Carlos Arellano en Cali, cortesía José Zuleta.

Carboncillo sobre Carlos Arellano

Un retrato del escritor, director creativo y dibujante colombiano escrito a propósito de su reciente fallecimiento.

2017/10/03

Por José Zuleta Ortiz

Amaba las linternas, las brújulas, los cuchillos Puma, también los lápices Faber-Castell; la loción Jean Marie Farina, el Almanaque Bristol, la revista National Geographic y los cuentos de Truman Capote. Las lupas. La fotografía en blanco y negro, el cine negro, el café negro, el tabaco negro (los Gitanes sin filtro) y el mar Pacífico. Amaba lo ajeno. Las casas ajenas, los libros ajenos, las mujeres ajenas. Amó a Serafín, su setter irlandés, y las neveras de todos los amigos. También los hijos ajenos.

Me contó que en el invierno de 1978 estuvo cerca a Punta del Este, en Uruguay, en una playa larga y desolada en la cual había casas de veraneo; vivió en varias de ellas, a las que entró buscando las llaves bajo los tapetes o en las cornisas de las puertas. Decía que no había nada más delicioso que meterse a vivir la vida de seres desconocidos, hacerse amigo de ellos y su huésped sin que lo supieran y querer a sus hijos y a sus mascotas a través de las fotos, y leer sus libros y escuchar sus discos y hacer de comer con lo que dejaron en la despensa y encender sus estufas y servir en sus copas sus licores y dormir en sus camas  muchas horas al amparo de su generosa ignorancia.  

Cuando se iba a ser otro en otra casa, dejaba escondida entre un libro o una revista una carta de gratitud en la que nombraba por sus nombres a los dueños, los tuteaba y les hablaba como un familiar cercano de las dichosas vacaciones que había vivido; comentaba libros y correspondencias, sugería cambios en la decoración, recomendaba arreglos y mejoras. Criticaba el papel de colgadura de los baños y les contaba que se había entrado un murciélago y estaba viviendo en el zarzo y que se llamaba Querubín. Explicaba que aunque estaba amañado, se iba porque el gas y los licores del bar se habían acabado y sin calefacción ni alcohol, ni modo. Entonces se entraba a otra casa y si estaba bien abastada se quedaba lo que permitieran la despensa y el bar. En esa temporada de casas ajenas, descubrió que se pueden hacer deliciosas croquetas con la comida enlatada para gatos; agregó que “tiene la ventaja de que además de ser muy alimenticia y sabrosa, uno empieza a volverse perezoso y conchudo como los gatos. ¡Como debe ser!”.

Iba siempre impecable dentro de un Levis azul, calzando botas Timberland, camisa de manga larga por fuera, cuidadosamente arremangada arriba del antebrazo, pañuelos vaquero de colores con arabescos, pluma Sheaffer, un reloj de cuerda heredado del papá.  Miraba sonriente y pícaro con ojos de pájaro desde su metro ochenta y siete de estatura.

Tenía un fijak de paño azul casi negro de la Armada norteamericana. Cuando se lo ponía parecía un capitán feliz ante la inminencia de la tormenta. Le fascinaban las tormentas y las devastaciones. Las avalanchas, los tsunamis. Y los incendios. A los quince años, furioso con su madre, le prendió fuego a la casa. Aquello le aseguró una temprana fama de muchacho descarriado. Fama que supo cuidar escrupulosamente y que honró y acrecentó con otros innumerables actos.

Un viernes llamó: “Qué estás haciendo?”. “Trabajo”, respondí. “Volate ya y vámonos para Gorgona”. Nos fuimos en su Jeep Daihatsu 1600 color “barranca-bermeja”. Manejaba con temeraria exactitud. Uno sentía que estaba a punto de volar por los precipicios o quedar estampillado entre dos tractomulas. Nunca pasó nada. Todo era velocidad y determinación. Llegamos a Buenaventura, primero nos aprovisionamos en San Andresito, luego fuimos al muelle de los Lizcano a preguntar qué barco nos podía dejar en la isla Gorgona. Los que iban para Bocas de Satinga o para Guapi nos podían llevar. Después de negociar con los capitanes de los barcos de cabotaje que hacían la ruta y que se llamaban El Mulatos, Los Irras o el Riviel, abordamos El Mulatos. Guardamos nuestros morrales en los diminutos camarotes que Arellano, dada su estatura, solo usaba como maletero. Esa noche deambuló por el barco, conversó con los marineros, bebió de su whiskera, pidió una “palomita” al  capitán para estar en el timón unos minutos. Después vino a buscarme a la cubierta. Subió y se paró a mi lado sobre las canecas de ACPM que llevaba El Mulatos para los aserríos del Satinga y Sanquianga, y allí, en plena proa, sobre dos mil galones de combustible, encendió un Pielroja, entonces preguntó: “¿Si se explotan estas canecas será que se alcanza a ver el incendio desde la cumbre de los Farallones?”.  

