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El cauce del río

El pasado agosto, una de las obras de la artista Clemencia Echeverri pasó a formar parte de la colección Daros de arte latinoamericano, una de las más cuidadosas selecciones de arte del continente. La sede de la colección está en Zurich, Suiza, y el próximo año abre un espléndido espacio en Río de Janeiro.

2010/03/15

Por María Claudia García

Clemencia Echeverri no sospechó que una de sus obras sería incluida en la colección Daros. Su práctica artística, realizada a lo largo de treinta años, no está en ningún museo o colección pública en Colombia. La artista caldense, radicada en Bogotá, habla de su obra con generosidad y madurez. Dice haber mantenido siempre la fe en su propuesta. La misma con la que muchos artistas en Colombia siguen trabajando en un campo con limitados sistemas de apoyo, exhibición y colección.

Treno es el nombre de la instalación que Daros empacó rumbo a Suiza. Treno significa canto fúnebre. La obra consiste en dos enormes pantallas enfrentadas con la imagen y el sonido del caudaloso río Cauca. Dos orillas, dos posiciones y un espacio intermedio, reflexivo, desde el cual el espectador presiente litigios inconclusos bajo las aguas turbulentas. Los colombianos, sobre todo los campesinos, están en medio, recibiendo los efectos de la odiosa guerra desde los dos flancos.

La obra restituye la sensación de vacío que le dejó a Echeverri no haber podido ayudar a un conocido en circunstancias difíciles. La artista regresó a Caldas y escuchó a quienes viven día a día la angustia de la desaparición forzosa. “Surge el grito, el llamado; aparecen las dos orillas como metáfora de los dos lados en los que estamos situados en este país y se van dando pasos para reconocer cómo contar una situación que parece tan trivial: alguien que pide ayuda y el otro no puede responder por ella, no puede dársela”, dice. Como artista, insiste en estar lejos de poder resolver, proponer salidas o alternativas a las situaciones trágicas del otro y a las que se enfrenta el ser humano no solo como víctima sino también como espectador. “Si yo me siento en este lado de la creación, de la percepción, de la sucesión de los hechos, solo me queda buscar una manera de contarlo; un escenario y algunos recursos plásticos que reconstruyan esa sensación de dificultad de ofrecer respuestas. Es muy importante que la relación con el espectador se tenga en cuenta para que la obra sea un conjunto de situaciones y no un relato, cuando es solo un relato pasamos a lo documental, a aquello que todos conocemos”.

Su obra no da respuestas. Se convierte en memoria afectiva elaborada de la mano de recursos tecnológicos; un mapa abierto, más fragmentario que lineal: “Uno está tan atravesado con tantas cosas al mismo tiempo que no intento realizar tareas consecuentes. Lo que une las obras son distintos niveles de enlaces, coincidencias, resonancias familiares que se convierten en un canal de voz, la voz del otro, traducido a una esfera que modifica, moviliza los afectos”. Sin datos, sin historia, sin una circunstancia particular, sino en un plano general: en Treno en el plano de las desapariciones y la alteración de la vida cotidiana.

¿Por qué Daros?

Latinoamérica es un término que produce desacuerdos. Sin rigidez conceptual, es el sueño frustrado, pero de varias maneras latente, de un continente unido y la esperanza de resistencia a la América anglosajona. Un término que produce, a nivel cultural, la sensación de un terreno desconocido y prometedor. Por ello, la Fundación Daros, desde el año 2000 ha querido recoger, en su Museo de Zurich y pronto en su nuevo proyecto en Río de Janeiro, buena parte de artistas del subcontinente que den cuenta del panorama del arte latinoamericano. Entre ellos, están presentes el brasileño Vik Muñiz, la cubana Tania Bruguera y el argentino Julio Le Parc. Desde el año 2000, el curador alemán Hans-Michael Herzog, historiador de arte con estudios en Filosofía y Arqueología artística y director de la colección, les ha apostado a las prácticas contemporáneas en América Latina, coleccionando no solo obras plásticas, sino producción intelectual y ha incluido a varios artistas colombianos en su lista. Ya no es raro verle con regularidad en Colombia en eventos artísticos, y aún en precarios espacios ubicados en barrios marginales de ciudades como Medellín.

El interés de Herzog en el arte contemporáneo colombiano se refleja en la colección, que incluye obras de los artistas Óscar Muñoz, María Fernanda Cardoso, Juan Manuel Echavarría, Nadín Ospina, Oswaldo Maciá, José Alejandro Restrepo, Fernando Arias, Miguel Ángel Rojas, Doris Salcedo y ahora Clemencia Echeverri. Aunque la mayoría de los nombres son reconocidos, la sede de Brasil quiere ser un lugar de cruce y encuentro para diversas prácticas y nuevos artistas latinoamericanos; una plataforma de discusión que ilustre el pensamiento y el arte latinoamericano actual. Esto sucede en un momento en que el coleccionismo en Colombia, en el campo del arte contemporáneo, no parece fácil. En particular porque no existen espacios físicos que logren contener obras de formatos complejos y asuman la rigurosidad que requiere su instalación y conservación.

La obra de Clemencia Echeverri en la colección Daros se movilizará a otros públicos y contextos, como lo han hecho obras de otros colombianos en recientes publicaciones como Guerra y paz: Simposio sobre la situación social, política y artística en Colombia y Cantos/Cuentos Colombianos - Arte Colombiano Contemporáneo, que indican que el arte colombiano contemporáneo tiene unos modos y procesos discursivos estimulantes para el viejo mundo, y que, al parecer, deja atrás por fin los booms temporales y poco estables, a los que ha estado acostumbrado el arte latinoamericano.

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