Jaime Manrique

El artista del documental

"Yo estaba a la vez entretenido e intranquilo por su actuación loca y extravagante."

2016/07/03

Por Jaime Manrique

Conocí a Sebastián cuando se matriculó en una de mis clases de dirección de cine en la universidad donde enseño. Inmediatamente después de que empezó el semestre, él se distinguió entre el resto de los estudiantes porque era muy franco sobre su amor por las películas de terror. Nuestra especial complicidad empezó una tarde cuando irrumpió en mi oficina, se sentó antes de que lo invitara, y empezó a contarme con lujo de detalles sobre una película llamada La mamá diabólica, que había visto en uno de esos teatros que frecuentaba en la calle 42. “Y al final de la película”, dijo, “cuando el niño está rezando en la capilla frente a la estatua de un Cristo sangrante en la cruz, Cristo se convierte en la mamá diabólica, saca el cuchillo de carnicero que llevaba clavado entre sus pechos y se lanza al cuello del niño. Ella persigue alrededor de la iglesia al niño que grita hasta atraparlo”. Sebastián hizo una pausa para ver mi reacción: “Después de que ella corta su cabeza”, continuó, casi saboreando, “ella pone su cabeza en el altar”. En tanto que él narraba esas escenas, los globos oculares de Sebastián se dilataban espantosamente, sus manos dibujaban arabescos frente a su cara y gruñidos guturales y asquerosos salían del fondo de su garganta.

Yo estaba a la vez entretenido e intranquilo por su actuación loca y extravagante. Aunque no soy un fanático de las películas de terror tipo B, me impresionaba su amor por el cine. Además apreciaba el hecho de que él no era simplón o aburrido como la mayoría de mis estudiantes; encontré encantadora su gracia y el aura de rareza que cultivaba. Aún así, en ese mismo instante decidí que trataría al máximo de mantenerlo alejado. No era tanto que me sintiera atraído a él (lo cual es siempre peligroso para un profesor) sino que percibí su energía un poco inquietante.

Sebastián empezó a aparecerse al menos una vez a la semana durante mis horas en la oficina. Nunca pidió cita y raramente discutía conmigo sus escritos. Hay un sofá frente a mi silla, pero él siempre se sentaba en una banca que limita con la puerta, como si sintiera temor acercarse más. Él hablaba de las nuevas películas de terror que había visto y a veces me hacía una invitación casual para ver una película juntos. Pronto me resultó claro que, debido a su ropa sucia, cabello desgreñado, extravagancia y su amor a lo bizarro y gótico, era un muchacho solitario.

Un día estaba comiendo un sándwich en la cafetería cuando él llegó y se acercó.

-“¿Has oído de Foucault?”, me preguntó.

-“Seguro. ¿Por qué?

“Te diré: anoche tuve un sueño en el que Foucault me pidió que explorara mi discurso secundario. En el sueño había una puerta con un letrero que decía Cuero y Dolor. Foucault me ordenó abrirla, cuando lo hice, escuché una voz que me dijo que viniera a verlo a usted hoy”.

Dejé de masticar mi sándwich y sorbí del café.

“Esta mañana me perforé una tetilla”, continuó Sebastián, tocando el punto en su camiseta. “El tipo que lo hizo me contó sobre un hombre que perforó su pipí y luego su pene resultó con dos pipís de manera que pudo duplicar el placer”.

Mi boca se abrió. Ahí me quedé sentado mudo. Sebastián se puso de pie. “Lo veo en clase”, dijo mientras se alejó de la mesa.

Perdí el apetito. Consideré mencionar la conversación al jefe del departamento. Tratar con los encaprichamientos de los estudiantes no era algo nuevo para mí, en mis tiempos yo también había tenido apasionamientos por algunos de mis profesores. Decidí que todo era inofensivo, que mientras yo lo mantuviera a distancia y no lo animara, no había razón para alarmarse. Mientras analizaba mis propios sentimientos, concluí que no me sentía atraído a él, entonces no estaba en peligro de caer en sus juegos.

 

Pasado un tiempo Sebastián presentó su primera película, una farsa disparatada filmada en una habitación en la cual él interpretaba todos los roles y mataba a todos los personajes de maneras horripilantes. Me entusiasmaba la energía sin límite de su trabajo.

