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Con el perdón del tiempo

Está en Bogotá, en la Biblioteca Virgilio Barco, la exposición Vidas minadas del gran fotógrafo español Gervasio Sánchez. El fotógrafo colombiano León Darío Peláez lo entrevistó para Arcadia.

2010/03/16

Por León Darío Peláez

Muchos recordarán el famoso discurso pronunciado por el fotoperiodista español Gervasio Sánchez durante la entrega de los premios Ortega y Gasset el 7 de mayo de 2008 en Madrid. Se encontraba la plana mayor del Gobierno, el presidente del Senado y centenares de personas, y donde Gervasio, trabajador incansable por años en favor de las víctimas de las minas antipersonales les recordó algunas verdades sin pelos en la lengua: “...es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la Transición encabezados por los presidentes Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten la venta de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas. Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas”.

Gervasio Sánchez tiene 51 años y lleva 12 desarollando el proyecto fotográfico Vidas minadas, en países como Afganistán, Camboya, Angola, Mozambique, El Salvador, Nicaragua, Bosnia-Herzegovina, Colombia, Sudán e Irak. El proyecto ha sido publicado en forma de libro, y la exposición fotográfica le ha dado la vuelta al mundo durante los últimos dos años.

Las fotografías de Sánchez narran las historias de cuatro protagonistas, tomadas en un lapso de 12 años (entre 1995 y 2007): la niña mozambiqueña Sofía Elface Fumo, diez años después de perder sus dos piernas, hoy tiene dos hijos: Leonaldo y Alia, de siete y dos años. El joven camboyano Sokheurm Man, que fue herido por una mina y perdió la pierna derecha el 10 de enero de 1996 cuando se dirigía al colegio con Chan Chun, su mejor amigo, muerto en la explosión. Diez años después nació su primer hijo, fruto de la relación con Nin Lin, una joven de 22 años a la que conocía desde la infancia. Adis Smajic fue herido en 1996 en Sarajevo con una mina que le explotó en la cara. Perdió el ojo izquierdo y sufrió la amputación del brazo derecho. “La guerra destruyó mis recuerdos de la infancia. En ella murieron mi padre, mi abuela, mi tío, mi otra abuela resultó herida, mi casa bombardeada”. Hoy tiene 25 años, toca en un grupo de hip hop y juega fútbol.

La niña colombiana Mónica Paola Ojeda tenía solo ocho años cuando una mina se activó a su paso en febrero de 2003 en la vereda Taracué, municipio de San Pablo al sur de Bolívar. Perdió la vista y sufrió la amputación de la mano derecha y de dos falanges de la izquierda. Siete años después se recupera en el hogar Jesús de Nazareth en Bucaramanga, donde además estudia su bachillerato. Yolanda González, directora del hogar, dice: “Al principio Mónica no levantaba la cara de la cama porque no quería que la vieran sin ojos. Después comenzó a asistir a clases de braille con un profesor particular. Es el caso más desgarrador que hemos tenido”.

A su paso por Colombia para la inauguración de la exposición en la Biblioteca Virgilio Barco de Bogotá, Gervasio Sánchez nos respondió estas preguntas:

¿Cómo ha sido el reencuentro con estos niños y jóvenes tantos años después de haber sido víctimas de las minas?

En algunos casos yo he ido siguiendo sus historias poco a poco. Hay fotografías de Sofía Elface, la niña mozambiqueña hechas en 1997, en 2000, 2001, 2002, 2005, 2007. El bosnio Adis Smajic ha tenido siete operaciones de cirugía estética en Barcelona y yo he estado en todas en el quirófano. Los he visto crecer, han estudiado, unos se han casado, han tenido hijos, algunos han llegado a la universidad; el caso del camboyano Sokheurm, cuando su padre se enteró de que su hijo se había quedado con una pierna, lo vi llorar y le dije: ‘Tu hijo con dos piernas no hubiera pasado de primaria pero con una va a llegar a la universidad’, lo dije como para consolarlo y finalmente llegó a la universidad.

