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De nuevo Penélope

Una tela infinita, un mapa surcado por hilos de colores, un telar invisible, unas redes nerviosas más allá de los límites del cuerpo, unos cuerpos suspendidos, una mortaja funeraria… Las artistas colombianas zurcen como una obsesión y como un destino.

2010/03/15

Por Rodrigo Restrepo Ángel

María Angélica Medina teje desde que tiene memoria. Se tejió sus propias muñecas cuando era niña y les tejió la ropa a sus tres hijos hasta cuando crecieron. Teje sus propias prendas, tejió también las cortinas de su casa y luego, cuando la invitaron a exponer, tejió unos redondeles delgados en lino de coser zapatos, unos objetos sin función ni límites formales, y por lo tanto incómodos y contradictorios para la mente racional. “En realidad no eran objetos, por eso nadie entendió la exposición”.

Fue entonces cuando María Angélica decidió tejer algo que realmente no tuviera límites, que realmente no sirviera para nada. En 1984 empezó “Pieza de conversación”, un hilado sin fin que no ha dejado de tejer y que ya pesa más de 100 kilos. ¿Por qué? Porque le molesta que le digan lo que tiene que hacer, que le impongan límites, pero ante todo para que cada uno imagine qué haría con algo que no sirve para nada. Es un desafío a la libertad individual. La gente le dice todo tipo de cosas en las exposiciones a las que asiste: que termine de una vez, que empiece otro, la regañan o simplemente se sientan a su lado y le cuentan sus penas y sus dudas. Y ella sigue ahí, como un personaje mítico, con sus agujas y su bulto enorme de polipropileno y su mirada firme, repitiendo su acto interminable. “Mi necesidad es comunicarme y el tejido es mi lenguaje. Me libera. Se convirtió en un río de palabras, de conversaciones, de tiempo”.

Ceci Arango tampoco puede parar de tejer. Pero no teje ropa, ni telas infinitas. Ceci teje objetos como columnas de hierro, telares de cable eléctrico, bordados de aluminio, estructuras en alambre de púa o telas invisibles en acetato transparente. También teje unas cintas según la técnica ancestral de la trenza múltiple, la misma técnica de cestería para hacer el sombrero ‘vueltiao’. La diferencia es que sus cintas no están hechas de fibras vegetales, sino de billetes de mil pesos o de dólar, de informes de flujos de ventas de grandes empresas, de folletos de Carrefour o de parques de diversiones de la Florida. Todo para señalar la “In-productividad” de la artesanía tradicional, o lo ‘in’ que está la idea de productividad. Ceci es una de las gestoras de expo-artesanías, una investigadora obsesiva de cuanta técnica de tejido exista en Colombia y una defensora acérrima del diseño con identidad cultural.

Ella misma es diseñadora: elabora pufs de fique según el método espiral de los artesanos boyacenses, y ‘teje’ camas, armarios y sillas en macana y madera. Y tejió hace unos años una bandera de Colombia cuyos colores están entretejidos, tal como las ideas deberían estarlo en una sociedad. “Tejer es entrelazar ideas para crear pensamientos, y entrelazar pensamientos para crear sociedad”. Ceci recuerda cómo los kogis de la Sierra Nevada ponen a tejer durante días a quien comete una falta, para que así entrelace de nuevo el hilo de su pensamiento en la urdimbre de la comunidad.

Johanna Calle quiso señalar, justamente, un tejido social descompuesto en su obra “Nombre Propio” (1999). Durante dos años enteros Calle se dedicó a bordar sobre lienzo crudo 1.538 retratos copiados de las listas de huérfanos que el Bienestar Familiar publicaba en El Tiempo y El Espectador. Es una reflexión sobre la espera y el abandono de una sociedad hacia sus niños, que impacta por su efecto acumulativo. “La persistencia genera un efecto de atmósfera”. En 2006 dibujó los tejidos foliares de diversas plantas colombianas, tejidos deformados por la contaminación y los herbicidas. Los dibujos fueron realizados partir de líneas realizadas con caligrafía, entrelazando textos de investigaciones sobre los efectos de herbicidas como el glifosato en la flora nativa.

Barbarita Cardozo también asume el tejido como crítica. En “Piter y Mileidy” (2003) mandó confeccionar la vestimenta de unos muñecos al estilo Barbie y Ken con retazos de ropa de recicladores, vendedoras ambulantes y empleadas del aseo. Las empacó y las acompañó con accesorios como traperos, chacitas de dulces y cigarrillos, y botellas de bóxer. Para el Salón Regional de Artistas de Bogotá de 2006, diseñó unas casullas como las que visten los curas y les mandó bordar símbolos satánicos en lugar de las tradicionales figuras religiosas. La obra, titulada “Leyes suntuarias”, fue expuesta en el Museo de Arte Religioso de Bogotá.

En la reciente muestra de arte contemporáneo Zona Maco, en México, Barbarita expuso catorce telas chinas que ironizan la cultura del descuento de ropa en los países del primer mundo. Contactó a una bordadora profesional de Beijing y por un precio justo, no de maquila, le pidió que bordara al estilo tradicional las típicas etiquetas occidentales de descuentos en grandes telas de seda con motivos chinos. “Sé tejer, pero no me interesa. No tengo la paciencia. Prefiero que quienes se han especializado en eso lo hagan por mí. Al fin y al cabo, el arte contemporáneo es una empresa de colaboración y no la obra de un gran genio”.

