Kafka por Crumb.

El corazón roto de un viejo ilustrador

El Museo de Arte Moderno de París acoge la obra del ilustrador de culto Robert Crumb. Acusado de misógino pero reverenciado con devoto fervor por otros tantos, la excéntrica figura de Crumb no deja a nadie indiferente.

2012/05/29

Por Andrés Felipe Solano, París.

Crumb, el sufrido y paciente artista-santo. Crumb, el cruel, calculador y frío gusano fascista. Crumb, el apasionado revolucionario y amante de la gente común. Crumb, el payaso gregario y el amigo chistoso a toda hora. Crumb, el misántropo y excéntrico solitario. La superestrella mediática, el pervertido, el tonto sentimental, el neurótico sin remedio. Así es como se presenta el ilustrador en Las muchas caras de R. Crumb, un tira cómica que abre con un Crumb masturbándose mientras ojea uno de sus dibujos repletos de secreciones, pelos y ojos desorbitados que estarán colgados hasta el 19 de agosto en las paredes del Museo de Arte Moderno de París, él mismo no sabe muy bien a cuenta de qué. En el 2004, para otra exhibición en el Museo Ludwig en Colonia (Alemania), dibujó el cartel de promoción, en el que aparecía Crumb, por supuesto, sentado con una taza de café y una frase en letras góticas: “Sí, ¿pero esto es arte?” y un globo con una pequeña respuesta: “Dígamelo usted, yo no lo sé”.

Robert Hughes, crítico de arte de la revista Time, dice que sí, que lo es definitivamente, que Crumb es el Pieter Bruegel de nuestro tiempo, que sobrevivió al LSD y a la escena underground de San Francisco, de la que hizo parte en los años sesenta, hasta convertirse en la cara perversa de Walt Disney, en una especie de hermano díscolo, de dientes enormes y siempre erecto, en el hijo enfermizo que la sociedad esperaba tener encerrado en el sótano de esa gran mansión llamada Estados Unidos. Pero el hábil Crumb encontró la manera de escapar y la verdad no fue tan difícil. Solo tuvo que ofrecer algo que la gente quisiera comprar, en este caso desesperación, obsesión por las piernas y los grandes culos, crueldad, paranoia, frustración, rabia, aquello que en los años cincuenta los medios se afanaban por esconder tendiendo todas las cortinas de humo posibles.

“Éramos tontos, unas gallinas, chicos de los suburbios que inventaban juegos inspirados en las películas, los programas de televisión y los cómics. Para nosotros todo estaba filtrado a través de los medios. Todo venía de los medios. Éramos niños nacidos de los medios, la primera generación que creció con un televisor”, como le explicó a Peter Poplaski en el consagratorio libro de 436 páginas titulado The R. Crumb Handbook (2005).

Durante la infancia de Crumb en Filadelfia, donde nació en 1943, dos de las películas que más lo impresionaron fueron Los diez mandamientos y Sansón y Dalila. Un airado Moisés que terminaba con una orgía de torsos aceitados mientras poderosos relámpagos iluminaban el cielo y un fortachón semidesnudo y sudoroso que se rebelaba contra los filisteos dejaron a Crumb tembleque para siempre. La vida premiaría su eterna paciencia, su dedicación al trabajo, tan norteamericana a pesar suyo, y le daría la oportunidad de ilustrar todos esos miedos bíblicos en cuidadosos recuadros para el proyecto que lo ocupó los últimos años. Una obra con un guión perfecto para sus intenciones, rico en crímenes filiales, incestos, padres furibundos, sacrificios y la omnipresente tentación de la carne. Hablamos del primer libro de la Biblia, el Génesis, campo en el que Crumb juega de local. A los siete años el futuro ilustrador fue matriculado en un colegio católico y desde ese entonces ha tenido que lidiar con su dosis diaria de culpa.

En esos primeros años además de tener pesadillas con el Espíritu Santo, Crumb luchaba con la imagen de su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que aseguraba haber matado a medio centenar de japoneses, y una madre gritona que se encerraba a leer revistas del corazón e historias de detectives. Tras una mudanza de Pensilvania a California con sus cinco hermanos, Crumb sintió en su costado la primera espina de la depresión. Aquel niño langaruto, de gafas con el aumento de un telescopio, se dio cuenta de que no soportaba las paredes con estuco de colores pastel, las palmeras, la brisa marina, los suburbios donde todo el mundo parecía estarla pasando bien menos él. Cincuenta años después no se repone. En una conversación con Steve Bell, el ilustrador político del periódico The Guardian y admirador rendido, el dibujante confesó: “No creo en la diversión. Soy demasiado obsesivo-compulsivo para divertirme. La diversión es para gente normal”. De la playa y el terror al disfrute lo salvó su hermano mayor, Charles, que terminaría por suicidarse después de participar en el rodaje de un descarnado documental sobre la vida de Crumb en los años noventa. El joven Charles lo cobijó bajo su ala protectora y a la vez lo contagió de su obsesión, su manía: los cómics. Así pasó diez años ilustrando historietas caseras ideadas por él. Y bueno, también óleos de perros, casas y vecinos obligado por su padre hasta hacerse un perfeccionista. Por aquel entonces en la vida del púber Crumb apareció la palabra sexo y quedó grabada en su mente con dolor. Se acostó cientos de noches pensando en Sheena, reina de la selva (Irish McCalla), que lo consumió de deseo justo después de verla por primera vez en la pantalla durante el verano de 1956. Sheena, que con sus poderosos muslos y bíceps salvaba a un explorador de ser devorado por nativos al final de cada capítulo, modeló la imagen de la mujer que hasta hoy acompaña a Crumb en sus ilustraciones y en la vida real. Desde hace más de cuatro décadas está casado con Aline Kominsky, también ilustradora pero más conocida en Sauve, el pueblo medieval al sur de Francia adonde se retiraron hace veinte años, como una incansable profesora de gimnasia y pilates.

