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  • Una pieza de la serie Horror Vacui, y una de las fotografías del muelle de Puerto Colombia, de su serie de 2009.

El 'Gótico tropical' de María Isabel Rueda

A la artista cartagenera poco le importan las etiquetas de la cultura oficial. Su obra, compuesta de fotografías, dibujos y videos, está signada por el misterio y cierta oscuridad que linda con lo críptico. En su casa en Puerto Colombia, entre palos de guanábana, nísperos y tamarindos, habló con Arcadia.

2015/12/11

Por Alfredo Baldovino Barrios* Puerto Colombia

Una calle sin pavimentar, flanqueada por palmeras de cocos amarillos, edificios con balcones que miran hacia el mar, y arbustos sin Dios ni ley conducen hasta la casa de María Isabel Rueda, en el municipio de Puerto Colombia. No es sencillo dar con ella, porque la entrada está cubierta por una frondosa enramada de trinitarias y ramas de nin. Además, el sector es tan solitario que, aparte de un grupo de albañiles que trabajan en una construcción cercana, no hay nadie a quien pedir información. Pero confío en mi sentido de orientación y sigo adelante llamando puertas al azar que nadie se toma el trabajo de abrir.

Solo entonces caigo en la cuenta de que mi situación es similar a la de muchos espectadores cuando se acercan a los dibujos de Rueda: primero, una sensación de extravío y soledad, y luego, la perspectiva de una red de caminos que se abren en todas las direcciones cuando nos despojamos de la intención de encontrar algo. Así que vuelvo sobre mis pasos hasta dar finalmente con la puerta indicada. María Isabel me recibe descalza y con un vestido de corazones color zapote, sobre un fondo azul rey. El cabello redondo, cortado sobre la nuca, como ala de golondrina, me lleva a compararla mentalmente con Uma Thurman en Pulp Fiction. Pero es solo un decir, porque María Isabel (contrario a lo que hace pensar su fijación por las tinieblas y las fotografías de su perfil en Facebook, en las que exhibe ante la cámara botellas de aguardiente Currambero) no bebe, ni fuma, ni lleva el mismo tren de vida de la esposa de Marcellus Wallace.

“Sigue por acá y te ofrezco una taza de café”, dice, haciendo sonar a su paso las piedrecillas marinas que alfombran una pequeña zona de la entrada. El resto es un amplio patio anterior sembrado de trinitarias, palos de guanábana, mango, níspero, tamarindo y una hierba desgreñada que en algunos tramos crece a la altura de los tobillos. La vivienda en sí, provista de una entrada lateral, solo ocupa un pequeño espacio del lado derecho y tiene trazas de ser una intrusa en un territorio donde el bosque es amo y señor.

“Te presento a mi marido”, dice señalando a un hombre con el torso desnudo y una pantaloneta hawaiana, que sostiene bajo el brazo una tabla de surf. Después del breve saludo, cruzamos una puerta corrediza que comunica con una sala de estar. En uno de los sillones hay una perra echada y, más atrás, dormido sobre el muro que separa la cocina de la sala, uno de los cinco gatos de la casa.

“Llegué a los 16 años a Bogotá a estudiar Publicidad, cuando aún no tenía claro que el arte podía ser también una opción de vida —dice al tiempo que enjuaga un pocillo en el grifo—. Fue en París, después de ver el metrónomo de Man Ray, donde tomé la decisión de estudiar Arte. Por mis calificaciones en el pregrado, me gané una beca para cursar la maestría. De alguna manera puedo decir que tenía mi vida definida en Bogotá. Daba clases en la Universidad Nacional y siempre estaba involucrada en un proyecto nuevo. Pero me sentía un poco abrumada por el frío, la lluvia y los largos desplazamientos. Fui armando la idea de la mudanza poco a poco hasta que al fin me decidí”.

