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Del arte a la realidad

Durante cuatro días la capital del país se convertirá en una ventana comercial de arte: en noviembre se realizará la segunda versión de la Feria Internacional de Arte de Bogotá, Artbo 2006.

2010/03/15

Por Oswaldo Malo

En 1968, durante la Feria de Arte de Colonia, Alemania, un escultor belga llamado Marcel Broodthaers llevó un lingote de oro con la marca de un águila en medio. El objetivo era parodiar el insaciable apetito de adquisición de los museos y la violenta imposición de un orden clasificatorio para las obras de arte. Al lado del lingote, un cartel traducido al alemán, al inglés y al francés decía: “Ésta no es una obra de arte”. Las instrucciones del artista fueron que el lingote, en caso de ser vendido, costara el doble del precio de la cotización bursátil del oro para aquel día; la mitad constituiría el precio del metal en sí, la otra mitad correspondería al precio del oro convertido en arte.

Según Jaime Cerón, gerente de Artes Plásticas del IDCT: “El que una obra de arte se convierta en un objeto de compraventa es inevitable; eventualmente puede convenirle a los artistas recibir dinero a través de sus prácticas; sin embargo, también puede limitar su capacidad de acción. Artbo es esencialmente un espacio para vender arte. Es un síntoma de la presencia de una receptividad mayor del público hacia el campo artístico; implica un nivel de legitimidad de las prácticas artísticas. Es el resultado de que en Bogotá haya ocho facultades de Arte, que estén egresando cerca de doscientos profesionales en el campo artístico cada año”.

Ninguna obra es o no comercial en sí misma, mientras que la estrategia de tratar de situar ese trabajo en algún espacio sí lo es. Generalmente, el hecho de vender una obra no le aporta sentido a un proyecto artístico. Por eso es importante que los artistas crezcan y se formen también en espacios independientes como las convocatorias públicas, que constituyen ámbitos menos unidireccionales. Estar expuesto a la crítica y al público le sirve al artista para exigirse y reafirmarse en su trabajo, corregir la dirección o adquirir mayor experiencia. Cualquiera de los tres caminos es tanto ventajoso como significativo.

 

Artbo 2006

El ejemplo de Broodthaers no es el único. En 1917, la galería Grand Central de Nueva York invitó a Marcel Duchamp para que formara parte del jurado de una exposición de artistas independientes. Sin mencionarlo a nadie, Duchamp envió una obra que consistía en un orinal firmado con el nombre de “R. Mutt, 1917”; la obra fue rechazada, Duchamp se retiró del jurado y se desató un escándalo tremendo.

Duchamp argumentó luego: “Si el señor Mutt construyó o no con sus propias manos ‘La fuente’ no tiene ninguna importancia. Él la eligió. Tomó un objeto de la vida diaria, lo reubicó de manera que se perdiera su sentido práctico, le dio un nuevo título y punto de vista y creó un nuevo significado para ese objeto”. A través de una pieza, Duchamp buscaba desacralizar el arte, quitarle ese valor de obra irrepetible y única; para él, el arte y el artista no debían ser mirados como si formaran parte de una naturaleza diferente a la de los hombres y los objetos ordinarios.

Si nos situamos cada vez más lejos del mito de que el arte pertenece exclusivamente a la esfera de los iniciados o a la élite, es necesario aclarar que en una feria no sucede lo mismo que en una bienal de arte: en la primera el énfasis es comercial, en la segunda lo es el debate alrededor del arte y la exhibición de nuevas propuestas artísticas.

A una bienal asisten galeristas, curadores, museógrafos, artistas, público especializado. La bienal es algo así como el alimento, es el lugar donde se exponen nuevas ideas, no existe ningún tipo de relación con la venta, ni con el mercadeo. Es mucho más arriesgada. Mientras que la feria, a pesar de provocar una vinculación que puede trascender a otros espacios, es un evento en el que básicamente se realiza un intercambio comercial de obras.

Una feria abre la posibilidad de que la gente asista masivamente, es una motivación para que una persona, tarde o temprano, desarrolle una sensibilidad y permita que una obra lo toque. Según Christopher Paschall, director de la Galería Entrearte: “Una feria de arte busca vender arte, reunir a los mejores artistas, a las mejores galerías, tener una muestra importante de arte. También se trata de mostrar la ciudad”.