Vino a verme una tarde al final del otoño. Se veía alterado. Su padre había sufrido un ataque al corazón y Sebastián viajaría a casa en New Hampshire para verlo en el hospital. Yo ya había aprobado su propuesta de proyecto final ese semestre, una adaptación de El artista del hambre de Kafka. Le aseguré que aunque tuviera que ausentarse durante un par de semanas, esto no afectaría sus calificaciones finales.

“Oh, es muy amable”, dijo, inclinando la cabeza. “Pero quiero que sepa que estoy agobiado con la idea de ir a casa porque soy gay”.

-“¿Les contaste a tus padres?”, pregunté.

-“¡Estás bromeando! Sus ojos estaban llenos de rabia. “Mis padres se cagarían de la sorpresa si lo supieran”.

-“Nunca lo sabrás”, dije. “Los padres pueden perdonar cuando se trata de sus hijos”.

-“No mis padres”, resopló. Entonces Sebastián me contó su historia. “Cuando era adolescente tomé una de esas pruebas que miden el coeficiente intelectual y el resultado indicó que era un genio para las matemáticas o algo así. De ese modo fue que ingresé a la universidad MIT, a los quince años, con una beca completa. Sabes, era del tipo solitario. Todo lo que quería era hacer felices a mis padres. Entonces estudié duro y obtuve solo notas de A, pero odiaba esa mierda y a esas personas. Mis compañeros y mis profesores eran como…” hizo una pausa, y había cólera y tristeza en su voz. “Ellos eran tan abstractos y secos como esos números y teorías que bombardeaban en mi cabeza. Un día pensé que si permanecía ahí me iba a convertir en un zombi antes de la graduación. Yo siempre había querido hacer películas de terror, las películas son lo único que me importa. Entonces fue cuando anuncié a mis padres mi decisión de renunciar al MIT y venir a Nueva York a seguir una carrera en dirección de cine”.

Como Sebastián lo planteó sus padres se “espantaron”. Ellos eran de una familia obrera que había fijado todas sus esperanzas en él y su hermano, un ingeniero. Ocurrió una bronca terrible. Sebastián fue a la casa de un amigo donde se emborrachó. Aquella noche, conduciendo de regreso a su casa, perdió el control del auto y chocó contra un árbol. Estuvo en coma durante cuarenta y cinco días. Cuando se despertó, nada pudo disipar su decisión de estudiar cine. Recibió una beca parcial en la escuela donde enseño y se mantuvo a sí mismo atendiendo negocios de comida y trabajando como extra de películas. Me contó cómo era de violento su padre con toda la familia y sobre la amargura del hombre. De modo que resultaba duro regresar a casa y verlo en el hospital. Sebastián no estaba seguro si debía ir, pero quería asegurarse de estar allí en caso de que su padre muriera.

Cuando Sebastián no regresó a la escuela a las dos semanas, llamé a su número en la ciudad pero escuché la máquina. Dejé mensajes un par de ocasiones pero no tuve respuesta. Después llamé a los padres. Su madre me informó que el padre estaba fuera de peligro y que Sebastián había regresado a Nueva York. Al final del semestre le di una calificación de “incompleto”.

Durante el verano empecé un documental sobre la vida de la calle en Nueva York. Pasé una gran cantidad de tiempo en las vías con mi cámara de video, filmando lo que me parecía raro o representativo de las actividades callejeras. En el otoño Sebastián no apareció y pensé menos y menos en él.

Una tarde lluviosa y gris en noviembre había acabado de terminar de filmar en el vecindario de Washington Square Park. En la creciente oscuridad, el parque bullía con gente que salía del trabajo, estudiantes que iban a clases nocturnas y una nueva horda de drogadictos que salían solo después de la caída del sol.

Había grabado a tantas personas desamparadas los últimos meses, que no hubiera hecho una pausa para ver a este hombre si no hubiera sido por el hecho de que había empezado a lloviznar más fuerte y él estaba arrodillado con un aviso en un cartón alrededor de su cuello que decía: AYÚDAME, TENGO HAMBRE, sus manos en posición de rezo, y su cara –ojos cerrados-, mirando hacia el cielo inhóspito. Tenía barba, cabello largo rubio cenizo, tan demacrado y abatido como uno de los Cristos de Gauguin. Paré a preparar mi cámara y, en tanto me acercaba, vi que el hombre lucía familiar: era Sebastián.

