Cortesía de: ARCOmadrid 2015

Óscar Murillo: ¿Ética? ¿Estética?

Entre el 24 de febrero y el 20 de marzo de 2015, se presentó en el Centro Cultural Daoíz y Velarde de Madrid (España) la exposición “De marcha… Una rumba? No, solo un desfile con ética y estética” que presenta al público algunas pinturas del artista colombiano Óscar Murillo. La exposición hace parte del segmento institucional de la Feria ARCO 2015, un evento comercial en el que Colombia es invitado de honor. Halim Badawi reseña críticamente la exposición y el trabajo del artista.

2015/03/24

Por Halim Badawi

Después de casi dos años de silencio, he resuelto volver a escribir sobre Óscar Murillo. Ayer como hoy, las razones que me movilizan (así como las razones que han movilizado a una gran parte de quienes han escrito sobre él) no tienen que ver con la presencia de un talento excepcional, con la aparición de un artista que expanda las fronteras del arte, abra nuevos mundos, cuestione políticamente, transforme sensibilidades, tuerza los rumbos de una historia del arte cerrada, testimonie con su obra nuestro devenir histórico o evolucione las técnicas o los conceptos. Tampoco se trata de una obra que, a la manera de algunos trabajos del pop de la segunda mitad del siglo XX (período al que pertenece la producción de Murillo), silencie, cuestione o conmueva.

Por el contrario, la ubicación del nombre de Óscar Murillo en la escena contemporánea fue desencadenada por el precio que alcanzó una de sus pinturas en subasta, específicamente los 391 mil dólares (comisiones incluidas) pagados en Christie’s el 26 de junio de 2013 por la pintura Sin título (2011), un hecho que ocurrió luego que, el mismo año, varios cuadros suyos se ofrecieran en ventas privadas en precios cercanos a 10.000 dólares. El resultado de esta subasta, y de otras subsiguientes, sirvió para impulsar una serie de sucesos en los que el arte queda opacado por el dinero, las relaciones públicas, el marketing artístico, el lobby burocrático, las conexiones sociales y el acceso a ciertos medios de comunicación, algunos de los cuales, a la manera de Joseph Goebbels, se han empeñado en repetir una mentira mil veces intentando convertirla en verdad.

Lo primero que llama la atención de la exposición madrileña es el título (“De marcha… Una rumba? No, solo un desfile con ética y estética”), que podría ser parte de una canción de Ricardo Arjona o del encaprichamiento retórico de una quinceañera poeta. También, llama la atención que la exposición no tenga curaduría, como sí ocurre con el resto de las exposiciones institucionales de ARCO. Es decir, nadie puso su nombre. Sin duda, esto incidió para que la exposición haya sido un recorrido ininteligible: no hay un solo texto en sala que ayude a explicar de qué se trata el proyecto, cómo se escogieron las obras o las motivaciones del artista, sólo restos arqueológicos de una suerte de happening realizado por Murillo la noche de inauguración de la exposición, una inauguración cuyo ingreso estaba limitado a la prensa y a ciertas personas que eran filtradas (en la puerta de un centro cultural público) por un familiar del artista, quien decidía, según su criterio, a quiénes dejaba entrar. Adentro, los periodistas que consiguieron cupo, apenas pudieron acceder al artista, quien se dejó tomar muchas fotos, pero respondía a las preguntas con monosílabos y evasivas.

En un momento de la apertura, algunos visitantes se vistieron con overoles blancos (¿de Colombina?) y otros cargaron las pinturas de Murillo por una pasarela a la manera de pancartas de una protesta. Sin embargo, luego de este happening demodé, las pinturas (realizadas en un lenguaje cercano al pop estadounidense de los ochenta, pero con una utilización pobre de recursos como el grafiti, el collage y el gesto, y un manejo fortuito del desnudo masculino, que se repite por toda la exposición a través de lo que parecen ser pudorosos autorretratos) quedaron regadas por el espacio, colgadas o tiradas contra los muros. Al fondo, en una segunda sala, a la manera de un altar solitario, se encontraba una gran pintura de Murillo, del tipo-subasta-neoyorquina, una que no hizo parte de la protesta pero parecía servir de faro comercial al evento, de punta de lanza. Este parece ser el no-concepto curatorial.