Está claro que no cualquier persona tiene el capital suficiente para hacerse al original de una obra de un artista consagrado. Por ejemplo: en el 2004, la casa Sotheby’s subastó la obra Niño con pipa, del pintor español Pablo Picasso, por la nada despreciable suma de 104 millones de dólares, aproximadamente 230 mil millones de pesos.

Para no ir tan lejos, el 20 y el 21 de noviembre, la misma firma subastará la obra Jugadoras de cartas II, del pintor colombiano Fernando Botero, y con la que se espera recaudar una suma que oscila entre un millón y medio y un millón ochocientos mil dólares, poco más de 3.700 millones de pesos en promedio. En entrevista para el diario El Clarín de Argentina el pasado 18 de junio, Botero contó que su primer cuadro lo vendió en “dos pesos”, lo que valdrían “dos dólares de los de hoy”. La última subasta de una obra suya en Nueva York recaudó 2.032 millones de dólares, lo que lo convirtió en el artista latinoamericano vivo mejor cotizado de la historia.

Esteban Jaramillo, director de la Galería La Cometa, comenta que “los maestros espirituales de la India se referían a que el hecho de que el hombre gane dinero a través de su actividad hace parte de un flujo universal. En el evento de que exista una retribución, se tratará de una respuesta a su esfuerzo y a su creatividad. Es la respuesta a lo que uno hace, a lo que uno es”.

Sin embargo, Artbo no es un espacio exclusivo para coleccionistas y compradores; aparte de la actividad comercial, también se llevarán a cabo cuatro eventos durante los días de la feria, con el fin de aproximar al público asistente a la actualidad artística y al gusto por el arte: habrá un pabellón de exploración para niños y jóvenes con el que se quiere motivar una interacción entre artistas colombianos desde comienzos del siglo XX, sus obras y los visitantes, a través de estrategias pedagógicas acordes con el desarrollo de la experiencia plástica; también se realizará el Festival de Performance (arte en vivo) que girará en torno a la interpretación de cuatro conceptos básicos: intercambio, cuerpo y espacio, fragilidad puesta en escena y montaje en movimiento.

En otro pabellón se desarrollará el Salón ArteCámara, en el que se exhibirán las obras de veintitrés artistas jóvenes; por último, el foro académico de arte latinoamericano, “Articulaciones” que consistirá en un espacio de reflexión abierto para el público y con el que se busca mostrar, desde diferentes perspectivas y por medio de conferencias de importantes y reconocidos críticos y curadores de arte de América Latina, las experiencias artísticas que actualmente se viven en el continente.

 

De adentro para afuera

A lo largo y ancho del continente americano se realizan numerosas ferias durante el año: Art Basel, una réplica de la famosa Feria de Arte de Basilea, Suiza, en Miami Beach; Art Chicago; Art BA, en Buenos Aires; y la FIA, realizada en Caracas. En Europa están arco de Madrid y la FIAC de París.

Artbo se encuentra en su segunda edición. Como tal, se trata de una feria joven que se encuentra en pleno proceso de crecimiento y, por supuesto, presenta dificultades naturales, más en un país en el que la consolidación de una identidad y un conocimiento, el auge del coleccionismo y la comercialización de obras de arte se encuentran en cierne, pero en notable aumento. Según Jaramillo: “En la edición anterior de Artbo, el promedio de compraventa estuvo en las galerías que tenían obras cuyo valor oscilaba entre los dos y los ocho millones de pesos”.

Dentro de ese proceso de crecimiento y consolidación pueden surgir restricciones para el ingreso de obras provenientes del extranjero; falta una asesoría jurídica, presente en ferias más grandes, que le permitan al galerista y al comprador conocer los trámites necesarios para transportar la obra y sacarla del país; por último, las pólizas de seguro son tan altas que, en ocasiones, las mismas galerías asumen la responsabilidad sobre la obra.

Por otro lado, es preciso reconocer que la exigencia de la Cámara de Comercio de Bogotá en todo lo referente al montaje técnico de la feria y la selección asesorada y cuidadosa de las galerías y artistas participantes, entre otros aspectos, permiten interpretar un camino apto para el desarrollo de eventos que, en definitiva, hablan de la pasión, la imaginación y el sueño: un equilibrio entre el artista que necesita un espacio de exhibición y soporte y el espectador, cada vez menos pasivo, que ha vivido sumergido en un ambiente que constantemente le habla de hacer lo que le toca y no lo que le gusta. Un territorio en el que durante cuatro días se pueda oscilar del arte a la realidad y viceversa.

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