No me considero un tipo compasivo. Me explico: de vez en cuando doy dinero a los vagabundos, dependiendo de mi humor, especialmente si no lucen como drogadictos. Pero no soy como algunos de mis amigos que trabajan en comedores de beneficencia, o que en el invierno llevan sándwiches y cobijas a la gente que duerme en los callejones oscuros o en las estaciones del tren.

Sin embargo no pude ignorar a Sebastián, y no porque él había sido uno de mis estudiantes y le tenía cariño, sino porque estaba seguro de su talento.

Me quedé ahí, esperando a que Sebastián abriera sus ojos. Me estaba empapando, y parecía que él estaba extraviado en sus pensamientos, de modo que dije, “Sebastián, soy yo, Santiago, tu profesor de cine”.

Sonrió, aunque sus dientes ahora estaban oscuros y quebrados. Sus ojos se iluminaron también, pero no por el reconocimiento, sino con el nirvana de la demencia.

Tomé su mugrienta mano con las mías y la presioné con cordialidad aunque estuviera asqueado. En ese momento me di cuenta de la fría lluvia, los transeúntes, el alboroto del tráfico, el tropel de las noches de otoño en Nueva York, cuando sus habitantes se afanan entusiasmados, camino a sus destinos, a futuros brillantes y esperanzas excesivas, a sus seres queridos y a sus hogares. Rodeé sus manos con las mías, como para salvarlo, como si quisiera salvarme de la descarga de dolor que golpeaba mi pecho.

-“Hola profe”, dijo Sebastián finalmente.

-“Tienes que buscar refugio o te enfermarás”, dije, jalando de su mano, persuadiéndolo de retirarse de la acera.

-“OK, OK, él cedió excusándose mientras se paraba.

Sebastián se quedó de pie con los hombros encorvados, su cabeza inclinada a un lado, mirando el suelo. Sus labios formaban una sonrisa extraña, completamente desconectada, la risilla sofocada y loca de un niño que es sorprendido haciendo alguna travesura, un chiquillo que se siente a la vez apenado y entretenido por sus diabluras. La sonrisa de alguien que tiene sentido del humor, pero no cree que tenga el derecho de sonreír. Sebastián se había vuelto pasivo, abatido, y asustado como un perro maltratado. Sus ojos reflejaban miedo.

-“¿Te gustaría venir a mi apartamento a tomar café?, dije.

-“Gracias”, respondió, evitando mi mirada.

Suavemente, para no asustarlo, removí el aviso de cartón de su cuello. Llamé un taxi. Permanecimos en silencio en el camino a casa. Abrí la ventanilla porque el hedor de Sebastián era insoportable. Una parte de mí deseaba que le hubiera dado un poco de dinero y seguido con mis asuntos.

Indiqué dentro del apartamento: “Mejor quítate esas prendas antes de que contraigas neumonía”. Pedí que se desvistiera en mi cuarto, le entregué una bata y pedí que se bañara. Dejó sus ropas sucias en el suelo, y mientras se duchaba, revisé los bolsillos de su ropa, buscando pistas sobre su condición actual.

Había unas monedas en sus bolsillos, algunas llaves, una pipa de vidrio del tipo que los adictos al crack usan para fumar junto a las puertas. La pipa se sentía más repugnante en mi mano que una rata cubierta de gusanos; era como una entidad maligna que amenazaba con destruir todo lo viviente y saludable. La tiré en la cama y fui a la cocina donde lavé mis manos con detergente y agua caliente. Sabía que me estaba comportando irracionalmente, pero no me podía controlar. Regresé a la habitación, allí junté los mugrientos harapos, formé un bulto y los tiré en una bolsa que luego arrojé a la basura.

Sebastián y yo teníamos casi la misma altura, aunque él estaba tan demacrado que nadaría en mis ropas. Pero al menos luciría limpio, pensé, mientras sacaba del armario ropa interior térmica, medias, bluyines, una camiseta de franela y una chaqueta verde militar que no había vestido en años. Quise deshacerme de sus estropeados y malolientes tenis, pero su talla era más grande que la mía. Extendí todas esas prendas sobre la cama y fui a la cocina donde preparé café y sándwiches. Cuando terminé, me tiré en el sofá de la sala y encendí la televisión.

Sebastián permaneció en mi cuarto por un largo rato. Cuando me empecé a preocupar, abrí la puerta. Estaba sentado en mi cama, vistiendo las ropas limpias, se miraba al espejo grande en el closet. Su barba y su cabello todavía estaban húmedos y desaliñados, pero él lucía presentable.