Milena Bonilla, en cambio, no tiene ni idea de tejer, pero eso no le ha impedido trabajar el tema de lo textil y señalar las formas como circulan los objetos y los valores en la sociedad. A unas alpargatas típicas les estampó el sello de Nike. Luego intervino unas prendas de oficina, las desarmó y las dispuso en el suelo, extendidas como si fueran tapetes, aludiendo al uso que muchos les dan a las pieles animales. Las llamó “Horario extendido” (2004). En “Rastro. Para un comentario sobre las leyes del amor” (2008), intervino un vestido de Yves Saint Laurent y realizó un complejo trabajo de substitución de retazos, marcas y precios entre el vestido y las ropas de un rastro, que es como se conocen las tiendas de caridad en España. En “Plano Transitorio” (2004) se dedicó a coser las sillas de los buses urbanos bogotanos con hilo, como remendando ropa vieja, y luego tomó un mapa de la ciudad y señaló las rutas recorridas con hilos de colores. “La circulación se mantiene bajo hilos invisibles que interconectan todo. Circular en la ciudad implica cruzar, atravesar y delinear…”.

Libia Posada deja ver en su obra una de esas redes invisibles que conectan el mundo: el sistema nervioso, el tejido neuronal. Médica y artista, Libia elabora delicados dibujos en los que entrelaza materiales quirúrgicos como la gasa, los vendajes y el hilo, con los que los médicos toman los puntos y cierran las heridas. En su serie “Neurografías” (2005) hace referencia a las relaciones entre la neuroanatomía humana y la agresión. Toma estructuras nerviosas de sostén, como la médula o la columna, y las compara con artefactos que sostienen la guerra, como los tanques y los helicópteros, los cuales aparecen a su vez como estructuras inervadas. En “Materia Gris” (2009), actualmente en Casa Tres Patios y en la Galeria La Oficina en Medellín, emplaza dibujos de hilos grises la pared, que representan redes en el espacio que no permiten ser encerradas. “Hacemos parte de una realidad inervada donde somos apenas partículas. El sistema nervioso se extiende más allá de los límites del cuerpo y lo que entra en contacto con lo humano se inerva y por tanto se neurotiza”.

Pero tejer no es una actividad exclusiva de mujeres. Puede ser, sí, una función femenina, aunque Ceci Arango recuerda que los indígenas Kogi consideran el tejido un símbolo del acto sexual, de la unión de los sexos, y muchos hombres kogi tejen en telar. María Angélica Medina también señala que tradicionalmente en Boyacá los hombres tejen ruanas. Los artistas no son la excepción. Humberto Junca compartió junto a Johanna Calle el premio del 9 Salón Regional de artistas de Bogotá con su obra “Handicap”, en la que bordó a mano unas manos formulando en lenguaje de sordos la pregunta: ‘¿Qué espera usted de la mano del artista?’. En 2005 bordó el mapa de Colombia con la lana de tres pasamontañas destejidos, señalando la tendencia a taparse la cara de quienes legislan, quienes asesinan y poseen la tierra en Colombia. Santiago Leal, por su parte, teje retratos y bocetos en bolsas de té. La pieza se llama “Deshilando ovillos nuevos” (2008) y obedece a “la voluntad de recuperar momentos cotidianos, mientras me tomo el tiempo para tejer un dibujo”.

Andrea Rey, muy femenina, explora con tiempo todo tipo de telas, como blondas, ropa usada, encajes, velos y terciopelo, así como materiales humanos, como uñas y cabello residual. Investiga la costura y sus procedimientos: zurcir, hilvanar, bordar o plisar, y gesta cuerpos blandos que revelan la intimidad. En “Vísteme” (2007) intervino seis piezas de ropa interior femenina para mostrar el diseño original de cada encaje, rebordándolas con su propio cabello. En “Solas” (2007) modeló con trozos de ropa usada una serie de pequeñas piezas que aluden al cuerpo femenino, “muñecas” informes que evidencian en sus protuberancias su esencia fértil. “Tejer, bordar, coser, implica un contacto con un material con historias, implica anudar los actos creativos a la vida. Me remite al fluido sanguíneo, a los rituales íntimos”.

Camila Eslava también teje cuerpos en el espacio: ovoides de tul bordados y cosidos, como bacterias o formas orgánicas indefinidas en “Go Go Jooba Jooba” (2007). O extraños insectos, pájaros, peces y bichos, dispuestos en espacios abiertos y tejidos a croché con material sintético en “Pepe Cocolo” (2003-2005). “Tejer me permite entenderme como una reorganización particular de la materia En tanto cuerpo soy una suma de tejidos y mis obras también lo son. Entender cada cuerpo como una formación diferente de la materia me permite ampliar el abanico de imaginarios posibles”.

Lina Sinisterra, en cambio, teje desde hace unos años su propia mortaja funeraria. Lo hace según el método arhuaco de tejer mochilas. Es una mortaja de muchos colores, cuyo eje son doscientos sesenta nudos: los mismos días que se demora un bebé en el útero de la madre y los mismos que tiene el calendario maya. “Las mochilas se tejen como un pensamiento de mujer: la mujer camina y se detiene, camina y se detiene”, dice Lina, citando a sus maestras indígenas. Para ellas tejer es un deber y un destino. Y así es como Lina siente y asume sus obras: cuadros circulares y esferas de lienzo atiborrados de puntos de colores, como infinitos fractales vertiginosos. Lina borda miles círculos en el espacio vacío, como si tejiera un gran telar en tres dimensiones. Una vez le preguntaron por qué hacía tantos puntos. Y ella respondió: “porque si no los hago yo, nadie más los va a hacer”.

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