María Isabel Rueda nació en Cartagena, en 1972. Desde 1999, año en el que recibió el título en Artes Plásticas, ha tenido una carrera intensa que la ha llevado a residencias artísticas en Ecuador, Cuba, Bolivia y Canadá, y a exposiciones colectivas en Argentina, Puerto Rico, Cuba, Brasil, México, Estados Unidos, Londres, Francia, España, Turquía, entre otros. A eso se añade su trabajo como curadora y gestora cultural, en los que ha destacado abriendo espacios como El Bodegón, en Bogotá, en compañía de otros artistas, y más recientemente, La Usurpadora, en Puerto Colombia, junto a su marido, Mario Llanos. De ella dice el crítico Jaime Cerón: “Me parece muy significativa la manera como ha logrado generar alteraciones en la relación entre los escenarios y los personajes que configuran sus imágenes. De ese modo hace notar una oscura empatía entre los sujetos o lugares a que hace referencia y sus propias motivaciones y deseos”. Ya sea que trabaje haciendo fotografías, dibujos, videos o publicaciones, logra hacer ver al espectador que siempre hay algo que no se deja atrapar en las imágenes. Y Alejandro Martín, curador del Museo de La Tertulia, en Cali, afirma: “Para quienes creemos que el arte tiene que ver con el misterio, Rueda nos deja claro que hay muchas cosas que no entendemos. En su trabajo nos deja ver que hay algo enterrado y algo que vuela, que los mares son lágrimas y que las tempestades que van por dentro son las mismas tormentas que truenan fuera”.

Sin embargo, el director de una reconocida pinacoteca de Barranquilla, y algunos artistas plásticos, críticos y visitantes de museos, no supieron qué responder cuando les pregunté por su obra, o en su defecto confundieron a la artista con la periodista homónima. Néstor Martínez Celis, crítico y maestro de Artes Plásticas en Bellas Artes, cree que ese desconocimiento se debe, principalmente, al acantonamiento de perspectivas del público local. Por otro lado, añade, está el hecho de que el arte contemporáneo no seduce a todo el mundo. Prueba de que, como dice el dicho, nadie es profeta en su propia tierra.

Pero ella tampoco parece interesada en transitar por calles concurridas. Todo lo contrario. Hay en lo que hace cierta atracción por lo no convencional, cierto cuestionamiento a la mojigatería del pensamiento conservador que se patentiza en trabajos como Tropical Porno, una publicación con imágenes de sexo explícito acompañadas de textos, que sacó adelante en compañía de otros artistas. Quizá es el mismo mensaje que hay detrás de sus fotografías con aguardiente Currambero —el trago por excelencia de los desheredados—, aunque sea su marido, finalmente, el encargado de vaciar las botellas: que la tienen sin cuidado las etiquetas que la cultura oficial va poniéndoles a los sujetos según los productos que consuman.

De la serie Horror Vacui
Una pieza de la serie Horror Vacui

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“Para serte sincera tenía temor de venirme para acá, pues no sabía cómo iba a ser el proceso de adaptación. Pero sí, las cosas se han venido dando. Dicto clases una vez a la semana en LaSalle College, en Barranquilla, y dispongo de suficiente tiempo libre para hacer otras cosas. Con La Usurpadora, mi marido y yo tratamos de abrir espacios para autores poco promocionados. Además, tenemos un proyecto de residencias artísticas, en el que recibimos a un artista por un tiempo determinado”.

Uno de sus primeros trabajos en el municipio, entre 2005 y 2009, fue una secuencia de imágenes sobre el muelle y sus alrededores. María Isabel llevaba cuatro años trabajando en eso, durante los viajes exploratorios que realizó al pueblo costero, sin tener muy claro qué iba a salir de allí. Cuando un tramo de la estructura cayó al mar, las imágenes fueron exhibidas en el estreno de la Fundación Puerto Colombia. “¿Cómo permitimos que esto pudiera pasar?”, pensaron algunos lugareños al ver las fotos. Para otros, la caída del muelle era el síntoma de algo mucho más profundo: el fracaso de la modernidad como proyecto.

—¿Tienes un momento del día en particular para ponerte a trabajar?

—Yo solo trabajo cuando tengo ganas. No sigo un plan determinado. Un día normal mío consiste en levantarme temprano para barrer el patio, hacer el desayuno, limpiar un poco y, eso sí, leer mucho. Devoro cuanto catálogo de artista conocido o por conocer llega a mis manos.

—¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

—Recuerdo que tuve una infancia muy libre en Cartagena. Andaba descalza por el barrio e iba con mis amigos a jugar a la orilla de la playa. Mi mamá me enseñó muchas cosas antes de entrar al colegio. Todo el tiempo estaba dibujando, diseñando muebles, haciendo cosas. Me gustaba oír casetes de cuentos y fingía saber leer para impresionar a mis familiares. Escogí mi primer colegio porque me gustaban los dibujos de las paredes. Después pasé a un colegio más grande que había en Turbaco, al lado del Jardín Botánico. Sin duda alguna, el contacto con toda esa vegetación marcó mi vida y mi obra”.