A partir del día siguiente, luego del happening, las salas quedaron atiborradas de pinturas regadas, cercas de vigilancia (que delimitaban originalmente la pasarela de protesta), maniquíes con pelucas y una grabación en audio del señor Belisario Caicedo Flórez, familiar del artista, quien en un lenguaje propio de la pornomiseria relataba su salida de Colombia, las enormes injusticias del país (que por supuesto, las hay), las preguntas que le hizo la policía migratoria al ingresar a Londres (¿Quién no ha pasado por eso?) y, eso sí, su pobreza extrema, la que parece contrastar con la gran cantidad de pinturas regadas por el espacio, avaluadas en miles de dólares y disponibles para venta directa en el correo de Carlos/Ishikawa, sponsor de la exhibición.

En este sentido, vale la pena anotar que, a pesar de tratarse de una exposición institucional, sus motivaciones eran evidentemente comerciales: en la entrada, podía recogerse un mapa fotocopiado de la exposición, que invitaba al visitante a contactarse, para mayor información, con la Galería Carlos/Ishikawa en Londres, como queriendo decir: “si usted quiere comprar alguna obra, escríbanos”, un privilegio que no tuvo ninguna de las otras galerías participantes en ARCO: tener un espacio institucional apoyado por el Gobierno, para desarrollar un evento comercial. Otro de los mensajes implícitos en la exposición era: “pobre familia, ayúdelos, compre sus pinturas”. Pero, más allá del carácter pornomisérico de las circunstancias, nadie explicó qué pasó con la escasez de obra de Murillo (tan mencionada en la emisora La W), una escasez que habría generado el aumento vertiginoso de precios del artista por efectos de una menor oferta y una mayor demanda. Tampoco nadie nos contó qué pasó con la ‘lista de espera’ de compradores ansiosos dispuestos a hacerse a su ‘Basquiat colombiano’. Lo cierto es que en la sala había tantas pinturas disponibles, que quedó en evidencia la ficción mediática que es la escasez del artista.

*

Es fundamental detenerse en la historia de la exposición, ya que esta parece ser, en su conjunto, ‘la obra’ (aunque se venda, sin problemas, a pedacitos). Y especialmente, detenernos en sus aspectos éticos (como apunta el título mismo de la muestra). A pesar que Murillo declaró en El País de Cali el 1 de marzo de 2015 que no era un artista colombiano (tal y como ha repetido en ocasiones anteriores), lo cierto es que su consorcio de galeristas y La W, presionaron socialmente e intercedieron ante la Cancillería y la Embajada de Colombia en España para que realizaran la exposición en el segmento institucional de ARCO Colombia 2015. Inicialmente, Murillo no había sido invitado por los curadores del evento (Jaime Cerón y María Wills), sin embargo, el periodista Julio Sánchez Cristo (acérrimo defensor del trabajo de Murillo), a través de La W y su cuenta en Twitter se fue lanza en ristre contra los curadores y, el 3 de octubre, trinó: “Todo indica que [la exposición de Murillo] podría ser en el Palacio de Cibeles. ARCO Colombia sin Murillo es [como] la selección Colombia sin James, dicen los expertos”. Aunque Sánchez Cristo nunca explica claramente por qué Murillo ahora sí es colombiano, ni detalla a cuáles expertos hace referencia, lo cierto es que el Palacio de Cibeles no cambió su programación para incluir a Murillo y prefirió dejar durante ARCO la exposición de la Colección Abelló, una oportunidad para observar una de las mejores colecciones particulares de España, con obras de otro Murillo, Bartolomé Esteban, el gran barroco sevillano.

Así mismo, representantes del gobierno colombiano se reunieron con funcionarios del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) para proponer la realización de la exposición de Murillo en el Palacio de Cristal, un espacio gestionado por el MNCARS dedicado a artistas contemporáneos, ubicado en el Parque del Retiro. Sin embargo, el MNCARS, según algunas fuentes que prefirieron mantener su nombre en reserva, decidió no vincularse al proyecto en vista de los repetidos cuestionamientos hacia la obra del colombiano y de una agenda apretada para 2015 que incluye una exposición de los artistas canadienses Janet Cardiff y George Bures Miller, creada específicamente para el lugar y abierta al público durante ARCO.

