Bogotá y el arte contemporáneo: un panorama

Bogotá y el arte contemporáneo: un panorama

Los elogios se han apoderado de los titulares relacionados con la actividad artística de Bogotá.

2014/10/17

Por Halim Badawi*Investigador de arte

En repetidas ocasiones ha sido designada “capital del arte”, “metrópoli de la cultura”, “meca del arte contemporáneo” y “ciudad artística del futuro”; y la fiesta parece no detenerse: nuevas ferias, coloquios, encuentros, bienales, exposiciones, cocteles, subastas, maestrías, fundaciones, precios exorbitados y todo tipo de actividades artísticas que parecían imposibles en tiempos del Caguán. Pero, más allá de los alaridos de la moda y los medios, ¿es exagerado señalar a Bogotá como metrópoli de la cultura? ¿Qué le hace falta a la actividad artística bogotana para consolidarse definitivamente? ¿Qué nuevos retos culturales afronta la otrora Atenas Suramericana?

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Lejos están los tiempos de la ‘reina roja’ y la ‘reina blanca’, cuando el campo del arte bogotano se dividía entre las posiciones de Gloria Zea y Beatriz González, la primera, directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, y la segunda, figura fundamental en el Museo Nacional y el Banco de la República. Atrás quedaron las épocas de las encíclicas proféticas proferidas por ‘María Magdalena y sus cuatro apóstoles’, apodo con el que era conocido uno de los grupos liderados por Marta Traba, que contaba en sus filas con Eduardo Serrano (Bogotá), Alberto Sierra (Medellín), Miguel González (Cali) y Álvaro Barrios (Barranquilla). Aún más lejos está la época de Los Intocables, mote con el que el poeta Fausto Panesso acuñó a la generación de artistas trabistas, situándolos en un relicario de cristal dispuesto para la contemplación y redención estética de las masas.

 Aunque todos estos personajes tuvieron, en su momento, aciertos y desaciertos, y algunos de ellos continuaron su labor como artistas de significación en la tradición del arte contemporáneo colombiano (como es el caso de González y Barrios), la verdad es que en el campo de la gestión cultural, los nombres propios han cedido paso a proyectos colectivos; los líderes de antaño han entregado el ‘Anillo Único’ a una nueva generación de personas que también, con aciertos y desaciertos, buscan promover espacios autogestionados, nuevas formas de intervenir lo público, transformar las viejas prácticas del mercado, impulsar nuevos espacios pedagógicos y modificar la vieja institucionalidad del arte bogotano. Si hay algo en lo que coinciden muchos conocedores, es que los viejos polos se han desplazado (y también sus ejes) e inevitablemente han surgido múltiples focos que involucran capital privado, artistas emergentes, miradas críticas y voluntad de trabajo.

 En muchos aspectos, el momento histórico actual de Colombia es parecido al que vivió España durante su transición a la democracia, por lo que pueden trazarse algunos paralelos en el desarrollo institucional del arte contemporáneo en ambos países. El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS), el principal museo público de arte moderno y contemporáneo de la capital española, empezó a adecuar en 1980 el que sería su edificio definitivo y fue abierto al público, gradualmente, entre 1986 y 1992. Paralelamente, a partir de 1982, se instauró la Feria ARCO de Madrid, una iniciativa privada y comercial que ha perdurado hasta nuestros días, y que surgió con la intención de intervenir activamente el mercado de arte moderno y contemporáneo.

 Resulta interesante observar cómo coinciden en el panorama institucional español las iniciativas públicas y privadas, ver cómo colaboran entre sí, explícita o tácitamente. El MNCARS permite, a través de su actividad, la generación de nuevos públicos, la visibilización de proyectos artísticos al margen del gusto dominante (o de los intereses privados), la expansión de las sensibilidades del público y de las fronteras del arte, la salida del espectador de su zona de confort, la crítica a los valores establecidos, la construcción de conocimiento nuevo y la legitimación cultural de los artistas que pasan por sus salas. Los museos cuentan con procesos de construcción de valor distintos a los que operan en el mercado, y son procesos que se construyen lenta y sólidamente. Por esta razón, los museos son fundamentales para señalar caminos, y ampliar las fronteras conceptuales y sensibles de coleccionistas y galeristas.

 Aunque la Feria de Arte de Bogotá (ArtBo) surgió en 2004 y ha logrado dinamizar el mercado del arte bogotano llevando a la construcción de nuevos públicos y al surgimiento de nuevas galerías, bienales y ferias alternativas (como Odeón, La Otra y la Feria del Millón), lo cierto es que todavía no tiene un contrapeso en la escena pública. El Museo Nacional de Colombia está asfixiado por la carencia de espacio y anquilosado en un fallido proyecto de ampliación que amenaza con destronar, en antigüedad, a los proyectos del Metro bogotano, ante la indiferencia del gobierno nacional. El Museo de Arte Moderno, enfrascado en sus pugnas con el campo del arte local, también tiene un proyecto de ampliación congelado y su colección está guardada en reserva.

