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Del lugar común al propio

Es uno de los grandes del arte contemporáneo latinoaméricano. Este 27 de septiembre, su obra, deslumbrante y personal, estará en el Museo de Arte del Banco de la República.

2010/02/09

Por Humberto Junca

Decir que Guillermo Kuitca es una estrella del arte joven latinoamericano es un lugar común. Sin embargo, no se puede explicar su obra sin tener en cuenta que ésta se ha producido, precisamente, por la tensión entre el lugar común y lo extraordinario. En esa tensión se educó y allí se produjeron las maneras y las preocupaciones de este artista precoz nacido en Buenos Aires en 1961.

Kuitca comenzó a estudiar arte a los nueve años, impulsado por su madre, la psicoanalista Mary Kuitca, quien, a su vez, estaba influenciada por la psicoanalista infantil Arminda Aberasturg, autora de un libro sobre dibujos de niños titulado El juego de construir casas.

A los trece años de edad y con el apoyo de sus “madrinas”, Kuitca realizó su primera exposición individual en la Galería Lirolay de Buenos Aires. Vendió seis de los once cuadros expuestos. Pinturas de niño, por supuesto. El talentoso jovencito siguió pintando y exhibiendo con relativo éxito, amparado en el lugar común de extraordinario artista y púber prodigio. En cualquier caso, ¿no sería igual de notable cualquier niño a quien lo hubieran puesto a pintar con disciplina desde pequeño? En 1982 participó en La Anavanguardia, muestra colectiva donde compartió con artistas como Rafael Bueno, Armando Rearte y Alfredo Prior y sintió el orgullo de pertenecer a una versión bonaerense de la transvanguardia italiana, ésa que parece ser obra de adultos que quieren ser de nuevo niños. Como Kuitca era en ese entonces la encarnación del artista joven, irreverente, brusco y crudo, le fue fácil sobresalir. Así, temprano, alcanzó éxito internacional gracias a la fuerza de aquel movimiento de artistas infantilmente bárbaros con el que se relacionó fortuitamente. Viajó por el mundo. Se sintió solo. Era un fenómeno.

En sus giras pudo ver otro tipo de obras cuyo valor no se escondía en el discurso caprichoso de la infancia y la psiquis; eran obras maduras que trabajaban quebrando convenciones culturales, operando por fuera del arte, cuestionando, justamente, los lugares comunes del discurso artístico. Kuitca, entonces, dio un giro inesperado antes de acabar la década. Su pintura ingenua, sostenida por ideas cliché como “lo interior”, el gesto manual o lo emotivo, se transformó por completo cuando comenzó a utilizar sistemas representativos de espacios y recorridos carentes de todo tipo de carga emocional, como los alzados de plantas y los dibujos de mapas.

Guillermo Kuitca, tal vez cansado de sus seguras y relativamente fáciles conquistas, desplazó sus leitmotivs (camas, espacios cerrados) al interior de códigos y signos utilitarios pertenecientes a otras disciplinas, totalmente neutros, escuetos, inequívocos. Fue como si se hubiera preguntado después de tan temprano éxito: ¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Esto es todo? Al respecto alguna vez el artista argentino escribió: “No estoy seguro de que sea un artista. Quizá nunca elegí ser artista. He pintado desde que era un niño y no tengo memoria de no haber sido un pintor”. Ese autocuestionamiento y su consecuente giro, valiente y radical, impulsado por su desarraigo y su nueva forma de ver, lo llevó a aplicar las convenciones frías y elementales del cartógrafo y el arquitecto. Entonces su obra se enriqueció y, desde entonces, se convirtió en una mirada plural, múltiple y compleja: Kuitca logró alejarse de los lugares comunes de la pintura y de su propia historia personal. Lo hizo matando su complejo de Edipo (o de Antiedipo) con su madre, su profesora y, al romper con su obra anterior casi como en una especie de desprendimiento astral, fue capaz de ver su soledad (y la nuestra) y los lugares que construimos para sentirnos menos solos, de forma imparcial y matemática, desde arriba. “Los placeres que suscita la obra de Kuitca residen en ver el mundo desde lo alto”, escribe el crítico Robert Storr, “a esta distancia operan, simultáneamente, la añoranza y un sutil extrañamiento de lo familiar”.

El artista argentino pinta sobre fondos monocromáticos plantas de edificios públicos, cárceles, manicomios, teatros, apartamentos, cementerios. Estas frías representaciones se cargan de humanidad con errores de trazo, suciedades, manchas y a veces imperceptibles alteraciones lógicas. En 1999 Kuitca descubrió el manual El arte de proyectar en arquitectura, del alemán Ernst Neufert. Utilizando los distintos símbolos gráficos que Neufert propone para representar los lugares del mundo cultural, Kuitca pinta oficinas, mesas para banquetes, cabinas de video porno o confesionarios. Inquieto, también abandonó el uso exclusivo de soportes netamente artísticos como el lienzo y el papel. Por ejemplo, su serie Diarios, llena de números telefónicos, frases, pruebas de color y dibujos, fue constituida por acumulación directamente sobre sus mesas de trabajo. O sus mapas hipotéticos o soñados pintados sobre colchones: mapas que indican recorridos y que son a la vez camas que cambian de sitio, se tocan, se alejan, porque viajan y se reacomodan, con o sin patas. Esta instalación de 52 “camas” pequeñas exhibida en la Documenta ix de Kassel es quizá su obra emblemática y se podrá ver en Bogotá en el Museo de Arte del Banco de La República desde el 27 de septiembre, como parte de la muestra “Guillermo Kuitca: Obras Puntuales. Bogotá”, curada y producida por el coleccionista y curador chileno Edward Shaw y por la curadora y asistente personal de Kuitca, Sonia Becce, quien enumera así las piezas y series de la exhibición: “‘Obras Puntuales. Bogotá’ incluye la reconocida instalación de camas de 1992; Cárcel amarilla, de 1994; la vista teatral Sin título, de 1997; una pintura de la serie Castle to Castle, de 1998; una obra de la serie Neufert Suite, de 1999; tres de la serie Nocturnos, de 2002; los dos grandes mapas Everything, de 2005; Oblivion, de 2006; los diecinueve Diarios, fechados entre el 2000 y el presente, y un núcleo significativo de trabajos en papel”. Desde la exhibición colectiva “Cartografías”, de 1993, ninguna pieza de Kuitca había vuelto a verse en Bogotá. Ésta es una oportunidad extraordinaria para conocerlo en persona y ver su obra más relevante. “Llevar un diario me hace pensar que tal vez no estoy en mi lugar”, dice Kuitca, “incluso si el diario está hecho de mis propias mesas de trabajo”. Sabiendo esto y corriendo el riesgo de sonar trillado, esperemos que el artista en Bogotá se sienta como en casa.

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