-“Bonita camisa”, susurró, palmeando la franela sobre su hombro.

-“Te luce bien”, dije. Ahora que estaba aseado y vestía ropas limpias, con su cabello rubio y sus ojos verdes, era un joven apuesto.     

Nos sentamos a la mesa. Sebastián agarró un emparedado y empezó a comer despacio, a mordiscos pequeños y masticando con dificultad, como si le dolieran las encías. Lo quise confrontar sobre el bazuco, pero no supe cómo hacerlo sin incomodarlo. Sebastián comió, sosteniendo el sándwich cerca de su nariz, mirando sus rodillas todo el tiempo. Comía con parsimonia y bebía su café a tragos cortos, haciendo extraños sonidos de sorbidos, como imaginé que haría un animal sediento.

Cuando terminó de comer nuestros ojos se encontraron. Se puso de pie. --“Gracias. Me voy, ¿está bien?”.

-“¿A dónde vas?”, pregunté en tono frenético. “Está lloviendo. ¿Saben tus padres cómo encontrarte?”.

-“A mis padres no les importa”, dijo sin animadversión.

“Sebastián, estoy seguro de que les importa. Eres su hijo y ellos te quieren”. Vi que se enfadaba, entonces decidí no insistir en el asunto. “Tú puedes dormir acá esta noche. El sofá es muy cómodo”.

Mirando sus tenis, sacudió la cabeza. “Está bien. Gracias de todos modos. Te veré por ahí”. Dio dos pasos hacia la puerta.

-“Espera”, dije y corrí al cuarto por la chaqueta. Se la di al igual que una sombrilla.

Sebastián metió el resto de su sándwich en un bolsillo lateral y se puso la chaqueta. Agarró la sombrilla de ambas puntas y la inspeccionó, como si hubiera olvidado cómo usarla.

Anoté mis teléfonos del apartamento y de la oficina en un pedazo de papel. “Puedes llamar en cualquier momento que me necesites”, dije y además le entregué un billete de diez, con cierto recelo porque estaba casi seguro de que lo iba a usar para comprar crack. Sebastián tomó el número pero devolvió el dinero.

-“Es tuyo. Por favor recíbelo”, dije.

“Es demasiado”, dijo, lo cual me sorprendió. “Solo dame suficiente para un café”.

Metí la mano al bolsillo, tomé un montón de monedas y se las entregué.

Encogiendo sus hombros y dándome una sonrisa extraña, Sebastián las aceptó. De repente supe lo que me recordaba la expresión: la sonrisa del vagabundo, interpretado por Charlie Chaplin en City Lights. Sebastián abrió la puerta y descendió las escaleras en vez de esperar el ascensor.

Al día siguiente regresé a la esquina donde lo había encontrado el día anterior, pero Sebastián no estaba. Empecé a filmar solamente en ese vecindario. Me obsesioné con encontrarlo de nuevo. Tuve sueños en los que lo veía con docenas de drogadictos retorciéndose en los oscuros callejones de Nueva York. A veces descubría a la distancia a  un hombre joven que lucía como Sebastián. Sé que eso le ocurre a la gente cuando mueren sus seres queridos.

Aquella Navidad volví a salir a las calles, en apariencia para grabar más material, pero secretamente con la esperanza de encontrar a Sebastián. Fue por esa época que los desamparados dejaron de ser para mí cucarachas humanas anónimas de la miseria urbana. Ahora eran personas con características, con rostros, con historias, con seres queridos buscándolos desesperadamente, tratando de salvarlos. No más leprosos morales para ser rechazados, los más jóvenes entre ellos me fascinaban especialmente. Me preguntaba cuántos de ellos eran inteligentes, talentosos, inclusive genios, quienes a causa del bazuco u otras drogas, o por el rechazo, heridas sentimentales o la falta de amor, habían terminado en las calles, decidiendo marginarse de la peor manera.