 A pesar que el Museo de Arte del Banco de la República es lo más cercano a un contrapeso institucional de ArtBo, lo cierto es que sus apuestas por el arte joven y los riesgos que toma a la hora de iniciar procesos de revaloración histórica, han sido mínimos. Así mismo, según el historiador del arte y museólogo William López, los museos del Banco de la República necesitan ampliar su sede física, presentar al público una gran parte de su colección en reserva, potenciar su papel en el arte contemporáneo, tener independencia institucional en el organigrama del Banco, iniciar una nueva política de colecciones y convertirse en un verdadero Museo Nacional de Arte.

 Mientras los museos bogotanos siguen adheridos a la rigidez de la burocracia estatal y, a la vez, no existen instituciones públicas especializadas en arte contemporáneo, el sector privado está poniendo de su parte, lo que ha ayudado a dinamizar al sector público y activar el mercado. A diferencia de otras ciudades latinoamericanas como México D.F. y Buenos Aires, que cuentan con museos privados de arte contemporáneo como la Fundación Jumex o el Museo de Arte Latinoamericano, en Bogotá todavía no existen museos privados que ejerzan un contrapeso a los museos públicos, cuestionen sus programas y apunten hacia nuevos horizontes.

 Sin embargo, con el desarrollo económico que Colombia ha experimentado durante la última década, han empezado a surgir algunas fundaciones y coleccionistas que podrían cumplir, en un futuro cercano, con este papel. Los dos ejemplos paradigmáticos son Proyecto Bachué y Fundación Misol, cuyos impulsores cuentan con fantásticas colecciones y con la voluntad de generar una transformación institucional. Así mismo, existen colecciones significativas de arte contemporáneo como las de César Gaviria, Leo Katz y Alejandro Castaño, quien durante ArtBo abre su colección al público, colecciones que podrían catapultarse hacia futuros proyectos institucionales.

 El boom de coleccionistas vino acompañado, como es obvio, por un boom de galerías, algunas con intenciones comerciales y otras como espacios de proyectos, como ocurre con Flora ars+natura, del curador José Roca, y NC-arte de la Fundación Neme. Dentro de las galerías comerciales, vale la pena destacar algunas especializadas en obra sobre papel, como Sketch. Han persistido las galerías tradicionales como Valenzuela-Klenner, Alonso Garcés y El Museo. Paralelamente, surgió la casa de subastas Bogotá Auctions, que según Timothée de Saint-Albin, creador y socio, hará cuatro ventas anuales de arte moderno y contemporáneo latinoamericano, una subastadora que viene a compartir el mercado con las tradicionales subastas de caridad, que ya van casi en una decena por año. Todo esto se ha visto nutrido por una escena independiente que se desenvuelve en talleres de artistas, residencias y el espacio público, así como becas y premios patrocinados por el Gobierno Nacional y la Alcaldía de Bogotá, a través de numerosas convocatorias públicas.

 Aunque todavía faltan muchas cosas por hacer, la escena es dinámica y la visibilidad internacional es potente. Sin embargo, a pesar de lo halagüeño del momento, hace falta consolidar algunas cosas para que el boom sea duradero. Según varias personas entrevistadas, es necesario fortalecer las voces críticas, como las columnas (en revistas y periódicos) dedicadas a revisar exposiciones temporales y libros de arte, una costumbre que parecía habitual en las décadas de 1960 y 1970, y que ha venido disminuyendo gradualmente. Algunos señalan la necesidad de un gran museo especializado en arte contemporáneo, en donde tengan cabida, de forma temporal y permanente, las obras de artistas que difícilmente podrían acceder (por sus temáticas, proyectos políticos y formatos) al circuito de coleccionistas, galerías y subastas.

 Es necesario un papel más activo por parte del gobierno nacional en la adquisición y conformación de colecciones públicas de arte colombiano, especialmente contemporáneo, muy bien representado en colecciones privadas pero de una escasez aterradora en museos públicos. Un papel más dinámico del Estado evitaría futuros problemas en la patrimonialización y construcción de la historia del arte local, y potenciaría un mercado que, a pesar de los buenos números, todavía está empezando. El Estado podría generar, además, condiciones más favorables para la participación del sector privado en la cultura, a través de leyes de mecenazgo, leyes contra la falsificación de arte y fortaleciendo la investigación a través de catálogos, libros y exposiciones dedicadas a revisar momentos olvidados del arte colombiano. Sin embargo, muchos coinciden que el cambio más importante que ha ocurrido durante las últimas décadas es el descentramiento del poder, un camino que, en el arte, aún estamos recorriendo: el paso del apellido al mérito, de los cacicazgos a los coloquios y del silencio a la transparencia.

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