'Mamá tigresa' (1967) de Noé León.

En busca de los primitivistas perdidos

La exposición 'Aparente ingenuidad', inaugurada el 19 de mayo, reúne a los principales exponentes de una corriente artística colombiana que, a pesar de lograr fama entre los años sesenta y ochenta, terminó comercializada y, paradójicamente, olvidada.

2016/05/20

Por Christopher Tibble

El término primitivista se usó por primera vez peyorativamente. Se empleó en la Europa del siglo XV para describir a los pintores que trabajaron antes del Renacimiento y que, por la falta de perspectiva de sus obras, se consideraban inferiores en comparación a los nuevos maestros como Botticelli y Fra Angélico. A finales del siglo XIX en Francia, sin embargo, la palabra cobró un nuevo significado cuando aparecieron los artistas naif. Liderados por Henri Rousseau, futuro amigo íntimo de Picasso, el grupo trabajaba sin el aval de la academia temas cotidianos, haciendo énfasis en la sencillez y en la autenticidad.

En la París de comienzos del siglo XX, durante la eclosión de los movimientos modernistas, surgió aquel colectivo indiferente a las convenciones estéticas y vanguardistas del momento. Y de una manera similar, entre 1960 y 1980, germinó en Colombia, en paralelo a nuestros modernistas tardíos como Botero y Obregón, una serie de artistas que, casi siempre desde la periferia, crearon sin saberlo el primitivismo colombiano. Y es este grupo de desadaptados, entre ellos un obrero, un chofer, una empleada de servicio e incluso un arquero de fútbol, los creadores de las obras expuestas en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el centro de Bogotá.

“La muestra surge más o menos hace dos años -dice su curadora, Sigrid Castañeda, investigadora de la colección de arte del Banco de la República-. Cuando empecé a encontrar en el archivo todas estas obras, recibí una llamada de un señor canadiense que había vivido en el país entre 1968 y 1971. Se trataba de un diplomático ya mayor que había estado en Barranquilla y que, para recordar al país, le había comisionado a un artista una serie de obras. Unos cuadros que ahora quería devolverle al país. Él entonces nos envió unas fotos de las pinturas y resultaron ser de Noé León”.  

Sin duda alguna, León es la piedra angular de la muestra que va hasta el 22 de agosto. No solo se trata de un artista excepcional, sino que puede considerarse el primer primitivista colombiano. Su historia, además, tiene tintes literarios. Nacido en Ocaña en 1907 y proveniente una familia de escasos recursos, rechazó ser zapatero como su padre y en cambio de dedicó a oficios varios. Trabajó como garitero, policía, chofer y pintor. Y fue una tarde de 1961 en Barranquilla, durante sus andanzas por el Caribe Colombiano, que León se dio a conocer en el mundo del arte. Mientras caminaba por la ciudad, con algunas de sus obras recogidas bajo su brazo, dio por casualidad con el bar La Cueva, donde se reunían algunos intelectuales de la ciudad. Al verlo pasar, el artista Alejandro Obregón miró las obras de León y, pasmado, constató su similitud con el trabajo de Rousseau, sobre quien el santandereano jamás había escuchado.  

La obra de León no tardó en volverse famosa. A pesar de no pertenecer a ninguna escuela o a la academia, contó con el aval de la crítica argentina Marta Traba, quien en 1974 escribió: “(…) no necesita hurgar en las canecas o en los cofres de familia para encontrar las fuentes perdidas de la ternura. Su ternura es la gente, el paisaje, los animales; la vida elemental a la cual no ha tenido que retornar con angustia, porque nunca salió de ella”.

El pintor nacido en Ocaña abrió las puertas a otros artistas que, al igual que él, pintaban con ‘aparente ingenuidad’. En el texto curatorial de la muestra se lee: “Las obras de León, y su popularidad y aceptación en el medio artístico colombiano, posibilitaron que otros pintores, tal vez menos talentosos pero sí originales, pudieran ser observados y apreciados por el público que sentía cercanas y cotidianas sus obras. Sus cuadros, llenos de paisajes, personajes, animales, color y fantasía, representan escenas identificables en cualquier pueblo de Colombia”. El boom primitivista, que ocurrió en la década del setenta, se volvió tan importante que una galería bogotana, llamada El Bodegón, se especializó en vender ese tipo de arte.

En los ochenta, sin embargo, las obras de los primitivistas entraron en un periodo de decadencia. Castañeda explica: “A diferencia del arte modernista o contemporáneo, el primitivista no es difícil de entender, el público genera conexiones emocionales con las pinturas con cierta facilidad, pero por eso mismo comienza el declive del movimiento. Por la presión del mercado y porque no cuesta mucho trabajo copiar ese estilo,  empieza a perder fuerza. Al principio se trata de obras muy poderosas, gracias al colorido de la selva, de los animales, pero al final de los ochenta aparecen las copias del formato, y se comercializa”.

No por ello deja de ser relevante la exposición de la BLAA. De hecho, quizá por ello es importante, pues muestra los orígenes de esa forma artística, desprendida de ínfulas vanguardistas, que hoy se ha colado en muchos hogares colombianos.

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