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Desidia y olvido

Hace tres décadas, Édgar Negret donó a Popayán una de las colecciones más importantes de arte moderno de las que se tenga noticia en el país. Obras de Soto y Cruz Díez, aguafuertes de Picasso, esculturas de los españoles Eduardo Chillida y Jorge Oteiza, o grabados del chileno Roberto Matta languidecen al lado de las esculturas del propio maestro Negret, en el más absoluto abandono. ¿A quién le importa?

2010/03/15

Por Astrid Cabrera

En la calle del Cacho de Popayán se encuentra una casona de estilo sevillano que alberga la Fundación Teatro Museo Édgar Negret. Construida en 1781, la casa fue comprada por el general Rafael Negret Vivas, padre del artista, en 1930. Y aunque Negret no viva hoy en su ciudad natal, el museo que antes fue su casa de infancia pretende ser la evidencia viva de su talento y generosidad. Pero la realidad indica otra cosa. Y apunta a que la trayectoria de uno de los artistas de más renombre en la historia del arte colombiano no ha sido reconocida en la ciudad en la que nació en 1920.

Lo primero que nota el visitante que entra a la casona que Negret donó hace 25 años para convertirla en museo es la desidia de las administraciones locales pasadas: las humedades en el techo y las paredes, el melancólico deterioro del espacio, ponen en evidencia la mediocre gestión realizada.

El panorama que afronta actualmente la Casa Museo Negret es desolador. Es tan notorio el deterioro de la infraestructura que, en palabras de la Museóloga Angélica Núñez, “están convirtiendo el museo en un sitio arqueológico”. Para Nuñez, “el museo está dolorosamente perdiendo su vida”. Un total abandono en el que el legado de Negret, un artista mayor del arte colombiano, se ha invisibilizado.

Victoria Ordóñez, ex directora del Museo, insiste en afirmar que “la administración actual se comprometió a trabajar incansablemente por el progreso del museo”. El alcalde Ramiro Navia lo confirma: “En nuestro Plan de Desarrollo, la Casa Museo Negret tiene un espacio importante; desde allí se producirán proyectos y se ejecutarán obras. Además pronto instalaremos la sede de la oficina de cultura municipal en el museo”. Está por verse lo que realmente quiere decir “importante” para esta Administración. Así como lo que quiere decir “producir proyectos”, “ejecutar obras”, y el tiempo real al que alude la palabra “pronto”.

La verdad es que esta casona cultural, que tiene una riqueza material y una herencia histórica significativas, representa una de las pocas posibilidades con las que cuentan los payaneses para escapar de la mentalidad en la que se han anquilosado.

Según Alejandra Abásolo, directora de la Oficina de Cultura de Popayán, “en agosto la administración municipal espera haber readecuado los pisos, techos y la iluminación en la planta física del museo”, aunque aclara que “va a ser un proceso dispendioso, partiendo de la base que no se cuenta con suficiente presupuesto, pero sí con las ganas de trabajar por uno de los patrimonios arquitectónicos de Popayán”.

Un patrimonio que, quién lo creyera, alberga noventa obras de un valor incalculable, como la de los dos representantes más importantes del arte cinético, los venezolanos Jesús Soto y Carlos Cruz–Diez. Del primero, una cruz elaborada en madera y metal, que según el curador Orlando Martínez, “es una de las dos más destacadas de Soto en Colombia”; y del segundo, la Physichromie Nº. 1179, parte de su extensa serie en plexiglás, cuyo clima cromático se transforma a medida que varía la luz y la posición del espectador.

Pero estas dos obras son solo el comienzo: le siguen un aguafuerte de Pablo Picasso, una cabeza de piedra elaborada por el escultor vasco Jorge Oteiza; obras de los artistas ibéricos Pablo Palazuelo, Eduardo Chillida, Frederic Amat y las piezas en bronce de Néstor Basterreche o Mónica Meira. Pero hay más: grabados de Roberto Matta, obras de Patricio Reig, Julio Le Parc y Alejandro Otero. Por su parte, los brasileños Ion Muresanu, con su obra Férida, y Acoplamiento de Sergio Camargo, y el peruano Benito Rosas; Yucata Toyota, con su espacio sideral; así mismo, los mexicanos Francisco Toledo y José Luis Cuevas y, por supuesto, artistas colombianos como Ana María Rueda, Alfredo Lleras, Luis Fonseca, Santiago Cárdenas, Luis Caballero, Miguel Ángel Rojas, Omar Rayo, Ana Mercedes Hoyos, Saturnino Ramírez, Gustavo Zalamea, María de la Paz Jaramillo y Darío Morales, entre otros.

Sin duda alguna, el Museo Edgar Negret es una obra arquitectónica que pide a gritos ayuda y apoyo de instituciones gubernamentales para garantizar la vida de obras que en algunos casos deben ser restauradas. Por si fuera poco, no hay un inventario de todas las colecciones; las piezas no se encuentran en el estado de conservación ideal para su exhibición y el museo no tiene una política seria: “Las obras no tienen mantenimiento, hay una pasividad al pensar que el museo debe quedar tal cual el maestro lo dejó”, agrega Angélica Núñez.

Cuando se les pregunta a los responsables parece haber muchos proyectos e iniciativas. Hay, por lo menos una intención de convertir el museo en una institución cultural rentable y autosostenible. Para ello, dicen, realizarán innumerables esfuerzos para que se convierta en el punto de encuentro de una comunidad que parece haber olvidado las palabras de la crítica de arte más visionaria del arte colombiano, la ya desaparecida Marta Traba, quien dijo hace treinta años: “No hay razones lógicas para que la obra de Édgar Negret sea desconocida en Colombia. Es el único escultor nacional que ha sido aceptado y estimado en el extranjero”. Y menos razones hay para que una donación importante, con obras de uno de los payaneses más importantes del siglo XX, esté en completo abandono.

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