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Acciones para la venta

Una exposición inaugurada hace pocos días abre la polémica: ¿debe el arte transgresor ocupar los espacios del establecimiento? ¿Es fácil acomodarse al statu quo y reelaborar obras para complacer espacios? ¿Puede existir un performance únicamente en documento?

2010/03/15

Por Humberto Junca

El hombre venía de la calle. Llevaba la cabeza rapada. Iba totalmente vestido de blanco. Descalzo. Cargaba sobre sus hombros a un indigente que no se esforzaba mucho por parecer animado, como un cadáver sin voluntad. El hombre de blanco alzó el cuerpo y con él, como si fuera un carboncillo o un lápiz muy grueso, dibujó una línea recta de mugre sobre la pared más grande de la sala. Se escucharon las quejas de espectadores disgustados, asustados, incómodos. El mismo hombre acostó al mendigo sobre una base blanca dispuesta en el piso y tomándolo de los pies, lo arrastró de un lado a otro con brusquedad y fuerza para lograr su objetivo: manchar la limpia superficie. El ímpetu y la decisión de aquel hombre contrastaban con la confusión y el asombro general que tal acto había producido entre los asistentes al Museo de Arte Moderno La Tertulia, sede del III Festival de Performance de Cali, ese día de 1999.

Esta acción fue planeada y realizada por Rosemberg Sandoval, artista nacido en Cartago, Valle, quien desde 1982 (antes que María Teresa Hincapié) trabaja con su cuerpo o con el cuerpo de otros, para hacer arte. La obra antes descrita se llamó “Mugre” y produjo tensiones y reacciones encontradas, provocadas tanto por la presencia del marginal en el museo, como por su uso como objeto. ¿De dónde venía? ¿Quién lo manipulaba? ¿En qué lugar y ante quienes? Sandoval pudo haber manchado las paredes con su propio cuerpo o con el cuerpo de un amigo; pero decidió hacerlo con el cuerpo de alguien totalmente ajeno a una sala de exposiciones. En medio de la acción algunos de los espectadores gritaron que lo soltara, que lo dejara ir, demostrando a primera vista, un plausible interés humanitario que desapareció de manera automática cuando el indigente se fue. Eso demuestra que los asistentes no estaban tan preocupados por la suerte de aquel sujeto; pero sí se sintieron amenazados al ver vulnerada la pureza (limpieza) del museo, la seguridad de ese edificio y la propia. Para usar las palabras de Sandoval: “Lo que hice fue refregar a un indigente con su mugre sobre el museo impecable”. De esa manera, el artista despertó un malestar que, en general, se oculta bajo una realidad incómoda: la gran cultura es higiénica, está lejos de la calle, es elitista; y el museo, como gran paradoja, es un edificio excluyente.

Tal evento ubica a Sandoval en la vertiente más transgresora del performance. Ese que desde comienzos de la década del setenta, en Norteamérica, Europa y Asia, se opuso al mercado del arte produciendo violentos actos efímeros frente al espectador, empleando como medio el propio cuerpo del artista en acontecimientos peligrosos capaces de reflejar las pulsiones ocultas, inconscientes, de sociedades que se suponen civilizadas y democráticas; pero altamente coercitivas, agresivas y alienantes. Por ejemplo, el artista Chris Burden, en 1971, hizo que un amigo ubicado a cuatro metros y medio de distancia, le disparara con un rifle en un brazo, en una acción brutal que vinculó el (supuesto inocente) imaginario creado por el cine y la televisión norteamericana en sus películas de pistoleros con los juegos infantiles (de indios y vaqueros o policías y ladrones) y la violencia urbana desmedida. Con ese performance titulado “Shot”, Burden preguntó con eficacia ¿hasta dónde se representa la violencia, ¿hasta dónde es real?, ¿hasta dónde el arte es mera representación y qué pasa si lo representado se vuelve real?

¿Transgresor o complaciente?

