RevistaArcadia.com

Dulce y rabiosa

Tiene 82 años y no pesa más de 45 kilos. Nancy Spero (Cleveland, 1926) lleva más de 60 años gritando de rabia para poner lo femenino de relieve. La injusticia, las miserias humanas y sobre todo la tiranía y la opresión hacia la mujer le han desgarrado la garganta. Por estos días Madrid acoge Disidanzas, la más completa retrospectiva que se ha realizado en Europa.

2010/07/13

Por Carolina Ethel

Se hace esperar Nancy Spero y el director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja Villel, comienza a estar nervioso. El encuentro ya no es en el museo sino en el hotel. Llueve. No es una sala sino en una habitación. Ha pasado casi una hora y media y Spero no aparece. Los periodistas empiezan a inquietarse y a especular sobre una artista “diva”, que podría estar apenas despertando o engalanándose de más para la reunión. Los murmullos son interrumpidos por el sonido agudo de una bocina juguetona con la que la artista anuncia su llegada. Encogida y parsimoniosa, tira de un aparato caminador moderno. Viene envuelta en camiseta y pantalón negro, gorra y gafas de sol. Ríe su gracia, mientras los periodistas toman asiento. Entonces, se descubre los ojos. Sí que estuvo un rato frente al espejo delineando con torpeza sus pequeños ojos azules, que ahora aparecen enmarcados por un grueso trazo negro. Descubre también su cabeza y con la mano derecha —prácticamente deformada— se plancha los cabellos blancos y cortos. Sonríe traviesa. Cuando le pasan la palabra su pasión creadora e inconforme se desborda.

“Mi arte ha sido y es protesta y dolor”, lo dice quien en la década de los sesenta instigó la revolución femenina, se alejó de una Nueva York obnubilada por afanes realistas y desde París empezó a quejarse con pinceladas amargas en un diálogo impetuoso con el expresionismo abstracto. Aunque junto a Cy Twombly (Virginia, 1948), Spero prefirió declararse una outsider estética y geográfica de la Escuela de Nueva York.

Es en la Ciudad Luz —a donde se traslada en 1959 junto a su esposo, el también pintor Leon Golub, y sus hijos— donde Spero descubre la literatura como detonante de su dolor, de su rabia, de su inconformidad. “Quería transmitir la idea de una persona y de la soledad del propio destino”, afirma la artista, que en la serie Black Paintings (1959-1960) crea personajes fantasmagóricos, aislados y atrapados dentro de sí, acumulando capas de pintura. Sentimientos encontrados con respecto a la maternidad (su propia maternidad), la noche y los amantes pueblan estas piezas que ahora aparecen en las paredes del Reina Sofía como las primeras líneas de una biografía artística convulsa pero contundente.

De vuelta a Nueva York en 1964, Spero se convierte en militante visible de la oposición a la guerra de Vietnam y es entonces cuando desecha definitivamente el lienzo —que considera masculino— y se decanta por la fragilidad del papel. “Yo quería escandalizar, quería impactarles con la idea de la obscenidad de la guerra…, mostrar la guerra como una sexualidad obscena, pornográfica, de modo que la bomba fuese antropomórfica y el cuerpo obsceno, a la vez masculino y femenino… Utilizaba el motivo tan trillado de representar el pene como arma, y con el aspecto obsceno de esa lengua que vomita sobre las víctimas, y los helicópteros, que yo entendía como los signos de la guerra de Vietnam, convirtiéndose en monstruos prehistóricos…”, recuerda la artista sobre la serie War (1966-1970), hito de su carrera y quizá la culpable de su ya acuñada relación con el arte subversivo y reaccionario.

Ahora que el cuerpo ha traicionado su ímpetu creador y su carácter rebelde, Spero demuestra que ambas cualidades siguen intactas en su interior. “Recemos por que gane Obama [el encuentro tuvo lugar el 29 de octubre], Bush ha llevado a los Estados Unidos a una caída en picada y a una situación muy frágil, sería muy estúpido que pasase otra vez”, y agrega que los valores en su país han cambiado mucho. El dolor físico siempre ha estado presente en su cuerpo. Hace treinta años que la artrosis reumatoide la abraza y ha pasado a formar parte de los horrores que la hacen gritar con el pincel. Los años la han ido encogiendo, pero las experiencias la han hecho grande y le han impreso en la mirada la dulzura de la serenidad, amén de la que imponen los años. Su mente no para, “estoy trabajando en una obra más conceptual ahora... y le daré una vuelta más al dolor” y aclara que “el dolor expresado en mis obras es el dolor que cualquier ser humano puede sentir”. Su hijo Phillip la mira orgulloso desde el fondo del salón y el grupo que escucha se confunde ante un débil hilo de voz que sale de un cuerpo acabado que contrasta con la lucidez de un discurso apasionado.