En sus fotografías (sobre todos en las de Vampiros en la sábana) predominan personajes oscuros con entornos naturales como telón de fondo. Pero es en sus dibujos en los que más se aprecia esa presencia de lo primigenio en forma de animales, flores, hojas o árboles. Pienso específicamente en Horror Vacui (2008), Museo de la inocencia (2010) y Mi destino está en tus manos (2012). Todo en un espacio donde alternan el blanco y el negro, sombras que dejan traslucir luchas interiores, expresiones puras de un deseo postergado, condenado a una insatisfacción sempiterna, como el de Tántalo en el Hades. “El concepto de belleza en la obra de Rueda —dice Martínez Celis— no existe. Su estética es la estética de la oscuridad. Transita por un escenario muy particular, tenebroso, poco habitado, que le permite ver el mundo desde otro prisma. Traduce un concepto de sexualidad a través de la animalidad que leva anclas, que tocas hasta tu puerta y orilla los abismos del ser”.

Para otros, esa oscuridad se materializa en un lenguaje críptico que veda, de algún modo, el disfrute de la obra. Francisco Manrique, por ejemplo, habitual visitante de exposiciones y fotógrafo aficionado, dice: “A nivel emocional no me siento conectado con la mayoría de sus dibujos, salvo algunos en que se sale del esquema general que tiene armado, es decir, en esos en los que no hay un animal, flores y una vieja desnuda. Me gusta el trabajo que hace con las hojas de los árboles, aunque en ese caso me interesa más el concepto que la misma ejecución”. El pintor Roberto Rodríguez Hereje declara: “Aunque aparenta hablar de la vida, María Isabel Rueda habla gráficamente sobre la muerte, sobre el caos y sobre la oscuridad que la atormenta. No obstante, su voz, profundamente poética, no me resulta muy clara. Cuesta entender lo que quiere decir y acaso a eso puede deberse que recurra a tantos textos explicativos”.

Fotografía del muelle de Puerto Colombia
Una de las fotografías del muelle de Puerto Colombia, de su serie de 2009.

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María Isabel tiene tres pájaros tatuados: uno en el muslo y los dos restantes en los brazos. Y no puedo menos que recordar los primeros versos de un poema de Jacques Prévert: “Pintar primero una jaula con la puerta abierta, pintar después algo bonito, algo simple, algo útil para el pájaro”. Menuda y frágil en apariencia, pero con una fuerza interior que se refleja en sus dibujos, María Isabel también es un ave migratoria a la que cuesta imaginar instalada en un mismo sitio por mucho tiempo. Durante su primera época en Bogotá, me cuenta, frecuentaba un bar rockero en el que se hizo seguidora de The Smiths, New Order, Joy Divison, David Bowie, Happy Mondays, Brian Eno. Queriendo estar más cerca de ellos, hizo su primera salida a Europa y se radicó por seis meses en Inglaterra. Su próximo destino fue París. Años más tarde, viajó sola a India y vivió durante dos meses en un ashram en el que se dedicó a la meditación. Sobre esa experiencia está escribiendo un libro: Please, Stop Horn:

“Me marcó bastante el conocimiento de Auroville, la ciudad utópica proyectada por La Madre y por Sri Aurobindo. Visitar ese sitio me llevó a concebir nuevas formas de habitar el mundo, que es lo que guía nuestro proyecto de residencias artísticas. Como dato curioso, en el ashram en el que yo vivía, todos los perros entraban al templo a meditar a las 5:00 a.m.”.

Así mismo, María Isabel ha recorrido varias veces Europa y Suramérica. Convivió por espacio de un mes en la Sierra Nevada de Santa Marta con una comunidad arhuaca, y hace apenas dos meses recorrió Egipto en barco e hizo una parada en cada templo. En 2016 ya tiene asegurada una exposición en Sidney, Australia, donde espera tener contacto con comunidades de aborígenes.

“Si quieres saber más de mí —me dice en algún momento—, mi obra puede decirte más que las anécdotas”. Pero hay algo que no coincide entre lo que me muestra su talante reposado y la turbulencia y opacidad de sus dibujos. Su elemento es la paradoja, la imposibilidad de las cosas, como lo señaló Martínez Celis. De allí lo contradictorio del concepto de Gótico tropical con el que María Isabel bautiza uno de sus proyectos, o la misma concepción de Vampiros en la sabana. Pienso entonces que su esencia se oculta en un ramaje de sombras, y que el cuerpo que sale todos los días al encuentro de la luz es la proyección: la sombra de esa sombra.

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