Es un hecho que las minas son producidas por las grandes potencias, por los países civilizados…

La guerra es un gran negocio y los que se benefician son los países más poderosos del mundo. La Comunidad Europea, por ejemplo, es la zona del mundo que más armas ligeras vende y están en todas las guerras: es la máxima exportadora de pistolas y fusiles en el mundo. Mi país, España, es la sexta potencia en venta de armas del mundo. Yo estoy totalmente escandalizado y siento vergüenza por mis políticos, que son unos cínicos, unos hipócritas que se llenan la boca de moral y de ética y luego a la hora de la verdad les venden armas a países con conflictos internos como Colombia y Venezuela; les venden armas a países que violan los derechos humanos como Marruecos y Pakistán; a países como Israel, que las lanzan contra los palestinos; a países que sistemáticamente las usan contra su propia población. Ha habido armas españolas en las favelas de Río de Janeiro… Es una vergüenza y esto se hace incluso violando la ley del control de armas del Parlamento español.

¿Cómo lo ha cambiado el contacto directo con la tragedia humana durante más de 25 años?

Cuando uno se embarca en un proyecto tan a largo plazo la percepción de las cosas va cambiando y la visión del mundo también. Uno ve la dignidad de las víctimas, cómo la gente se enfrenta al dolor. Ver la gente joven crecer después de verlos llorar, sufrir, estar a punto de morir, es algo bello muy bello. Ver a esta gente luchar por la vida, por la supervivencia, también lo madura a uno cada vez más.

¿Cómo hace un fotoperiodista para lograr tanta intimidad y tanta belleza en este tipo de fotografías en las que se puede caer tan fácil en el sensacionalismo?

En mi trabajo soy muy pausado porque no estoy obligado a la presión de los cierres que pueden tener las agencias. Por ejemplo, cuando voy a la casa de Sofía Elface, en Mozambique, no voy unas horas, ni un día… Me tiro varios días y estoy desde la mañana y la noche, por momentos me pongo a leer un libro a la sombra y cuando veo que pasa algo tomo fotografías y como ella me conoce, es como si no existiera. Ella sabe que yo nunca le voy a tomar una fotografía en una situación incómoda, si se está quitando la prótesis y se queda en bragas, no la fotografío porque es como una hija para mí. Siempre la voy a tratar con la dignidad que se merece.

El día que la mujer de Adis Smajic, el chico de Sarajevo, quede embarazada, sé que primero se lo contará a su madre, luego a su suegra y al tercero que se lo contará será a mí. Sabe que yo tengo que volver a Sarajevo para fotografiar el embarazo de su mujer y estar incluso cuando tenga su hijo. Yo trato de contar historias a través de imágenes, la gente quiere saber qué pasó con ese niño tirado en una esquina o en un hospital donde le han mutilado su pierna. A todas las personas que fotografío intento presentarlas con un nombre y un apellido, para que su historia se conozca.

Como fotógrafo de guerra, ¿se ha sentido en algún momento incapaz de tomar alguna fotografía?

Un fotógrafo tiene que documentar lo que está pasando, a veces hay momentos muy duros. Yo recuerdo en Ruanda en 1994, había miles y miles de cadáveres en las calles, muertos por cólera, bebés, mujeres y niños, era terrible esa situación, pero había que documentar porque si no fotografío lo que está pasando nadie se enterará. Si muchas veces con imágenes no pasa nada, sin imágenes ya ni siquiera existe la historia.

¿Usted cree que una foto puede cambiar el mundo?

Hace mucho tiempo que perdí la virginidad. Una foto se puede sacar fácilmente; lo importante para mí es el proyecto. Una foto puede ser buena, mala o regular, puede ser parte de la suerte y ganar muchos premios, pero hacer un buen proyecto fotográfico es muy difícil y mi trabajo está dirigido en ese sentido.

También es cierto que gracias a las fotos que he podido realizar con estas personas, sus vidas han cambiado, muchas personas y organizaciones se han sensibilizado. Por ejemplo, el bosnio Adis Smajic hoy tiene 25 años, ya ha recibido una treintena de intervenciones quirúrgicas, muchas de ellas por especialistas en España. Para mí es motivo de alegría oírlo decir: “Tengo una chica y puedo hacer planes de futuro con ella. Por primera vez me siento una persona, como las demás”. No hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.

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