A lo largo de su carrera, Spero ha tomado decisiones artísticas arriesgadas que han convertido su obra en detonante de controversias. Cuando las artistas feministas defendían la imposibilidad de crear imágenes del cuerpo de la mujer sin recurrir a los códigos masculinos, Spero apostó por un universo iconográfico plagado de figuras femeninas. Su recurrente grito contra la violencia hacia las mujeres ha tenido también diversas interpretaciones. Para algunas, la artista estadounidense es coherente con un compromiso político, pero para otros no es más que morbo voyeurista.

“Es importante que tengamos claro si tiene sentido o no luchar contra las imposiciones, contra el poder. Yo creo que sí porque el mundo no ha cambiado tanto”, dice Spero, que no necesita defenderse, pero como está repleta de argumentos y celebra que haya tantos oídos atentos, habla. “Los hombres han gritado muchísimo más y han pataleado mucho más fuerte que las mujeres”, la dulce mujer regala un titular, “hasta que nosotras hemos ido ganando peso y consiguiendo la igualdad”. Y se ve que no tiene que ver con una concepción de la igualdad cerrada, “en el ballet clásico los hombres son solo el acompañamiento y el apoyo de la figura femenina, hay terrenos en los que las mujeres son protagonistas, pero hace falta conquistar más”. Sigue… “lamento que haya mujeres que dicen que les gusta mi trabajo, pero que no están dispuestas a adquirir ningún compromiso con lo que me empeño en denunciar”.

La muestra Disidanzas, que exhibe el Reina Sofía hasta enero de 2009, reúne 178 obras, que van desde algunos de sus primeros trabajos, realizados en el Art Institute de Chicago (nunca antes expuestos), hasta la serie que presentó en la pasada Bienal de Venecia, Maypole 2007. En una sala abierta, sin barreras ni muros, fluye la voz de la artista chicana en trazos como puños y estallidos, que muestran su repulsión por las guerras de Vietnam e Irak. Se percibe la expresión del dolor y la reivindicación de lo femenino, que complementa con textos de Antonin Artaud, Bertold Brecht o Stanley Kubrick. Rosario Peiró, curadora de la muestra, dice que “Spero bebe de influencias de los medios de comunicación, del cine, de textos teóricos, de todo un abanico de posibilidades”, para esbozar “manifiestos, obras hechas de manera casi automática, surrealista, producto de la rabia, con las que pretende despertar al espectador”. Precisamente de Artaud, a quien descubrió durante sus años en París, Spero asimiló “sus expresiones más extremas de la dislocación y la alienación. Violento en el gesto y en el lenguaje, es masoquista y pasivo. Y con todo, él juega el papel de la mujer víctima. Era un paria, una víctima que corría en círculos”, dice la artista.

“En su repetición acompasada, en la danza que vuelve a empezar se ve que Nancy Spero forma parte de la especie de los poetas. Poeta en pintura”, dice la crítica de arte Hélène Cixous, responsable además del título de la muestra. Borja Villel piensa que la palabra ‘Disidanzas’ significa muy bien “el carácter crítico y contestatario con la situación político-artística que le ha tocado vivir a lo largo de su carrera y la importancia del movimiento y del cuerpo como vehículos de articulación de su discurso”.

Disidanzas incluye también piezas de una de sus obras más significativas, The First Language (1981), en la que rechaza explícitamente el texto tradicional. “Quiero alejarme lo más posible de lo ordinario —explica ahora—, busco el lado de la celebración, el lado del orgullo. Pero lo más importante es que nuestra voz se haga oír y que en el futuro podamos resucitar el mensaje de nuestro arte”, dice y se explaya. Su hijo Phillip le pide que corte para que la traductora pueda hacer su trabajo, pero ella ya ha cogido impulso… “Mi arte es protesta —reivindica una y otra vez—, veo las cosas de una cierta forma y como artista soy una privilegiada en ese terreno para protestar o decir públicamente lo que pienso de las cosas. Deseo que mi arte sea un ‘continuum’ y que se mueva en el tiempo como una melodía”. Hace un guiño travieso, “vale, ya puede traducir”.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.