Sarah se acercó a ella: “Prométeme que no vas a llorar”. Perla asintió. “Mamá se ha ido”, dijo Sarah.

“Entonces vamos a encontrarla”, las urgió Perla.

La triste verdad solo empezó a hacerse evidente cuando comprendió que sus hermanas no podían parar de llorar.

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