En 1962, tras finalizar la ordalía de un colegio católico, Crumb huyó de las peleas entre sus padres y consiguió trabajo en Cleveland como corrector de color en American Greetings, una empresa de tarjetas de felicitación. Dos años después se casó y fue ascendido a dibujante. Tenía veintiún años y la vida resuelta, carga que soportó apenas por un lustro. La feliz ilusión de una vida en familia no era para él. En 1967 volvió a huir, esta vez de su esposa e hijo para aterrizar de cabeza en la libertina San Francisco, donde se entregó a serias dosis de LSD y marihuana. Como le dijo a Poplaski: “Me enlisté en el ejército de los fumados para un periodo de servicio que duró ocho años”. La gasolina que le proporcionó la droga lo llevó a fundar Zap Comix y en poco tiempo se convirtió en rey absoluto de los ilustradores marginales de la época, el America’s Best Love Underground Cartonist, como se describió con sorna usando las fórmulas publicitarias que tantas veces parodiaría en el futuro y que llevaría a extremos como el de Nigger Hearts, una tira donde un sonriente niño le pide a su mamá que le cocine corazones de negro caramelizados para el almuerzo.

En la cima, el incómodo Crumb, que no se tragaba su éxito y lo veía como una traición a sus más profundos ideales, decidió volarlo con una carga de dinamita que pensaba sería insoportable para la gente: la inmersión en sus más oscuras fantasías sexuales. Así creó las historietas de los libidinosos Mr. Natural, Devil Girl y Fritz The Cat, de la que incluso se hizo una película. En lugar de tomates podridos recibió un aplauso redoblado y esta vez se lo creyó. Ingenuo, Crumb supuso que Estados Unidos estaba listo para enfrentar su propia miseria y le tiró a la cara dibujos como Joe Blow, en la que ridiculizaba la estructura familiar norteamericana bajo el lema “Familia que se acuesta unida permanece unida”. Falló el cálculo. Su sarcasmo no fue comprendido y fue acusado de promover el incesto en el estado de Nueva York. Nadie entendió la obscenidad como metáfora. Sin deponer las armas pero más curtido, Crumb se dispuso a construir su propio imperio a lo Disney, en el que decidió ser el carnicero y la carne al mismo tiempo. Fue el inicio de sus cómics autobiográficos, donde retrató su propia rareza y la de su mujer, la misma época en que sus dibujos empezaron a ser colgados en galerías, en que firmó la licencia para que en Japón se produjeran estatuas de 1,80 cm de sus mujeres-cara-de-buitre y los coleccionistas golpeaban a su ventana hasta que se dio cuenta de que la maquinaria lo estaba empezando a tragar con el estreno del documental sobre su vida producido por David Lynch y dirigido por su amigo Terry Zwigoff. Crumb creyó que iba a ser exhibido en pequeños teatros pero entendió la magnitud del error cuando su suegra lo llamó y se quejó después de verlo en un multiplex en Miami con todas sus amigas. Por fortuna Crumb había preparado la huida, esta vez del país. En Francia se dedicó a proyectos más personales como una guía de Kafka para principiantes, autor con el que siempre ha sentido gran afinidad. Lejos de Estados Unidos consolidó su fama de artista revolucionario, se dedicó a tocar en el banjo covers con su vieja banda, los Cheap Suit Serenaders, armó otra, Les Primitifs de Futur, y se entregó de lleno a Crumb Enterpraises, la pequeña compañía de un solo empleado que aún le roba largas horas.

Cerca de cumplir setenta años, Crumb dirige su emporio de papel y tinta desde una casa en el campo francés, donde a veces la gente que no lo conoce cree que es un loco que se ha escapado del hospital mental del pueblo vecino cuando se lo encuentra en pijama comprando el pan. De su mesa de trabajo y su rapidógrafo Koh-I-Noor de punta finísima, salen cada vez menos mujeres sin cabeza y penes. En cambio se multiplican los retratos de cantantes de jazz negros copiados de su colección de discos de 78 RPM que cubre específicamente los años comprendidos entre 1926 y 1933, y las caras de compañeras de colegio de las que estuvo prendado alguna vez. O simplemente cosas como El corazón roto del viejo ilustrador, en el que un viejísimo Crumb es incapaz de llenar una página y toma un descanso en busca de ideas. Sentado en el sofá decide sumergirse una vez más en sus perversiones, “algo en lo que por lo menos soy una autoridad”. Minutos después acaba dormido con la boca abierta, como cuando era un niño y en clase le tiraban bolas de papel mojado. |

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