Ante la negativa de Cerón y Wills de incluir a Murillo, y ante el rechazo unánime de los museos de la capital española, pero con la presión nacionalista de Sánchez Cristo, la estrategia de marketing del artista dio un vuelco hacia las vías diplomáticas, no culturales. Con el apoyo de la Cancillería y la Embajada de Colombia en España, se realizó la exposición de Murillo en el Centro Cultural Daoíz y Velarde, pre-pagada entre los galeristas Carlos/Ishikawa, David Zwirner y algunos sponsors privados como Telefónica y Prosegur. La diplomacia colombiana consiguió un centro cultural barrial, irrelevante en términos de legitimidad artística, con graves problemas de financiación (su presupuesto municipal para todo 2014 fueron 1500 euros), lo que parece contrastar con la abultada chequera del consorcio galerístico.

De hecho, el Centro Cultural Daoíz y Velarde había sido objeto de críticas por parte de la prensa española, cuando uno de los titulares de El Mundo de España, del 3 de diciembre de 2014, anunciaba: “Un edificio millonario sin estrenar… y con goteras”. Incluso, durante la inauguración de Murillo hubo protestas vecinales que hacían referencia a que el centro cultural sólo funcionaba para hacer negocios ( ¿con Murillo?). En medio de este acontecimiento, oportunamente, Murillo tomó una de las pancartas de la protesta vecinal y la incluyó en su exposición, cooptando las peticiones de los residentes, capitalizando simbólicamente un escándalo que tenía raíces más profundas (exteriores a las intenciones de su propia obra expuesta) y proyectándolo a los medios de comunicación como un episodio de censura, que habría ocurrido cuando un vigilante le cuestionó la inclusión en la exposición de una pancarta ajena a ella, un hecho que no trascendió más allá de un ligero intercambio de palabras. La pancarta vecinal quedó colgada en la muestra como antesala a una gran pintura del tipo Christie’s.

Desde luego, a toda estrategia de marketing artístico le convienen especialmente algunas cosas: una crítica negativa, un presunto robo en Nueva York, una censura, un escándalo, una subasta estrepitosa, un medio de comunicación afín, un mercado de origen con dinero (como Colombia) y la capacidad de generar en el país de origen un sentimiento nacionalista lo suficientemente fuerte como para neutralizar las críticas y marginarlas a “envidias” o “anti-nacionalismos”.

Óscar Murillo representa, una y otra vez, todos los lugares comunes del mito trágico del artista moderno remasterizados. Así mismo, a este sistema de marketing toca agregarle, de vez en cuando, toda suerte de leyendas: un origen humilde en un país periférico, una historia de vida conmovedora, una obra autorreferencial y claramente objetual (fácilmente mercadeable y de gusto complaciente con el mercado del arte contemporáneo global), el parecido con un artista latino (Basquiat) y todo tipo de rumores y noticias sin confirmar, como por ejemplo, que un actor famoso de Hollywood compró determinada obra al artista, como cuando el Andy Warhol estelar compró pinturas al Jean-Michel Basquiat marginal.

Así mismo, cada exposición individual o colectiva se hace o se anuncia en el momento histórico oportuno en el que puede ser capitalizada mediáticamente: por ejemplo, se lanza a Murillo comercialmente el mismo año en que Basquiat cumple 25 años de fallecido; o los galeristas de Murillo deciden hacer una exposición del artista en una galería de Londres, con obras que rememoran los poporos quimbayas, cuando simultáneamente el Museo Británico hace una exposición temporal de la colección de orfebrería del Museo del Oro del Banco de la República, cuyo símbolo más perdurable es un Poporo Quimbaya. Y si a esto, en los mismos días, le agregamos una subasta simultánea con precios récord, que permita unir todo en un mismo impulso mediático, misión cumplida.

Aunque Murillo es un artista que se mueve en ciertos circuitos del mercado del arte contemporáneo internacional (anclado entre Nueva York y Londres), lo cierto es que por más que él mismo pretenda huir (al menos en apariencia) de su origen nacional, es un artista colombiano, anclado plástica, visual, conceptual y biográficamente al país (y al mundo latino), que escribe repetidamente palabras como “Yuka” en sus obras, que procura narrar situaciones familiares y sociales ancladas en la situación del país, un artista que necesita de la estabilidad y el reconocimiento que puede conceder el campo del arte colombiano, un campo que está en el foco del arte contemporáneo internacional, un campo caracterizado por su madurez y pugnacidad. Él y sus galeristas saben perfectamente que necesitan tener a Colombia en sus manos, y hacerlo ver como un artista de esa Colombia-Otra, exótica, pintoresca y conflictiva. Ellos necesitan hacer de una obra que sólo tiene valor económico algo perdurable culturalmente.

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