Desde el 3 de abril y hasta el 10 de mayo, Rosemberg Sandoval expone en la galería Casas Riegner de Bogotá, Acciones políticas, una muestra que según dice el artista, reúne fotografías y videos de 21 acciones realizadas entre 1997 y 2007. “Rescaté estos performances de mi libreta de apuntes y todos –subraya– tienen un hilo conductor: la relación entre arte y política”. Sandoval aparece en videos y fotografías con una ambulancia de juguete en llamas sobre su hombro (“Ambulancia”), o con una guirnalda de cunas, caballitos, baldes y otras cosas de plástico coronando su cabeza (“Corona de miedo”), o lo vemos posando muy serio en una morgue con una lengua humana enganchada al cuello (“Caudillo con lengua humana”) o atacando con un puñal una reproducción de una fotografía tomada por Fernell Franco (“Roto”). Casi todos los objetos con los que interactúa el artista ante las cámaras, están presentes en la muestra: la ambulancia de juguete, la foto acuchillada, una bota de hule que transforma en un curioso zapato de niña, unas bolas de mugre sacadas del río... sin embargo, no están ni la lengua, ni el cadáver de un bebé con el que posó en la morgue.

La prestigiosa Galería Casas Riegner (más que el Museo La Tertulia en Cali) representa ese cubo blanco, limpio, neutral, propuesto desde comienzos del siglo XX, capaz de exhibir y comercializar obras de arte sin ruido alguno; pero incapaz de aceptar ser contaminado por algo tan escatológico o grotesco. Y Sandoval, antes transgresor y crítico, no parece querer ensuciar demasiado las paredes inmaculadas que lo contienen, ni evidenciar sus prejuicios e intereses creados. “Me siento rarísimo porque es la primera vez que exhibo en una galería, galería. Pero recuerdo con cariño a Alberto (Casas) porque estuvo cuando hice mi primera exposición en uno de los Salones Atenas, a comienzos de los ochenta, como parte, creo, de la junta asesora del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Y luego de tantos años lo volví a ver acá y me pareció como bonito”, contesta un complaciente Sandoval a la pregunta de si se siente a gusto en una galería que representa el statu quo. No hay duda de que el antes artista “marginal” está contento con quien le permitió exhibir los lienzos embarrados (“Invierno-Infierno”) que sumergió en charcos alrededor de Jamundí y que, por supuesto, están a la venta junto al documento que atestigua cómo los hizo. “Casi todos los performances fueron realizados en privado, como registro único para las cámaras y para nadie más”, observa el artista. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta al ver las imágenes, de que Sandoval está solo. Solo frente a las cámaras en el campo, en la morgue, o en el estudio. Le pregunto si no va a hacer una acción en vivo en la galería. “No –responde–. Ya hay fotos y objetos. Sería demasiado”.

¿Es esto un performance?

En el libro compilatorio del Festival de Performance de Cali, Juan Mejía escribe una definición precisa de performance: “Más que obras, los performances son gestos. La obra implica lo acabado el acabado (...) pero el performance está desnudo porque quien lo hace asiste a él en simultánea con el público, y ninguno de los dos sabe de antemano cómo va a salir”. Es evidente, una cosa es una acción y otra cosa es su documento. Un performance como “Mugre” no hubiera sido tan peligroso, tan excitante, tan transgresor, si se hubiese mostrado sólo en video o en fotografía. Se hizo para y con los espectadores desprevenidos y no se sabía lo que iba a ocurrir, por eso el miedo, la incomodidad y la urgencia de los presentes. Por eso su éxito y la posterior adquisición del video que registró la acción, por la prestigiosa Colección Daros; aunque dicho documento no sea el original. “Volví a hacer ‘Mugre’ porque el primer video no quedó bien resuelto técnicamente. Estaba muy oscuro y no me gustó la fotografía –cuenta Sandoval– entonces me tocó rehacerlo con otro indigente, en el mismo lugar y frente a los estudiantes de la Universidad del Valle, donde doy clases. Pero la idea era la misma y el mugre también”.

Analizando todo lo anterior, se hace evidente la apuesta de Rosemberg Sandoval en sus Acciones políticas: una exposición de registros y elementos residuales de falsos performances que llegan al espectador mediatizados, sin haber sido realizados de antemano frente a una audiencia; avalados por el nombre propio y la fama de su autor omnipresente en imágenes controladas, editadas, acabadas. Fotografías (autorretratos), registros en video y objetos que se pueden vender. Un ejemplo más de las confusas y equívocas acciones políticas que nos rodean. ¿Hasta dónde se representa una acción y hasta dónde es real? ¿Hasta dónde se representa la política?

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