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De viaje al infierno

Con motivo de su exposición de nuevas fotografías en la galería neoyorquina Luhrig Augustine, Arcadia entrevistó en exclusiva al fotógrafo y cineasta Larry Clark.

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G

Larry Clark comenzó fotografiando bebés y de ahí pasó a fotografiar yonquis adictos a las anfetaminas, que eran sus amigos de toda la vida. Y así, también, hizo historia e inauguró una nueva forma de ver el mundo, de tomar fotos, de hacer arte partiendo de lo que se tenía al frente, así fuera lo más desesperado y triste. Hoy, Clark es una leyenda de la fotografía y también un tipo grandulón y simpático, juvenil en sus modales y vestires, quizás porque tiene 64 años y se la pasa con muchachos y muchachas.

Su leyenda comenzó en 1971. O antes, incluso. Pero fue en 1971 cuando publicó su primer libro, titulado simplemente Tulsa, como la ciudad en Oklahoma donde creció. Ahí, los sesenta acababan de terminar, con toda la ilusión de paz y amor aún palpitante, ilusión que el libro de Clark reventó como un cigarrillo revienta un globo.

Ahí estaban, en blanco y negro, los resultados del amor, la paz, las drogas, la juventud al poder: muchachas con los ojos colombinos, muchachos con peinados a lo Elvis inyectándose en los brazos, un tipo barbudo contorsionado del dolor después de haberse pegado accidentalmente un tiro en una pierna.

Era la otra cara de los sesenta. Las fotos, tomadas en tres etapas, en 1963, 1968 y 1971, eran el primer proyecto personal de Clark, que de adolescente creció tomando fotos de bebés para el negocio de sus padres. En su juventud, cuando comenzó a tomar las fotos de ese universo subterráneo, Clark vivía en dos mundos: de día, iba donde los bebés, poniéndose jirafas en la cabeza y haciendo muecas para hacerlos reír. Y luego iba a pasar el tiempo con sus amigos que se inyectaban anfetaminas. Para Clark el infierno eran las monerías a los niños, y lo otro era mucho mejor. Era él, al menos.

“Era un mundo secreto”, dice Clark ahora, “y tenía esta cámara y un día me di cuenta de que podía fotografiar algo distinto a los bebés. Eran mis amigos. Nunca pensé hacer un libro o publicarlas o nada. Las tomaba para nosotros. Pero luego acumulé tanto material, que en 1970 decidí reunirlas”. Una vez tomada la decisión, Clark regresó en 1970 para tomar las fotos que faltaban. “Sabía qué hacía falta. Conocía ese mundo tan bien que sabía lo que iba a suceder; no sabía cuándo, ni la forma que tomarían, pero sabía qué vendría”. Y vinieron.

El libro fue un éxito. A.D. Coleman, crítico del Village Voice dijo en una reseña que era “imposible fotografiar el infierno desde afuera”, y que el valor del libro de Clark era ese, como recibir una postal de un universo paralelo mostrando en detalle cómo vivían seres de cuatro cabezas.

Y si bien las drogas le abrieron un mundo, le dieron las llaves al infierno para que pudiera entrar a tomar fotos, Clark no cree que hayan servido de mucho más. “Ese estilo de vida y las drogas y todo eso no me ayudó, no ayudó a mi trabajo, no me hizo tomar mejores fotos. Lo único que hizo fue ponerme en ese ambiente”.

Pero las fotos existían (y todavía lo hacen) como una especie de registro antropológico. El hecho de publicarlas no implicaba que la vida de Clark, sus compañías habituales, fuera a cambiar. Y no cambiaron. Clark siguió viviendo como un pequeño criminal drogueta y antisocial hasta 1976, cuando terminó en la cárcel en Oklahoma por un par de años. Ahí decidió cambiar, enderezar su camino, y seguir con sus proyectos, que nunca abandonó. “Siempre he trabajado en mis cosas sin importar las circunstancias de mi vida. He pensado que por eso existo”.

Y el Larry Clark famoso del presente es el director de cine trasgresor, el que retrata las subculturas de los muchachos marginales con un ojo entre voyeurista y desprejuiciado. El de Kids, Ken Park, Bully y Wassup Rockers. El que descubrió a Chloe Sevigny, Rosario Dawson y Harmony Korine.

Pero para poder hacer películas tuvo que dejar su vieja vida. Dejar las drogas, los amigos desesperados. “No estaba preparado física y mentalmente y tuve que limpiarme; me puse a entrenar, dejé las drogas, el cigarrillo. Entrené como un boxeador, como si fuera a disputarme el título de los pesados, porque sabía que [en una película] al final del día, cuando todo el mundo está cansado, yo tenía que seguir con energía”.

Para el cine también decidió cambiar su método de trabajo, dejar de documentar su propia vida como lo había hecho en sus varios libros y descubrir más bien mundos desconocidos (para él, al menos). Así terminó entre los patinadores, andando con adolescentes apenas mayores que sus dos hijos (en esa época el mayor tenía once años y la menor seis) y de ahí salió Kids. “De los patinadores, me impresionó que los adultos les tenían miedo. Los policías no sabían qué hacer con ellos. Como que les gustaría verlos robando porque así sabrían qué hacer con ellos”.

Lo que ha seguido es una continua exploración de jóvenes que crean sus propios mundos donde a la vez replican y rechazan el mundo adulto. “Hace poco tuve una retrospectiva en Gijón y me puse a pensar en lo que hago. Y todo es sobre un muy pequeño grupo de gente que normalmente pasa inadvertido”.

Así sigue siendo hasta el presente. Sus fotografías recientes, a la vista en la galería Luhrig Augustine de Nueva York, muestran a un adolescente latino durante cuatro años, parte de la inspiración de su más reciente película, Wassup Rockers, que sigue a un grupo de patinadores de origen mexicano patinando por un barrio rico de Los Ángeles.

“Una periodista de Los Ángeles me dio las gracias después de verla. Me dijo que antes siempre veía a estos muchachos en la calle con miedo, pero que, después, le parecieron simplemente chicos. Y eso son”. Y esa es, más o menos, la labor de Clark. Ir al infierno con su cámara, tomar fotos y mostrarlas para que se vea que los supuestos diablos no son diablos, sino gente también.

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