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¿Los críticos quieren a Botero?

Ahora que Fernando Botero se convierte en el primer artista vivo en exponer en el Museo Nacional de China en Beijing, Arcadia quiere analizar su obra. El antioqueño es uno de los artistas colombianos más reconocidos en el mundo, pero su relación con los críticos ha sido de odios y amores. Tres expertos dan su opinión.

2015/11/10

Halim Badawi*

En ciertos círculos intelectuales es (casi) un lugar común afirmar que la obra temprana de Fernando Botero, la pintada entre 1949 y 1965, es el momento de su producción que reviste mayor interés en términos de exploración creativa y plástica. Sin embargo, paradójicamente, en términos de mercado del arte, éste es el período con menor valor económico, al menos si lo comparamos con su producción de la década de 1970 en adelante, caracterizada por lo que él llama “el hallazgo del estilo”, un eufemismo para la repetición ad nauseam de una fórmula de éxito comercial (que desde hace tres décadas ha mostrado evidentes signos de agotamiento). El mismo Botero suele despreciar públicamente su obra temprana, a pesar de haberle merecido una favorable crítica internacional, una suerte que le abandonó hace ya bastante.

Fernando Botero hace historia con su exposición en China.

Esta disociación entre lo que los críticos, curadores e historiadores del arte consideran meritorio, y lo que el mercado considera económicamente valioso (con la inevitable discusión sobre cómo se construye la legitimidad), es una discusión que atraviesa una gran parte del arte moderno y contemporáneo en Colombia. El mismo debate ocurre, guardando los matices, con otros pintores modernos como Alejandro Obregón y Enrique Grau. Y esta diferenciación hay que tenerla clara a la hora de señalar, como un hecho exitoso, que Botero exhiba sus obras en los Campos Elíseos o en Miami, o incluso en un museo en China, espacios irrelevantes en el panorama museológico global, sin los filtros críticos para hacer exposiciones antológicas de significación. En estos espacios aplica la ley de las relaciones públicas y diplomáticas, y evidentemente del capital.   

La inflación volumétrica boteriana va dirigida a la consolidación de un estilo, a crear una marca distintiva en el mercado del arte, como cualquier otro producto comercial; una obra que no evoluciona, que no muerde la mano que le da de comer, que no cuestiona o reformula los gustos anquilosados, todo en desmedro de la investigación visual, creativa, intelectual y de lo que algunos modernistas llaman “el genio”. Inevitablemente, esto tiene consecuencias para los artistas más recientes: la industria editorial está concentrada en Botero (habría que preguntarnos cuántos libros irrelevantes se publican anualmente sobre él y cuántos dedicados a otros artistas olvidados), los grandes museos de Colombia han sido víctimas de una monopolización sin precedentes (un hecho encarnado en el Museo Nacional, el Museo Botero y el Museo de Antioquia) que no hace más que inyectar combustible al mercado del artista, y se ha configurado una agenda boteriana en un amplio sector de los medios y del gobierno: Botero se ha convertido en un aliado del poder, en un artista oficial alineado con cada gobierno, con una producción reciente abundante, repetitiva e intrascendente, perfectamente olvidable.

*Crítico de arte


Álvaro Medina**

Hay los que dicen que Botero se repite, pero basta mirar las proporciones que emplea en cada etapa para entender que no es así. A mí solo me interesa la obra que hizo entre 1957 y 1980. Después de esta fecha sus figuras dejan de ser monumentales y se vuelven fofas. Cuando las veo, añoro el expresionismo de los Niños de Vallecas.

En la percepción del Botero que se repite ha influido mucho la donación que tan generosamente le hizo al Banco de la República. En esas salas, llenas de decenas de pinturas, no hay más de cinco que realmente me conmuevan y convenzan. Los jóvenes estudiantes de arte ven eso y salen decepcionados, experiencia que he palpado como profesor. ¡Que lástima! Pensar que la museografía debe permanecer inalterada por los siglos de los siglos pone a bostezar.

Yo sugeriría dividir esa colección en tres y exhibir cada parte durante un período de dos años para introducirle al museo variedad y contar con un factor de novedad. En el espacio recuperado se podría exhibir a los contemporáneos de Botero, el momento más brillante del arte colombiano.

**Historiador y crítico de arte, autor de Procesos del arte en Colombia 1810-1930, recién publicado por Laguna Libros y la Universidad de los Andes.

Alejandro Martín***

Marta Traba celebró la obra de Fernando Botero de comienzos de la segunda mitad del siglo veinte como la de uno de los máximos exponentes del arte moderno colombiano, según los cánones que provenían del arte europeo moderno y clásico. Pero hasta ahora no he visto que nadie le reconozca, en el nuevo milenio, su lugar dentro del arte contemporáneo. Ya es hora de notar que quizás es de los pocos artistas fuera de los centros de poder que ha encontrado el eco internacional, y que habría de situar junto a sus colegas más próximos, gente como Jeff Koons, Damien Hirst o Takashi Murakami. Artistas que tienen muy claro que, más que las piezas, la figura pública del artista es su verdadera obra y que la habilidad principal está en el juego con el mercado, los medios y las formas de reproducción. 

Prueba de ello son instalaciones como la Plaza Botero en Medellín, donde las piezas interactúan con los públicos y funcionan como amables y divertidos dispositivos para posar y tomarse fotografías. Las reproducciones piratas en tamaño miniatura que venden en la plaza son una forma más de la infinidad de reproducciones que se pueden encontrar de su obra: llevándonos a reconocer que su estilo de “engordamiento” es ya marca registrada y un inevitable ícono colombiano. Todo de la mano de la prensa, que con su minucioso seguimiento de su vida personal, el bombo que le da a cualquiera de sus acciones, y la reproducción de cualquiera que sea su nueva creación, multiplica y da acceso a todos a su producción.

En tiempos en los que se confunde la figura del curador y del artista, Botero ha creado curadurías que no tienen parangón, en la medida que a diferencia de la mayoría de las exhibiciones, las suyas no son efímeras sino que tienen lugar permanente en los principales museos públicos del país: el Museo del Banco de la República y el Museo de Antioquia, vengando quizás así el poco interés que han tenido por su obra desde hace décadas los museos internacionales. Mediante sus donaciones ha conseguido saltarse la odiosa figura de los curadores, imponiendo generosamente en estos espacios una considerable muestra de sus pinturas y esculturas en paralelo con su colección de arte. Colección reunida gracias a la fortuna recogida por los precios exorbitantes que han llegado a tener sus obras, y a su conocimiento del arte clásico y moderno que ya una vez dio fruto en su obra temprana.

La validación por parte de buena parte del público y el poder que le da su costosísima colección de arte se unen para permitirle mostrarse a sí mismo como el principal artista colombiano, el único merecedor de una muestra monográfica permanente. Y así, esa nueva obra de arte que ha venido configurando con sus instalaciones, ese Botero hinchado según los cánones de su fórmula pictórica pero mediante los recursos del arte contemporáneo, es un artista que todavía esta por ser leído según los cánones actuales.

***Curador del Museo La Tertulia, en Cali.

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