El documental y mi búsqueda de Sebastián se convirtieron en la misma causa. La búsqueda me llevó a lugares en los que nunca había estado. Empecé a viajar en el metro tarde en la noche, filmando a los indigentes que dormían en los vagones, buscando calor, viajando toda la noche. La mayoría eran negros, y muchos eran jóvenes, y un gran número de ellos parecían perturbados. Me convertí en experto en distinguir los diferentes rasgos de la gente de la calle. Los que vagaban por la calle 42 parecían feroces, crueles, poseídos por los diablos virulentos de las drogas. Los que dormían en el metro o en la estaciones Port Authority, Grand Central y Penn Station eran más pobres y no se involucraban con drogas o prostitución. Muchos eran lisiados o retardados y sus ojos no centellaban el mensaje MATAMATAMATA. Empecé a ocupar el tiempo afuera de los refugios de la ciudad donde ellos pernoctaban. Busqué a Sebastián en aquellos lugares, en los parques, en las riberas de Manhattan, debajo de los puentes, en cualquier lugar en que esta gente se congregara. La sonrisa de Sebastián –la que había mostrado cuando salió de mi apartamento- me hería como un pica hielo clavando mi corazón.

Un sábado por la tarde a finales de abril iba a ver a Blake, un tipo que había conocido en un comedor de beneficencia donde había empezado a hacer trabajo voluntario. Debido a que llegué con media hora de anticipación y la noche era agradable y el aire cálido y acogedor, fui al parque Union Square a admirar las flores.

Estaba sentado en una banca mirando hacia el oriente cuando Sebastián pasó junto a mí y se sentó en la banca del lado. Aunque el clima estaba caluroso, todavía vestía la chaqueta que le había dado en el invierno. Cargaba una mochila y en una mano sostenía lo que parecía una lata de cerveza envuelta en una bolsa de papel. Agarraba la mochila con su mano libre como para protegerla de los ladrones; y con la otra mano, tomaba sorbos de su cerveza, todo mientras contemplaba sus raidos zapatos deportivos.

Resultaba muy extraño verlo vestir esa chaqueta. Era como si estuviera vistiendo una parte de mi, como si le hubiera prestado una de mis extremidades. Reflexioné si me acercaba o me ponía de pie y alejaba. Durante los últimos dos meses –en realidad desde que conocí a Blake- había disminuido mi obsesión por Sebastián. Me paré. Mi corazón empezó a palpitar tan rápido que estaba seguro de que la gente lo podía oír. Respiré profundamente; miré derecho las bellas hojas que vestían los árboles, las flores coloridas y bellamente distribuidas, el cielo despejado vestido de un topacio esmaltado, manchado de color rosa. Respiré el aire ligero y caminé hacia donde Sebastián estaba sentado.

-“Sebastián, ¿cómo estás?”, dije con ansiedad. Me miró sin sorpresa. Sentí alivio de ver que había desaparecido la sonrisa loca.

-“Hola”, saludó.

Me senté junto a él. Su chaqueta estaba muy manchada y emanaba de él un olor putrefacto. Su rostro lucía magullado, sus labios agrietados e inflamados, pero no parecía retraído.

-“¿Consigues lo suficiente para comer? ¿Tienes donde dormir?, pregunté.

-“¿Cómo te va?”, dijo evasivo.  

-“Estoy bien. He estado preocupado por ti. Te busqué todo el invierno”. Mi voz se debilitó y me empecé a sentir agitado.

-“Gracias, pero créeme que esto es todo lo que puedo manejar en este momento”, dijo con cuidado y con una lucidez asustadora. “No estoy loco. Sé a dónde buscar ayuda si la necesito. Quiero que entiendas que si soy un indigente es porque fue mi elección. Mi opción es no integrarme”, dijo con vehemencia. “Por ahora me siento bien así”, agregó con seriedad y convicción.

Se empezaron a encender las luces de los edificios, como luciérnagas en el cielo oscuro. Me recorrió un escalofrío. Saqué unos billetes del bolsillo y los puse en sus manos inflamadas y carrasposas.

-“Estoy en la guía telefónica. Llámame si me necesitas, ¿está bien? Siempre me alegrará saber de ti.

-“Gracias. Aprecio tus palabras”.

Puse una mano sobre su hombro y apreté duro. Me paré, di la vuelta y me alejé a pasos largos de Union Square.

 

Transcurrieron muchos meses. No diría que olvidé completamente a Sebastián en ese lapso, pero la vida intervino. Ese verano terminé mi documental. En el otoño fue mostrado en la televisión pública y obtuvo buenas reseñas pero baja sintonía.

Una noche, hace un mes, decidí ir a ver una película de la que todo el mundo estaba hablando. Debido a que estaba muy tarde, el teatro estaba casi vacío. Una pareja en una cita romántica se ubicó en la hilera frente a mí y había otros asistentes repartidos en la sala grande.

