Supremus, uno de los recientes casos de arte falso. Se supone que la obra fue pintada por Kazimir Malévich, cultor del suprematismo.

El arte de la falsificación

El próspero negocio de las falsificaciones en el mundo del arte suele ser atribuido al creciente interés del público general por la plástica y a la percepción de que las obras son inversiones seguras en épocas de crisis..

2013/06/18

Por Jennifer Fraczek y Evan Romero-Castillo. Deutsche Welle

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DW

El próspero negocio de las falsificaciones en el mundo del arte suele ser atribuido al creciente interés del público general por la plástica y a la percepción de que las obras son inversiones seguras en épocas de crisis.

Hace poco se efectuó una redada en Alemania para echarle el guante a un grupo de falsificadores de arte. Supremus es el título de uno de los cuadros recuperados en esa operación. Se supone que la obra fue pintada por Kazimir Malévich, cultor del suprematismo, uno de los movimientos de la vanguardia rusa del siglo XX; pero eso aún está por determinarse. La falsificación de objetos de arte florece en territorio germano en la misma medida que éstos se consolidan como inversiones.

Uno de los casos más sonados fue protagonizado por Wolfgang Beltracchi. Este pintor alemán y varios colaboradores se metieron por lo menos 16 millones de euros en los bolsillos reproduciendo piezas de artistas modernos como Heinrich Campendonk y May Ernst, y vendiéndolas luego como originales. Un tribunal de Colonia terminó condenándolo a seis años de prisión; pero la imagen que quedó grabada en la memoria de mucha gente fue la de Beltracchi entrando risueño a la corte.

Beltracchi parecía regodearse en su propia “travesura”; consciente, quizás, de que, en el imaginario colectivo, la falsificación de obras de arte no es tanto un delito como una broma pesada de la que sólo pueden ser víctimas los personajes más pedantes: los coleccionistas. La falsificadora de Chagalls en la película Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar no es una mujer simpática, pero la manera en que se le presenta, copiando cuadros en su casa, inspira gracia, no desaprobación.


Se copia lo que se deja copiar

Susanna Partsch, historiadora de arte, sostiene que el grado de desarrollo de ese negocio en torno a las falsificaciones es directamente proporcional al incremento del interés por el arte en el público general. “Aunque el mercado para ellas era muy pequeño, las falsificaciones ya circulaban en el barroco. El fenómeno se hizo más complejo hacia el siglo XIX, cuando se fundaron los primeros museos y los estadounidenses empezaron a comprar obras de arte en Europa”, explica Partsch.

Y ese interés crece. La subdirectora del Museo Ludwig de Colonia, Katia Baudin, cree posible que la crisis financiera haya exacerbado el valor de las obras de arte como inversiones más seguras que los bienes inmuebles. Lo que se falsifica es lo que se vende bien en el mercado y lo que se deja copiar. “Artistas como Paul Klee no pueden ser copiados. Desde el principio, Klee llevó un registro muy severo de todos sus trabajos”, cuenta Pratsch.

Las obras de los exponentes de la vanguardia rusa tienden a ser objeto de falsificaciones porque es muy probable que una u otra de sus piezas hayan desaparecido durante la revolución rusa o después, y reaparecido mucho más adelante. “Algunos de esos artistas fueron perseguidos durante el régimen estalinista”, apunta Baudin. En muchos casos, una copia no puede diferenciarse del original sin análisis científico como los que se hacen en el Instituto Doerner de Múnich.

Casos como el de Beltracchi demuestran que el ojo educado de un historiador de arte ya no basta para determinar si una pieza es original o no. Sin embargo, los pocos talleres de restauración de obras en donde se pueden efectuar inspecciones confiables están saturados de trabajo y tardan mucho tiempo en responder a una solicitud.

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