‘Machuca’ (1998),una de las fotografías de Natalia Botero que registra el conflico armado en Colombia.

Las almas vagabundas

Cualesquiera que sean las cifras de la desaparición forzada en Colombia, el resultado es el mismo: una ominosa realidad que enfrentan miles de personas a las que la guerra les arrancó a los suyos. Natalia Botero decidió dejar la reportería de guerra para encontrarles un sentido a sus imágenes.

2015/03/27

Por María Isabel Abad* Medellín

Fue el conductor el que la salvó. Era 1992 y Natalia Botero Oliver, en ese momento practicante del periódico El Colombiano, fue nombrada, por azar, miembro de una comisión no gubernamental que debía investigar los asesinatos de los voceros de la Corriente de Renovación Socialista, un reducto del eln en Urabá, que en ese momento adelantaban un proceso de paz con el gobierno de César Gaviria

Cuando de noche iban de regreso en el carro, se les atravesó un camión:

Tírense tírense –les dijo el conductor después de estrellar el carro en el que iban– si nos quedamos adentro, nos acribillan. Escondidos bajo el chasis, oyeron cómo huían las pisadas por el monte de quienes los habían emboscado. Así permanecieron más de dos horas hasta que uno de los compañeros se atrevió a subir al camión que tenía las llaves puestas. Pudieron regresar a Barranquillita, pero al llegar, los retuvo el ejército dos días, con la mala­­ –o buena– fortuna, de que en el salón de operaciones estaban los mapas con los movimientos de los asesinatos que estaban investigando.

Natalia Botero sacó la cámara y obtuvo las pruebas, guardó los rollos entre los calzones y cuando le decomisaron el material, entregó otros rollos en blanco. Trucos viejos que comenzaba a implementar una nueva reportera de la guerra.

A la fotografía, Botero había llegado desde pequeña. Su papá era un fotógrafo aficionado que relataba el día a día familiar con cámaras de fuelle y en la adolescencia heredó de sus hermanas algunas cámaras. Escogió estudiar Periodismo en la Universidad de Antioquia y varias veces pensó en retirarse porque le daba muy duro la escritura. Si continuó, fue gracias al consejo de su maestro, Juan José Hoyos, quien le sugirió que escribiera con fotografías. Ahí descubrió que la imagen era su voz.

Hizo fotografía artística, comercial y de moda. En especial le gustaba cubrir ciclismo; cubrió la vuelta Colombia, pero “siempre –dice– le tomaba fotos al último, al que se accidentaba o al que iba más atrás del pelotón”. Pero años más tarde, en esa estación de Urabá, supo que debía registrar las imágenes que producían los hombres en la guerra, que debía contar historias tremendas en un país como Colombia. “Entendí que las fotos eran un testimonio, una prueba y una responsabilidad”.

Desde ese momento comenzó a narrar el conflicto en varios municipios, pero fue en Machuca donde tomó conciencia de su talante para ser reportera de guerra. Era 1998 y ya trabajaba en la revista Semana. Allá, cuenta, llegó tres días después de que el ELN hubiera ocasionado el incendio del pueblo tras volar el oleoducto. Se fue para el aeropuerto sin plata, con su cámara, antes de que llegaran las órdenes de la revista y allí se embarcó en un helicóptero que iba al pueblo a hacer una misión de salud. Después de ires y venires por el aire, logró aterrizar. Descendió por uno de los costados de Machuca y al llegar encontró un paisaje mudo impregnado de azufre, el crudo extendido por el río: la desolación. Y, sin embargo, las gallinas caminando en el medio, la ropa limpia y tendida, la vida abriéndose camino de cualquier manera. De frente vio venir a toda la población caminando en un cortejo fúnebre por la vía principal para enterrar a sus 84 muertos. De eso que vio y que la conmovió dejó un registro con imágenes, más elocuentes que cualquier relato.

Escenas con una intensidad similar vivió y cubrió en San Carlos, en Bojayá, en Peque, en Nariño y en los demás pueblos que han hecho parte del mapa del horror que ha creado la guerra.

En este recorrido Natalia desarrolló una manera propia de registrar el conflicto, buscó humanizar las escenas y oyó a la gente antes de obturar. Optó por solidarizarse más con quienes tenía al frente que con el público ávido de espectáculo y huyó del mandato de las agencias de noticias que iban detrás de la chiva. La guerra para ella, aunque cotidiana, nunca fue admisible.

Otros colegas como Lemis Mogollón, Patricia Nieto, Yaneth Ramírez, Jesús Abad Colorado, Donaldo Zuluaga y Albeiro Lopera “el Nueve” (cuya muerte reciente lamentan sus amigos), siguieron también estas premisas. Hoy recalca que esta generación de periodistas que con su trabajo ha salvado las distancias entre el campo y la ciudad, entre el sufrimiento y la indiferencia, construyó en su día a día no solo un archivo contundente de la guerra, sino un decálogo de ética para cubrirla.