La amistad al borde del abismo

Una voluntad incontenible unía su vida a sus grafías. Todo era comentado, acompañado, protestado, exaltado, amado, odiado y registrado, signado por sus dibujos y sus palabras que brotaban de su pluma estilográfica de tinta verde, marrón o negra, en un frenesí de máquina bordadora. Primero ensayaba trazando sobre el aire con un temblor como de párkinson y luego, a una velocidad increíble, producía sobre el papel dibujos y palabras de una belleza antigua y galante.     

Luego de separarse de Rita, con quien vivió, según decía, “mi más espléndido pasado”; se fue a Bogotá y le perdí la pista. Años después, un domingo por la tarde, llegó sin avisar. Estaba asustado, parecía que se hubiera volado de la cárcel. Luego supe de manera imprecisa que venía huyendo de una paternidad inminente. “Déjame quedar aquí hasta el fin de semana”. Le dije que siguiera. Desde la ventana vi el Jeep con medio trasteo en el techo amarrado con lazos de nailon fosforecente. La otra mitad estaba embutida adentro del campero. Se tomó el resto del día subiendo las cosas y atestando el cuarto útil de la casa con lo que parecía un remate de garaje, los despojos de una vida arrasada por el terremoto que era él. Le sugerí que dejara algunas cosas en el carro para que no hiciera doble trabajo; me dijo:  “Voy a dejar el Jeep en la calle, no tengo para pagar parqueaderos”. Entonces supe que estaría mucho más de una semana.

A los quince días tenía novia y estaba a punto de trabajar como copy, medio tiempo, en una agencia de publicidad. En las noches se quedaba ebrio y solo en la sala, repitiendo para sí copys de antipublicidad que había ensayado: “No más Coelho! ¿autoayuda? Autoayuda es el nuevo Jeep Daihatsu 1600 color ‘barranca-bermeja’. Hotel Estación de Buenaventura, una gota de leche en un vaso de moscas”. “¿Deudas?, recuerde que el río Grande de la Magdalena, tarde o temprano, te sacará a flote”. También cantaba trozos de canciones: “Si yo llego a saber que el perico era sordo, yo paro el tren”. Prendía la máquina contestadora del teléfono y escuchaba los mensajes, los que me dejaban a mí le parecían ridículos: “Amor, que tengas feliz noche”, repetía, imitando la voz de la mujer. Y reía en voz baja como si acabara de hacer una travesura.

Una tarde llegué y encontré todo cambiado: quitó mis cuadros y puso unos suyos. Un sofá de la sala lo llevó a su habitación y llenó el espacio con dos sillas del comedor. Colgó sus ollas del techo como una guirnalda que atravesaba la cocina de extremo a extremo. Sentí pánico. Cuando llegó le pedí que se fuera y me marché. Regresé al día siguiente y ya no estaba. Me dejó una nota de gratitud, al final de ella decía: “Perdona lo malo, que no ha sido poco” y para rematar, como tratando de explicarme, escribió esta frase: “Entre más me parezco a mi mamá menos me quiero”.

La primera vez que lo visité me invitó a su habitación para mostrarme unas fotos; allí, en una mesa grande que usaba como escritorio, vi una especie de bazar, algo como un santuario de múltiples secretas religiones. Tenía cientos de objetos y papelitos dispuestos como si fueran ofrendas. Al verme tan entretenido y admirado con ellos dijo, como alentándome a mirar: “Este es el desquicio de mi ventana”, y sí. Sobre el quicio de la ventana vi unos treinta frasquitos de vidrio tapados con corcho ordenados en fila, etiquetados con su caligrafía barroca y preciosista, acompañada de miniaturas gráficas que solo era posible ver con lupa. En las etiquetas se leía “Arena del desierto de La Guajira tomada de tu sandalia”. “Agua del río Sena en otoño”. “Aire de la tarde en que Laura Viscailuz dijo que sí”. Y una nota: “Por favor no abrir. Siete piedritas, una por día, del río Sabaletas. Viento de Cali a las 5:30. No abrir. Pétalos de una flor que encontré en un libro de segunda al lado de un verso de Borges. Por el amor que nos hace ver a los otros como los ve la divinidad”. En otros frasquitos tapados con lacre había escritos y dibujos, allí se leía: “En caso de emergencia rompa el vidrio”. Nunca pude saber qué decían los papeles de aquellas botellitas de náufrago. En otro frasco había un hilo de lana, leí: “Extremo del suéter que halé hasta ver la bondad de su ombligo”. Otro tenía este rótulo: “Cuncho de vodka de la fiesta de despedida (echada) del trabajo. Reserva para cuando haga falta; nunca se sabe. Beber cuesta trabajo”.

Estropeó a todos, lastimó a quienes quiso y se fue quedando solo. Espantó a sus amigos, a su familia, fue una soledad buscada y lograda que lo liberaba del juicio de los otros y le permitía, además de su innegociable, inamovible libre albedrío, sonreír con la sinceridad que da la soledad.   

Ahora, a pocas horas de su muerte, recuerdo que un día, cuando era mi huésped, le dije en tono de reproche: “Has dormido desde el amanecer hasta el anochecer”, entonces respondió: “Estoy aprendiendo a dormir como duermen las estrellas”.

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