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El abismo dentro del abismo

Beatriz González acaba de inaugurar una exposición en la que, como ya lo había hecho hace treinta años con Los suicidas del Sisga, cuestiona nuestra realidad nacional. Esta vez, la mártir Yolanda Izquierdo fue la inspiración para una artista que, además, acaba de vender una de sus más famosas obras a la Tate Gallery de Londres.

2010/07/13

Por Humberto Junca Casas

En su libro El largo instante de la percepción, Miguel Huertas propone una hipótesis que parece demostrar la razón del curioso rumbo que tomó el arte colombiano a partir de los años setenta. Según él, la pintura abandonó el marco e invadió el espacio real gracias a los experimentos de unos pocos pero notables artistas que habían estudiado arquitectura y que sentían la necesidad de ir más allá. Ese es el caso de Beatriz González, quien durante esa década pintó cunas, mesas, camas, tocadores, platones, canastos, tambores y demás objetos de metal, de madera, de mimbre; siempre relacionando con humor el motivo de la pintura y el uso original del objeto. Demostrando el valor de semejantes obras, la Tate Gallery de Londres acaba de comprar La última mesa, copia de La última cena de Leonardo da Vinci, realizada por González en 1970 sobre una mesa metálica de dos metros de largo. Mientras tanto y orgullosa, la artista santandereana exhibe en Bogotá, en la Galería Sextante, un conjunto de recortes de prensa, dibujos y grabados de su más reciente proyecto: Ondas de Rancho Grande.

Atendiendo la invitación de Transmisiones (una curaduría sobre la prensa y la radio en el interior del país, que participó en el pasado Salón Regional Zona Centro), González decidió hacer una obra basada en algo que apareciera en el periódico. Para ello, escogió una imagen de comienzos del año 2007, aparecida en el diario El Tiempo. Se trataba de un reportaje firmado por Álvaro Sierra sobre el asesinato de la líder campesina Yolanda Izquierdo, en Córdoba. Al respecto dice la artista: “Había muchas fotos de ella, pero esta tenía esa cosa frontal que es un poco naif mía, esa simplicidad provinciana que tenían Los suicidas del Sisga”. Es diciente que Beatriz González compare Ondas de Rancho Grande con la pintura que a mediados de los sesenta hizo a partir de una foto del periódico, de dos amantes que se suicidaron en el Sisga: ella a la izquierda con un pañolón sobre la cabeza; él a la derecha con sombrero. Los dos sonríen y miran a la cámara mientras sostienen entre sus manos unas flores. La foto, muy plana, sin contraste, solo los muestra de la cintura hacia arriba. Beatriz González mandó su famosa pintura de los suicidas, de colores estridentes, populares y de alguna forma llenos de ternura, al XVII Salón Nacional de Artistas y fue rechazada primero (por ser una vil copia de una fotografía que le había dado la vuelta al país), y luego reconsiderada y premiada.

A González siempre le ha gustado trabajar con imágenes de otros. En 1962, cuando comenzaba su carrera pintó versiones de reproducciones de pinturas vistas en libros y catálogos, pero con Los suicidas del Sisga dio un paso que la llevó del mundo del arte al mundo real. Un paso que terminaría por acentuar, años más tarde, cuando pintó sobre objetos cotidianos.

En ese sentido, Ondas de Rancho Grande es una síntesis de esos pasos: el dibujo partió de una foto de periódico, en la que una mujer encuadrada de la cintura hacia arriba, mira a la cámara, mientras sostiene un papel entre sus manos. Al fondo, un plano de un paisaje: las tierras por las que Yolanda Izquierdo luchaba. El dibujo fue impreso sobre un objeto cotidiano que le sirvió de soporte y vehículo: el diario El Tiempo. Al respecto, González dice: “Esta obra obligatoriamente tenía que salir en El Tiempo. Yo debía devolvérsela. Pensé, ahora me van a decir que copio a Álvaro Barrios y a sus Grabados populares (que también circularon por la prensa); así que el día que tenía la entrevista con Santos le expliqué la diferencia: las imágenes de Barrios parten de Piero della Francesca, de Mantegna o del Pop. Son cosas muy sofisticadas, muy difíciles de aprehender; mientras lo mío venía de una imagen muy sencilla, que yo simplifico aún más. Le quito y le quito y le quito cosas. Le quito las rayas y los pliegues a la blusa. Le voy quitando detalles para que lo que uno vea se grabe más, sea fácil de recordar, como si fuera un ícono bizantino”.

De tal manera, Beatriz González aprovechó su credibilidad e influencia para poner en circulación el viernes 23 de mayo de 2008, una imagen tan fácil de ver, como de reconocer y recordar: la de Yolanda Izquierdo que ocupó toda una página de la sección de Cultura. Al verla, es inevitable pensar en el arte religioso y en la mujer representada como una mártir (como Los suicidas del Sisga, entregó su vida por un ideal). Como una santa, incluso, que en medio de un paisaje, sostiene en sus manos un papel con su propia imagen.

En Ondas de Rancho Grande la artista recurre a la repetición de la reproducción dentro de la reproducción misma; algo que fascinaba a los pintores desde el Renacimiento y que llamaron mise en abyme (puesta en abismo). Como un espejo que refleja un espejo. Como escribir una novela dentro de una novela o hacer una película dentro de una película, muchos artistas pintaron pinturas, espejos o ventanas dentro de sus cuadros, cuadros que a su vez eran vistos como ventanas, espejos y claro, pinturas. Sin embargo, la puesta en abismo la toma González de otro lado: “La idea, al comienzo del proyecto, era trabajar con prensa y radio; así que pensé en dibujar como expandiendo ondas de radio, una dentro de otra. Y recordé cuando yo estaba chiquita e íbamos a remar al lago del Parque Gaitán. Allí me dieron una gaseosa, una Leona; cuando me fijé, el sello tenía una botella pintada con el sello con la botella pintada, pintada, pintada. Eso me impresionó”. Así, Beatriz González construye esa hipnótica imagen definitiva como un encadenamiento de instantes sin fin en el mismo plano. El uso del motivo reiterado aparece de nuevo como un mecanismo de memoria, pero también como una forma de frenar la velocidad de las imágenes que indiscriminadamente nos llegan a través de los medios masivos y así intenta el análisis y la comprensión de lo que pasa. Porque, en general, miramos sin ver. González busca detener el momento y encontrar sentido en la historia de Yolanda Izquierdo, líder de la Organización Popular de Vivienda, quien fue asesinada cerca de su casa en el barrio Rancho Grande a orillas del Sinú, en Montería, por tratar de recuperar las tierras entregadas por Fidel Castaño en 1990, a más de 2.000 campesinos desplazados. Tierras que han sido recientemente tomadas a la fuerza o compradas a precios risibles bajo amenaza, por otros paramilitares. “Esos criminales se sienten siempre Robin Hood —señala la artista—, roban pero dan. Como Pablo Escobar y sus programas de vivienda en Medellín, o como el M-19 cuando asaltaba los camiones de Alpina para repartirles a los pobres. Aquí hay algo, en el fondo, muy turbio. Izquierdo estaba luchando por unas tierras que le habían dado unos paramilitares, que a su vez se la habían robado a otros que sin duda se la habían robado a los indígenas. El tema podía ser más puro; pero así es la realidad colombiana”. De esta forma, Ondas de Rancho Grande tiene otra manera de ser leída: como una maldición, como un bucle trágico. Un encadenamiento de sin sentidos, de violencia, de injusticias. El abismo dentro del abismo”.

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