La película, que transcurría en Brooklyn, parecía sombría y con pretensiones artísticas, pero las actuaciones y la fotografía mantenían mi interés y no quería regresar a casa todavía, así que me quedé. Cerca del fin de la película hay una escena en la que el personaje principal irrumpe en un bar montado en su motocicleta. Además del cantinero y un marinero sentado en la barra, el negocio se encontraba vacío. La cámara se desplaza lentamente de la izquierda a la derecha, y ahí, vestido de marinero, estaba Sebastián. Se mueve con lentitud y mira a la cámara y por consiguiente a la audiencia. El momento dura dos o acaso tres segundos, y me sorprendí tanto que no podía respirar con facilidad. Ver a Sebastián me sacudió tanto que tuve problemas permaneciendo en mi silla hasta que la película terminó.

Llamé a los padres de Sebastián temprano la siguiente mañana. En esta ocasión su madre también respondió. Para mi sorpresa, recordó quién era yo tras la presentación. Le dije lo que había pasado la noche anterior lo que me hizo dar cuenta de que no había visto u oído nada de su hijo en cierto tiempo.

“Agradezco mucho su llamada”, dijo con voz suave y juvenil pero vibrante de emociones. “Sebastián murió hace seis semanas. Tenemos una de sus grabaciones que pensé en enviarle por el hecho de que su estímulo significó mucho para él”.

Luego dio detalles de la muerte de Sebastián: que había sido encontrado en una banca en el Central Park y que aparentemente había muerto de neumonía y anemia aguda. Por fortuna, todavía cargaba algunas de sus identificaciones lo que ayudó a la policía a localizar a los padres. En la mochila encontraron un casete de video etiquetado como El artista del hambre.

Pregunté si lo había visto.

-“Traté pero fue muy doloroso”, suspiró.

-“Le aseguro que sería un honor recibirlo. Siempre lo guardaré como un tesoro”, dije.

Conversamos un rato más y luego le di mi dirección y nos despedimos. Pocos días después camino a la escuela encontré el video en mi buzón del correo. Lo cargué todo el día y decidí esperar a que llegara al apartamento para verlo.

Después de la cena me senté a ver la última película de Sebastián. En un pedazo de cartón, escrito con letra grande y caligrafía gótica e infantil, aparecía: EL ARTISTA DEL HAMBRE. POR SEBASTIÁN X. INSPIRADO EN LA HISTORIA DEL SEÑOR FRANZ KAFKA.

El video empezaba con un close-up de Sebastián. Descubrí que debía haber empezado a filmar cuando todavía asistía a la escuela porque lucía saludable, su cutis estaba bien al igual que sus ojos. Milímetro a milímetro la cámara analizaba sus rasgos faciales: el ojo derecho, el izquierdo; los labios apretados, seguido de una sonrisa de oreja a oreja que muestra dos hileras de dientes en perfecta condición. Después vemos las orejas, y finalmente, con el toque característico de Sebastián, la cámara examina sus fosas nasales. Una de las fosas está llena de mocos. Detuve la cinta. Estaba temblando. Poseo grabaciones de amigos y parientes que están muertos, y cuando los miro, experimento una profunda congoja. Después de algún tiempo, los sentimientos que tenemos son fuertes pero están resueltos, no atormentan. Sin embargo, al ver la cara de Sebastián en la pantalla mirándome, experimenté el sentimiento que siempre he tenido por los actores de antes que amo con pasión, aunque hayan muerto antes de que yo naciera. Fue, por ejemplo, como el amor perfecto que sentí por Leslie Howard en Pygmalion, aunque no vi esa película hasta que era mayor de edad. No podía negar más que había estado enamorado de Sebastián; que yo había sofocado mi pasión por él porque supe que nunca podía satisfacerla. Por eso había negado la naturaleza de mi preocupación por él. Oprimí el control remoto y la película continuó. Cualquier cosa era mejor que lo que estaba sintiendo.