Pero al cabo de los años –doce en total– algo de esta rutina empezó a no cuadrarle. Lamentaba el hecho de no permanecer, de entrar y salir de las escenas y “dejar ahí, jodidas a las poblaciones”. ¿Qué pasaba con la gente, qué pasaba con el duelo, qué, con la verdad? Y entonces Natalia sintió la necesidad de hacer un giro para vincularse más con quienes fotografiaba.

Renunció a los medios y abandonó la noticia como género periodístico para explorar otras formas de contar. El nuevo camino comenzó con el cubrimiento de las jornadas de víctimas de desaparecidos que promovió la Alcaldía de Medellín en 2008. Y en este trabajo se encontró con el tema que la ocuparía en adelante: la desaparición forzada. “Lo escogí como mi bandera porque ese es el acto más aberrante y el más exitoso de una guerra: en la desaparición no hay víctimas ni victimarios, solo dolor”.

Para abordarlo no le bastó con acompañar a la Fiscalía; a las fosas, en las exhumaciones, dentro de los laboratorios; no le bastó con seguir los pasos del fiscal Gustavo Duque, que lleva más de 800 cuerpos identificados y a quien admira. Ella buscó hacerse al lado de los familiares.

Así fueron llegando a su vida Gloria, Edilma, Romelia y casi veinte mujeres con quienes comenzó a hacer álbumes para recuperar la historia de los desparecidos y a hacer lo que ella llama una fotografía reposada. Decidió trabajar con mujeres por su capacidad para hacer memoria: son ellas las que llevan los archivos, guardan las carpetas, hacen las filas y no se resignan a no saber la verdad. “Las mujeres”, sostiene, “logran mimetizarse; cambian de roles y pueden salir de la casa a la calle para defender lo que para ellas es importante”. Aunque se ha concentrado en este grupo, sabe que la violencia ha sido ubicua y que hombres y mujeres, de todos los estratos, tienen un taco metido en la garganta que necesita salir. Porque después de haber visto tanto: de haber abordado el conflicto agachada con una cámara, como noticia y como proceso, sabe que el dolor lo apacigua más la verdad que la venganza.

Estos álbumes que ha construido los exhibe ahora en una exposición temporal de La Casa Museo de la Memoria de Medellín. Espera, a la larga, que estas historias de vida, que ya comienzan a imbricarse, puedan contribuir a tejer, por la vía de la compasión mutua, lo que no se ha tejido por la vía de la convivencia.

Son esos capítulos íntimos los que ahora le interesan y acompañar estas Antígonas en su proceso, de modo que vuelvan a aparecer detrás de sus desaparecidos, que al pegar fotos del pasado en el álbum reconozcan que sus muertos no fueron tan tan buenos y los saquen del mito en el que los ensalzó la muerte. Que al pegar las fotos del presente, reconozcan que los vivos no son tan tan malos. Tampoco tan buenos, porque a la larga, esas categorías extraídas de cuentos de niños no ayudan a comprender.

¿Y las cifras?, las cifras bailan. Medicina legal habla de 6.800 desaparecidos en el país, mientras el Centro de Memoria Histórica dice que son 26.000. Pero incluso hay otras –no oficiales– que hablan de 100.000 desde que se registró una bióloga activista como la primera desaparecida en 1976 en manos del F2.

¿La historia? La historia, dice, se hará en La Habana, con el proceso de paz que adelantan las farc y el gobierno; a ellos les corresponde hablar con palabras mayores; el cese al fuego, los cultivos ilícitos, la participación política, las tierras, las víctimas… Pero ¿quién cuenta los relatos menores, las microhistorias?

Por ejemplo, Rubiela olvidó por completo lo que hacía con su hijo y solo cuando Natalia le dijo lo que ella hacía con los suyos, comenzó a llorar y a arar sobre su propio olvido. Gladys no ha lavado las toallas desde la última vez que vio a Jhon. Luz ha pasado varios años como representante de las víctimas, enredándose ella misma en un laberinto burocrático. Así, muchas otras en Chocó, en San Roque, en el Cauca...

Pero hoy, después de varios años de trabajo frenético, siente que se debilita y que se carga con todo el dolor que ha visto. Tiene en suspenso el obturador. Ahora Natalia Botero trata de entrar en su propia biografía para entender qué la llevó a explorar el mundo de los desaparecidos, ese país de almas vagabundas. Ahora busca en su propio álbum, hecho con cámaras de fuelle, una imagen que le sugiera cómo seguir escribiendo historias, con la cámara que hace veinte años se le pegó a su mano.

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