Ahora la cámara retrocede y lo vemos sentado con las piernas cruzadas en posición de loto, vistiendo pantalones cortos. En la pared de atrás, hay un aviso del que se lee, EL ARTISTA HA PASADO DOS HORAS SIN COMER. ¡RÉCORD MUNDIAL! La siguiente imagen es del público. Una mujer con cabello largo y verde, mucho maquillaje, una sombra púrpura en los ojos, los labios pintados de manera grotesca, mascando chicle, hace una bomba como un jugador de béisbol y toma un sorbo de coca cola dietética. Ella asiente con la cabeza todo el tiempo. La cámara regresa a Sebastián quien la mira imperturbable. Siguiendo este patrón de imágenes, vemos a un hombre en un traje elegante con chaleco, un tipo ejecutivo que mira al artista y toma notas. Él es seguido por una rubia exuberante engalanada con joyas de fantasía; ella picotea de una caja grande de palomitas de maíz con mantequilla y bebe cerveza. Viste guantes blancos de seda. Vemos individualmente al menos a media docena de personas, y Sebastián las interpreta a todas. La secuencia termina con manos que aplauden. Mientras los espectadores abandonan la habitación, dejan dinero en un cenicero sucio. La mano con guante deja una tarjeta que dice, SI ALGUNA VEZ TIENES MUCHA HAMBRE, ¡LLÁMAME! Esta parte del filme, grabada con colores chillones de neón, poseía sin embargo el efecto de una película antigua, del cine mudo.

La cámara corta a la cara de Peter Jennings, quien presenta las noticias de la noche. No podemos escuchar lo que dice. Nuevo corte a Sebastián en posición de meditación. Corte a un titular: ARTISTA ROMPE EL RÉCORD DE HAMBRE. 24 HORAS Y CINCO MINUTOS SIN COMER.

La siguiente ocasión que vemos al artista del ayuno, está en las calles y la fotografía es en blanco y negro. Como banda sonora oímos sirenas a todo volumen, coches de bomberos que chillan, autobuses quietos, camiones grandes que frenan, automóviles que aceleran, pitan y chocan, grúas demoliendo estructuras gigantes. Esta parte de la película debió haber sido filmada cuando Sebastián ya era un desamparado. Él debió haber cargado la cámara en su mochila, o debió haber alquilado una, pero resulta claro que cualquier dinero que recogió mendigando lo usó completamente en el filme. En esta parte de la película usa cámara al hombro para enfatizar el carácter documental. Solo puedo imaginar que usó a gente de la calle para que sostuviera la cámara por él. El deterioro de Sebastián se acelera: sus prendas se vuelven más sucias y andrajosas; en este punto sus disfraces son menos convincentes. Debe ser casi imposible para una persona hambrienta personificar a alguien más. Sus mejillas están hundidas, sus pupilas brillan como los ojos de un animal salvaje en la oscuridad. Los letreros decían: 54 DÍAS SIN COMER… 102 DÍAS…111 DÍAS. En lugar de manos aplaudiendo, vemos una mano en movimiento que hace un gesto como si estuviera espantando al artista.

Sebastián desaparece de la película. Tenemos imágenes de personas en comedores de beneficencia y los indigentes escarbando en las canecas de basura. Una entrevista con un desamparado termina la película. No vemos la cara de la persona que conduce la entrevista, si no la voz de Sebastián. Lee pasajes de un cuento de Kafka a una mujer sin hogar y le pide que comente. Ella responde con una carcajada sin sonido que expone sus encías afectadas.

Presioné el botón rebobinador y me senté en la silla con estupor. Me sentí destruido al darme cuenta que, en lo que respecta a los asuntos de mi propio corazón, ignoro muchísimo más de lo que sé. Estaba tan aturdido y agotado que ni siquiera tenía la energía de pararme y extraer el video del reproductor.

Después esa noche, todavía afectado, decidí salir a caminar. Era una de esas noches frías y tempestuosas del final del otoño, pero su melancolía se ajustaba a mi humor. Oí un viento glacial deslizándose en todas las direcciones de Manhattan. Caminé hasta que la punta de mi nariz quedó como un témpano de hielo. Mientras seguía caminando, acercándome al punto más sur de la isla, me di cuenta de lo tarde que era y cómo la mayoría de los ciudadanos “normales” de Nueva York estaba en sus hogares, calienticos en sus casas, buscando escape con sus libros o la televisión o encontrando consuelo en los brazos de sus seres queridos o en las caricias de extraños.

Seguí mi camino, pasando al lado de los desamparados que en las noches como estas elegían quedarse afuera o no pudieron encontrar espacio en un refugio. Cuando me cruzaba con ellos en las oscuras calles, lo hice sin miedo o repugnancia habitual. Seguí avanzando, dentro de los callejones estrechos, yendo hacia el lamento fantasmagórico del viento ártico que barría el río Hudson, impotente sobre las estructuras colosales de acero de esta ciudad.      

Traducción de Joaquín Botero

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